El agente paseaba por la finca, rodeado de escarpados e impresionantes riscos, sentía algo de calor y miraba la serranía, le habían dicho que la situada hacia el sudeste tenía por nombre Silla del Caballo y avanzando como una hora subiendo, desde donde estaba no se podía ver, está el Salto de Cabrero.
Los agentes secretos no nacen y en eso tampoco fui una excepción. Mi infancia en Wakefield no difería del resto de los niños de mi ciudad, mis padres eran mecánico dentista y sombrerera, cuarto hijo y menor de la familia. Mi abuela materna vivió con nosotros y esta circunstancia hizo que tuviese que compartir habitación con ella, mis tres hermanas hacían lo mismo en el dormitorio restante. Mi padre era un hombre alto y grande, muy aficionado a la cerveza pero amable y tierno, pero por el contrario, de mi madre guardo peores recuerdos, tanto por su excesiva severidad como por su patológica y maniática afición a la limpieza. Pretender conseguir un lugar donde la pulcritud reinase, teniendo en cuenta que la familia estaba integrada por 7 personas y donde papá trabajaba en el salón, era una tarea imposible. Entre nuestro padre establecíamos vínculos de complicidad todos los hijos, los guiños, sonrisas y señales con hombros y manos estaban a la orden del día, llegamos a hablar sin pronunciar sonidos. Recuerdo muy bien cuando llegaba del colegio y dejaba mis cosas en el cuarto, buscaba la cara de papá para saber en qué circunstancias se encontraba la casa y éste, a su vez, respondía con precisión a su demanda; si agachaba los ojos un par de veces significaba que la cosa no andaba bien y que si no tenía obligación de estudiar demasiado, lo mejor era que me buscase cualquier excusa y saliese hasta que se apaciguasen los ánimos que andaban exaltados; si mi padre me recibía arqueando la ceja derecha todo andaba a la perfección y me acercaba a la nevera para llevarle una Miller bien fresca, contra la costumbre inglesa de tomarla del tiempo, esa hábito lo aprendió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando acompañó a las fuerzas del General Patton en Italia. Nunca estuvo en primera línea de combate, era cartero y por ello se limitaba a repartir las sacas de correo procedentes de los Estados Unidos a los motoristas que incansablemente recorrían el frente con órdenes, medicamentos y correo. Y fue en Nápoles donde por primera vez probó una cerveza muy fría, su sabor le chocó por primera vez pero luego se fue aficionando al frescor, ayudado por el profundo calor de aquella zona, así que cuando la guerra terminó y fue licenciado, siempre que podía las bebía muy frescas y soportaba con estoicismo las burlas y chanzas que sus amigos y conocidos hacían cada vez que aparecía con un vaso de cerveza negra lo más fría posible. El agente evocaba la connivencia entre padre e hijos y se haría tedioso relatar aquí la larga suerte de señas por la se entendían sin formular palabras casi todo. Puede que ese entrenamiento sí sirviese para su posterior carrera de agente secreto.
Ripley trabajaba para la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, la C.I.A. pero él era inglés y eso chocaba. Tampoco su formación era la habitual en la mayoría del personal de la Agencia. Él era un joven conductor de taxi en Londres aunque no le hubiese disgustado seguir con la profesión paterna, pero nunca fue un buen estudiante, le gustaba demasiado la calle y no conducía mal. En cierta ocasión, desde la central telefónica, le llamaron por la radio de su vehículo que había podido comprar ahorrando con gran dificultad, por pertenecer a un tío que sufrió un ictus, para que se acercase a Heathrow a recoger ciertos equipajes y así lo hizo. Estos encargos se fueron manteniendo en el tiempo y al menos un par de veces a la semana, todas las tardes, se acercaba al mostrador de TWA para hacerse cargo de tales envíos. Una vez en su poder, tenía instrucciones muy claras de no alejarse de ellos en ningún momento, incluso para entrar al baño debía meter las maletas consigo y esta advertencia, Ripley la cumplía escrupulosamente. Del mismo modo, la entrega la realizaba siempre a una persona distinta en la estación Victoria, para ello debía sentarse en ciertos bancos y observar a los cientos de personas que transitaban por esta gran estación e identificar a alguien que llevase un ejemplar del Times doblado por la tercera página y que también, llevase una bolsa de Harrods bajo el brazo. Ésa y no otra persona era la receptora del equipaje que recogía del aeropuerto. Así se llevó dos años. Él intuía que el contenido de las maletas debía tener un gran interés. Le pagaban por ello muy bien y en ocasiones llegó a pasarse hasta 5 horas de espera en aquella estación. Incluso se atrevería a decir que lo probaban de vez en cuando, ya que la misma persona que cumplía las dos variables antes descrita, pasaba antes con el periódico doblado por la tercera página y luego con la bolsa doblada bajo el brazo, luego lo que se perseguía era asegurarse que nadie se hiciera con las maletas de no estar perfectamente autorizado.
Tras aquel período, siempre por la radio de su taxi, recibió un día la orden de dirigirse a cierta taberna de la City donde lo abordó un individuo de aspecto tejano y le ofreció si quería trabajar para él de modo permanente. Esta petición le encantó, el salario no era malo, su ocupación le permitía recorrer las calles y llevar personas y cosas a cualquier lugar, del entrenamiento que no se preocupase y de esta manera se convirtió en agente secreto de un gobierno extranjero, como única condición no revelar esta circunstancia a nadie bajo serias amenazas de ser localizado y eliminado de la organización.
En tales pensamientos estaba Ripley paseando por aquella intrincada finca de Benaocaz, en la provincia de Cádiz, con un grupo de mafiosos italianos y una funcionaria interina que se iniciaba en el mundo del engaño nada menos que estafando a la Hacienda española. Le habían dicho que estaban esperando órdenes de Nápoles para ser evacuados, mientras tanto los jóvenes reporteros de Canal Sur Televisión y de Atlas, una empresa subcontratada para Tele5 andaban de acá para allá, entrevistando a todos aquellos que sin saber nada del secuestro, pretendían sus 5 minutos de gloria, inventándose itinerarios imposibles y dando testimonio de lo que desconocían, así, efectivamente, se demostraba una vez más, que si quieres que alguien no te vea haciendo algo, lo mejor es hacerlo a cara descubierta y a plena luz del día.
Lo que nunca pudo suponer el agente es que a Nápoles se le ocurriese rescatarlos robando un furgón del Grupo de Intervención, a los que comúnmente se conoce como la policía antidisturbios de Córdoba. Dónde mejor que en un vehículo verdadero de la policía para escoltarlos y llevarlos hasta Cabo Pino, en las inmediaciones de Fuengirola para tomar un yate que ponga rumbo a Cerdeña.
Ripley encendió otro Pallmall San Francisco y le dio una profunda bocanada. No tenía ni la menor idea de lo que el destino le deparaba aunque tampoco eso le preocupaba demasiado. La noche era espléndida y el silencio de la sierra permitía oír cualquier ruido a gran distancia, sólo oía música de tarantelas en la casa y a los mulos en las cuadras.
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