La cosa se nos complica Lamarmar. Como sabes a esta gente se le ha encargado la misión del lavado y planchado de los calzoncillos de Su Santidad y andan como locas. De no haber sido así, seguro que habríamos podido esconderte en el convento sin otras preocupaciones por el momento, pero entiendo que esta asignación de Roma nos viene bien ya que con los calzoncillos puedo viajar yo para custodiarlos. ¿Y qué pinto yo aquí Ripley? –Dijo Lamarmar cabreada. No pensarás dejarme aquí con las beatas, soy una agente de acción como tu. Por supuesto Lamarmar –Ni lo dudes. Se me está ocurriendo una idea que quizás podría resolver este asunto. Pons lo mira con desconfianza. Momento que Ripley aprovecha para decirle: ¿Recuerdas que poco antes de la sesión capitular de anoche, la madre superiora me estuvo hablando un breve rato sobre el Vaticano? -Pues no. No puedo recordarlo ya que no estaba presente. –Da lo mismo. Resulta que la superiora tiene a un primo que es cabo de la Guardia Suiza en el Vaticano. -¿Y eso en qué me incumbe a mi? –Podría ser tu salvación Lamarmar. ¿Me mandas al Vaticano? Pero por muy breve lapso de tiempo. Te vamos a casar con él.
Lamarmar Pons no podía creerse lo que la compañía le estaba proponiendo. Un casamiento con un Guardia Suizo. Vaya un destino para una agente de acción como ella. En eso llega la madre superiora y la interpela. –Hermana, por su cara veo que no está muy convencida de mi propuesta, pero si me lo permite se la explicaré. Mi primo, el cabo, es soltero y tiene 62 años, es un alma de dios, una persona muy bondadosa y amante de las criaturas del Señor más desvalidas. Debido a ello se ve actualmente en una situación, digamos, complicada para él y también para todos. Los enemigos de la fe, el Maligno personificado en el diario La Stampa, lo acusan de pederastia. Nos vemos entonces, querida hermana Lamarmar, en la sagrada obligación de rescatarlo y salvarlo. No negaré que al pertenecer a mi familia tengo también una motivación personal en la resolución de su problemática. La miro, hermana, y veo que no comprende qué le pedimos. –No entiendo nada hermana. Comprenda que ayudar a alguien es comprensible, pero de eso a casarse con él va un trecho. Por supuesto, hija mía, por supuesto. –Dijo la superiora sonriendo.
Lamarmar miró a Ripley que fumaba en la esquina del jardín del chalet-convento y comprendió que nada la salvaría de casarse con el guardia suizo.
En la cocina, las monjas del Convento de la Luz Convergente en las Nevadas Montañas de Jesucristo Redentor, desmontaban y engrasaban varias pistolas y un fusil de asalto Kalashnikov. Sus manos estaban bien adiestradas para ello. La hermana portera las acompañaba mientras rezaban el Vía Crucis: “Mater Amabilis. Ora pro nobis. Mater Admirabilis. Ora pro nobis. Mater Inviolata…”
Me casan, esta gente me casan, murmuraba Pons mientras daba pataditas a una lata de Coca-Cola Light.



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