Si algo tenía de bueno permanecer en Líbano era su costa, del resto
nada bueno podía decir. Allí los habían tiroteado, su compañera sufrido un
ataque de amnesia y un grupo pertenecientes a los copipegas los
amenazaban, asegurando que debían pagar por sus pecados. Tampoco le agradaba
que Pons pronunciase Haruk en tantas ocasiones.
Llegó el chico de los recados. Hola chaval imagino que te interesará
ganarte 10 dólares. ¿10 Dólares? –Contestó. Oiga esto es Líbano, con 10 dólares no llega usted ni al
McDonald´s en autobús, con la inflación que sufrimos. Por 10 dólares me vuelvo
a la esquina y sigo vendiendo marihuana. ¡Váyanse a la mierda puercos
cristianos! Lamarmar y Ripley se miraron el uno al otro sin dar crédito a lo
que habían oído, hasta el chaval de los recado les vacilaba en Beirut.
¿El último por favor? -Dijo,
alzando la voz, pero nadie le contestó. El pescadero, tras mirarlo le dijo. –El
último es usted. Si llega otro después pues él lo será. ¿No les enseñan eso en
los institutos occidentales? El último es siempre la persona que llega con
posterioridad, eso lo sabe cualquiera. Y guárdese su Colt en el bolsillo que se
lo puede robar cualquier muchacho. Bueno. –Acto seguido se dirigió en árabe a
quienes esperaban que se friese el pescado. ¿Le sirvo al cristiano y que se
vaya para que nos deje tranquilos? Todos asintieron con la cabeza y uno
comentó. –Desde luego este país ya no es lo que era, estamos rodeados de
agentes secretos inútiles. A todos los torpes nos lo mandan y cualquier día,
con mala suerte incluso se disparan y se hacen daño esta gente. Alah sea loado
y no ocurra.
Ripley se sentía ridículo. Todos sabían que era un agente secreto y
miraba al cielo de la calle cubierto de cañizos para mitigar el calor. Alguien
se le acercó y le dijo. –Cuando le sirvan, diríjase a la pensión y párese en la
puerta para comprar tabaco en el cafetín. Pida dos paquetes de Camel. Para
desaparecer inmediatamente.
La partida continúa. No tengo la menor idea de quienes son los jugadores pero están ahí, muy cerca, observándonos y esperando que demos un paso en falso. Recogió el pescado y agradeció a los presentes permitirle comprar antes que ellos. En eso un señor mayor le dijo: -Salude a la señora Pons en nuestro nombre y, por favor, dígale que no todos los libaneses somos iguales, simplemente ha tenido mala suerte.
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