Corre o muere Ripley
©Jesús María Serrano
I
EL CORREO DE RIPLEY
Ripley recibe en su correo una nota de Theudis donde dice: Te necesitamos tío, trae todo el equipo y a unas malas, incluso te pagaremos el Ave.” Este detalle lo desarmó, tan tierno. Maldijo, abrió la nevera y sacó una botella de vodka Becherovka a la que dio un gran trago.
La posibilidad de volver a participar en una cacería policial que le brindaba su amigo le estaba devolviendo su autoestima. Nervioso y con un gran subidón de adrenalina, recorrió su apartamento pensando lo que debería hacer, más tarde, se sentó en su sillón favorito, pero tuvo que levantarse, al clavársele un dromedario de plástico de su nieto. Coño –dijo Ripley- lo que pinchas siendo tan chico.
La llamadas a su teléfono se suceden pero no las atiende. Los detectives de Los Cabalistas son muy duros, una sola idea persiste en su cabeza. Theudis lo conoce bien. Ripley piensa que esta oportunidad que ahora se le brinda posiblemente sea la última para entrar en tan exclusivo equipo. Se siente harto de llevarlos en su taxi de un lado para otro sin que nunca consiga intervenir en los casos pero esta vez sí volverán a la calle.
II
TAXI A MADRID
SPAIN
Peggy S. Stewart todavía recordaba al chico pelirrojo que tras comprarle una lata de Dr. Pepper y palomitas, la acomodó en el asiento trasero del Ford Pinto de su madre durante una sesión en el cine de coches. Se llamaba Joe. Desde entonces, cada vez que ve un Ford sonríe maliciosamente y además, ese mismo chaval, es culpable de haber tenido que abandonar el instituto de Sausalito.
Meses después tuvo a su hija Deirdree. A Peggy nunca le interesaron los vinos pero de algo tenía que vivir, así que un buen día se puso su blusa escotada y la falda planchada más corta que tenía su hermana y se presentó en la oficina de Robert McDowell Parker, Jr. Le pareció ridículo que este tipo ganase tanto dinero viajando por el mundo y luego valorando sus catas.
En este momento volvían Mr. Parker y ella de un pueblo de Orense, llamado Valdeorras, en el taxi inglés de un tipo muy peculiar apodado Mr. Ripley El Patrón que le miraba las piernas por el espejo retrovisor, mientras ajeno, su jefe dormitaba camino de Madrid. Recordó nuevamente al chico pelirrojo y abrió suavemente las piernas.
III
PROPAGANDA
El recepcionista quiere que le entregues el pasaporte para realizar la inscripción en el hotel –le dijo Ripley a Peggy. Ella los miró a ambos y negó con la cabeza. Ripley enarcó las cejas y se dirigió al joven, que estaba tras el mostrador, para indicarle que no todos los americanos eran así de tontos.
Mira Peggy y atenuó su voz para tranquilizarla, el joven necesita tu pasaporte para cumplimentar el registro de entrada. Conozco el país y es muy tranquilo, ya quisiéramos en América vivir con el sosiego que esta gente tiene, pero eso no la convenció. Decidió entonces pasar al ataque.
No pasa nada –se volvió para el chaval. Tú tranquilo. Son tontos pero al menos traen dinero, así que le sacaré una manta y que duerma en mi taxi. ¿En el taxi va a dormir la señora? Pero si tiene una reserva que hizo un tal, déjeme ver, ah sí, pues fue ella misma y yo la atendí, llamaba desde Orense. Así son las cosas –sonreía El patrón- cuando mañana se levante y le duelan todos los huesos quizás aprenda. ¿Pero qué le ocurre? -Pues muy sencillo chaval que vio la película El expreso de medianoche y cree que cuando te entregue su pasaporte, será raptada y la llevarán a un cárcel inmunda. Pero, la mano del taxista se levantó e interrumpió al recepcionista. -No podemos cambiar en un momento lo que la propaganda ha tardado muchos años en labrar en su cabeza.
IV
MR. PARKER EN EL RITZ
El catador tras comprobar que el Ritz de Madrid podía compararse con cualquier hotelito decente de Manhattan, eligió su pantalón a grandes cuadros, se decidió por el elástico que solía usar cuando jugaba a golf. Lo descolgó y se lo puso, consideró que un toque casual le vendría bien cuando entrase en el comedor a cenar.
Cuando Peggy lo vio aparecer bajo el dintel del lobby, no pudo más que escudarse tras la voluminosa carta del menú ni ocultar una sonrisa. Este hombre no aprenderá nunca –se dijo-, en Idaho nadie se atrevería a ponerse traje y no cubrirse con una gorrita.
El americano, muy lentamente, trató de ubicarse en aquel grandioso salón, reconoció haber minusvalorado el establecimiento hotelero. Y en ello, fue a fijarse en una bella mujer que bebía un Dry Campari, vestida de blanco y recostada sobre el mostrador. El camarero parecía conocerla bien.
Seguro que es ella –dijo Robert Mc Parker, Jr. Y hacia ella dirigió sus pasos. La abordó abruptamente: Oye tú ¿eres la chica que envía la compañía? Lamarmar se volvió muy lentamente sin dejar de sonreír al camarero y asintió bajando los ojos. De dónde habrá salido este fantoche. El traje largo de ella dejaba entrever buenas tetas sin sostén que ella no trataba de ocultar en ningún momento, al fin y al cabo eran el mejor escaparate de su negocio.
V
DESTINO BEIRUT
Tras darse a conocer, el catador de vinos volvió sobre sus pasos, no sin mirar antes a Peggy y asentir con la cabeza. La chica del mostrador le siguió a pesar que él no le había indicado nada. El camarero le dirigió una tierna sonrisa y también le dijo –Nos vemos luego Lamar. Ella se llevaba su copa de Dry Campari en la mano izquierda, mientras, con desgana, recogía su bolso negro del mostrador. En él llevaba, un paquete arrugado de More con algunos cigarrillos dentro, un pintalabios rojo, dos tampones, preservativos y lubricante, un cepillo para el pelo, gorrito de ducha, chicles de canela, las llaves de su apartamento, un encendedor Zippo, pañuelos desechables, su carné de conducir con unos 40 dólares, un perfumador de Opium y su revolver Smith & Wesson 625 con algunas balas sueltas. En su negocio consideraba fundamental sentirse protegida y además, el vendedor le había asegurado que si efectuaba un disparo a menos de 3 yardas de distancia, aunque le temblase el pulso su oponente no volvería a atacarla, para ello le había vendido munición explosiva.
VI
MR. PARKER
EN EL ROTARY CLUB
Parker tras levantarse de su silla, comenzó a pasear de izquierda a derecha del paraninfo, para decir –permitan que use la siguiente analogía: si Almodóvar es a Carmen Maura como Diane Keaton es a Woody Allen, del mismo modo, podemos penetrar en el alma de una zona vinícola o de un país entero, llenando una copa de vino y tratando de comprender su alma. Esta labor, me ha ocupado la mayor parte de mi vida y por ello, debo agradecer al vino, haber viajado casi por todo el mundo, para explicar a otros que no han tenido tanta suerte, que vista, olfato y gusto cuando se alían, mis compañeros usan el vocablo maridan que no me gusta demasiado, consiguen desentrañar la mayoría de los misterios.
Un cerrado aplauso del casi lleno auditorio coronó la conferencia del catador y también, despertó a Ripley que medio dormitaba en la última fila. Posteriormente, el Chairman del Rotary Club de Beirut, imponía la insignia de oro al laureado catador conferenciante.
Unas cuatro horas antes, Lamarmar debería haber acabado de aterrizar con Ryan Air en Hannover, para desde hace un par de horas, estar ya volando con Lufhansa, dirección al aeropuerto internacional Rafic Hariri, gracias a las malas artes que su cómplice Ripley había utilizado con Robert McDowell Parker, al ser conocedor de su manifiesta xenofobia con los musulmanes y alentando, su querencia a las damas sin demasiados escrúpulos. Entre ambos, habían contestado al anuncio que el americano había publicado en The New York Times, solicitando compañía con refinados gustos y amplios conocimientos de idiomas.
Ripley miró su reloj y sonrió. Ahora pasarían al lobby para que se sirviese el cóctel en honor de Parker. Oportunamente, ya había colocado en el cinturón de éste un micrófono que estaba conectado a su PDA. Al parecer, un par de intentos por parte de una sospechosa pareja de ancianos, habían intentado hablarle sobre los riquísimos caldos israelíes.
Ripley se fiaba poco de Peggy pero mucho menos del americano, por ello seguía recostado sobre su taxi inglés a la puerta del Ritz, tratando de esquivar como podía a los guardias municipales de Madrid, que de vez en cuando pasaban por allí tratando de impedir que se estacionasen en la puerta. Pocos podían pensar que había vuelto a la acción. Se sospechaba que Robert Mc Parker era un espía del Mosad y su misión era acompañarlo sin ser descubierto. Washington ya no pretendía enterrar a más héroes sino exclusivamente información. Dentro, su contacto estaba realizando el oficio que tan bien conocía.
Lamar tras ventilarse al americano sin mayor trámite, entró en el cuarto de baño, duchó y arregló el pelo y perfumó muy suavemente. En cierto momento, había deslizado la mano en la chaqueta de su cliente y leído que su próximo destino era Beirut, esa información le proporcionaría 300€.
VII
CONTRABANDO
DE
FIAMBRES
¿De esa chica qué? –Dijo Robert McDowell Parker, bien acomodado en el asiento trasero del flamante Jaguar XJ gris alquilado, mientras miraba con asco las calles de la que fuera no hace demasiado tiempo la Suiza de Oriente Medio. –Pues en cuanto lo deje a usted en su suite del Phoenicia Beirut, pasaré a buscarla al aeropuerto señor. Por mis cuentas debe aterrizar en poco más de una hora, creo que me dará tiempo, aquí los días son largos en esta época del año. A propósito, Sr. Parker, cuándo debo recoger a Peggy. –¿A Peggy dice? Déjela, esa pelirroja es como una gata en celo, dudo que esta noche vuelva al hotel Una mueca de sorna se dibujó en la cara de Ripley. Estaba preocupado por la pareja de ancianos que en todo momento estuvieron cerca del catador, pero sin abordarlo en ningún momento, cuando le habían dejado dos llamadas en las últimas tres horas, ese detalle le pareció muy extraño. En cuanto pudiera, revisaría todo lo que había hablado Parker en la recepción.
Desde que la azafata transmitió, por la megafonía del avión que pusieran los respaldos de sus asientos en posición vertical y se abrochasen los cinturones, no había transcurrido más 8 minutos y ya Lamarmar, recogía su maleta Samsonite roja, del compartimento superior de su asiento. Fuera, Ripley esperaba en la zona designada por el cartel INTERNATIONAL ARRIVALS a que ella saliese. Tras un laberinto de puertas, Lamarmar se sorprendía al no localizar su otra maleta, la facturada. La cinta transportadora únicamente traía una caja de madera con una etiqueta de frágil. Resignada, preguntó a quién parecía ser un empleado sobre su equipaje perdido. La persona lo miró y le dijo que si tenía el comprobante y ella se lo facilitó. Sonriendo, el empleado le indicó que la siguiera y le señaló una puerta con el rótulo Lebanon Police. Ella intentó decirle que buscaba su maleta perdida y él, sonriendo, señaló que entrase y se marchó.
Aquí dice –leía en el pasaporte- que es usted Lamarmar Pons. ¿Es cierto esto? –Sí señor, pero yo vengo por mi maleta, el justificante está en el pasaje que tengo aquí. No se preocupe –dijo el policía, la tenemos nosotros. Su equipaje no se ha perdido. Lamarmar respiró aliviada. Pero hay algo que no entendemos. Usted afirma dedicarse a las relaciones públicas, es uruguaya, nacida en Montevideo y trabaja en España. ¿Dónde? Ah, sí, en Madrid. ¿No es cierto? –Efectivamente. Vengo a una convención en el Four Seasons Hotel. El policía cambió su tono y de forma muy seca la interrogó. ¿Cree que no íbamos a detectar las sustancias que usted ha introducido ilegalmente en nuestro país? ¿Considera que casi 3 kilos cuyo contenido por el momento está por determinar, envuelto en dos sospechosos envases que huelen a cerdo y, están etiquetados como salchichones EL POZO pasarían inadvertidos? –Pero oiga usted. –Calle, todo lo que diga puede ser utilizado contra usted, tiene derecho a un abogado, si tiene recursos le facilitaremos una relación para que elija al que desee, de no ser así el estado lo proveerá. Mientras tanto, está usted detenida con el cargo de contrabando de salchichones. En un par de horas podrá efectuar una sola llamada de 5 minutos, piense a quien llamará. Ripley no daba crédito a la tardanza, el avión procedente de Lufhansa había aterrizado hacía ya más de una hora, no quedaba nadie. En el mostrador de la compañía, una empleada le confirmaba que Lamarmar Pons había llegado a Beirut.
VIII
EL
INTERROGATORIO
Una no debería fiarse jamás de personas como ese taxista sinvergüenza y degenerado que me ha traído hasta este aeropuerto inmundo –pensaba Lamarmar. Qué hijo de puta, qué cabronazo. No puedo ni creerme en el lío que me he metido prestando atención a su cháchara de mierda. Y ahora cómo le explico yo al policía imbécil éste, que un salchichón es un salchichón y nada más que un salchichón, fiambre para lonchear y comérselo. Por no hablar de mi amiga Margara, que en mala hora me mandó un correo pidiéndome por favor que le trajese dos salchichones de Mercadona marca ElPOZO. Me veo sumida en una situación kafkiana, estoy aterrorizada, me han acusado de contrabando y estoy en Oriente Medio, aquí ningún occidental corriente vale nada y mucho menos una mujer, esta gente nos desprecia.
Traigan a la detenida que vamos a proceder nuevamente a interrogarla. Supongo que no la habréis permitido que duerma ni tenga silla para sentarse. No señor, en todo momento se ha seguido las pautas que usted ha ordenado señor comisario –respondió su ayudante. Voy a por ella con su permiso. ¡Espere Haruk! Interrumpió el comisario. Mejor piense en algún ardid para que la mujer se derrumbe. Eso impresiona mucho a los occidentales y los ablanda. Rió maléficamente.
Esposadas las manos atrás, Lamarmar Pons fue conducida con un pañuelo en los ojos hasta la parte trasera de un vehículo donde la trasladaron por espacio de unos 15 minutos, por lo incómodo, ella podría asegurar que se trataba de un vehículo militar Land Rover, hasta ser entregado a otras personas que la encerraron en lugar que no podía ver pero que era muy caluroso. Ella no sabía que en realidad no se habían movido del aeropuerto, aunque sí habían preparado la añagaza de subirla al viejo Land Rover del primo de la mujer del comisario. Como las instalaciones aeroportuarias eran ultramodernas y todas ellas estaban provistas de aire acondicionado, al ayudante, muy aficionado al género negro, se le había ocurrido usar un bidón vacío de líquido anticongelante para los aviones y arrojar en él un par de pailas de madera para quemarlas, consiguiendo así un calor inmenso que la detenida sufría. Como todo estaba muy limpio, decidieron que el interrogatorio se produjera en todo momento con los ojos vendados, para que no descubriese la marrullería que se le preparaba.
-Bien señora, le recuerdo que está usted en una complicada situación. Sepa que al no haberse sellado su pasaporte de entrada en el Líbano, el gobierno de mi país no es responsable de usted en ningún momento, podríamos decir que se encuentra en ese extraño lugar al que los cristianos llaman limbo. Usted no existe. Dígame nuevamente con qué intenciones ocultaba dos salchichones en su maleta facturada. Y dicho esto miró a su ayudante sonriendo irónicamente. A la pobre Lamarmar no le salía la voz, sudaba copiosamente y las esposas le hacía mucho daño en las muñecas. ¿No va a contestarme señora Pons? Le recuerdo que tenemos mucho tiempo. Dicho esto, ordenó a Haruk que echase más leña al bidón. El calor era agobiante. Pues mire señor policía… -¡Comisario, diríjase a mí como señor Comisario, la policía no es democrática señora y creo que ya lo está comprobando!
Los salchichones me los ha pedido mi prima Margara. –Bien, ya parece que nos está dando los nombres de sus cómplices. Anote Haruk. El teniente Haruk siempre hablaba en hebreo, mientras el comisario lo hacía en inglés o español según le interesara. Margara. ¿Dónde podemos encontrar a Margara? ¿Sabe que para el pueblo hebreo todo alimento no kosher es una provocación a nuestros ritos que no vamos a tolerar? ¿Creía que nos preocupaba que pudiese introducir sustancias psicotrópicas? Nuestros sofisticados sistemas de detección saltan precisamente en el momento en que las cosas son lo que parecen.
Tras untar con casi 3.000 dólares y 800 libras esterlinas a un par de policías, Ripley supo que Lamarmar se encontraba detenida en algún lugar del país. Así las cosas, se veía obligado a informar a la compañía de la situación y solicitar ayuda del consulado, de otra manera la operación habría fallado.
IX
EL
DESENLACE
Pues ya me dirá qué hacemos con la detenida señor comisario. No creo que pueda soportar mucho más tiempo la situación a la que se está viendo sometida, allí no se puede respirar y el calor es abrasador. -El teniente del Cuerpo de Aduanas Haruk hablaba apoyado en la jamba de la puerta del despacho del comisario. Se le notaba muy preocupado y ello se traducía en la continua sudoración de sus manos. Creo que no estamos excediendo señor –Dijo finalmente. Para luego atreverse a pronunciar: no quiero ni pensar que pueda ocurrir un desenlace no deseado, he estado maquinando un juego del que ahora me doy cuenta su crueldad. La señora Pons en ningún momento se ha desdicho de sus palabras iniciales, siempre ha perseverado que ha viajado para asistir a una convención y que los salchichones se los ha pedido Margara. Esos embutidos son muy populares en Italia y España señor, los cristianos los consumen habitualmente e incluso puede ver los anuncios de esa marca concreta en TVE internacional, yo los he visto. El comisario lo interrumpió arrojando el bolígrafo sobre la mesa y una mirada incendiaria. –Ya está bien de cuestionar mis métodos teniente Haruk, no se lo consiento. En mi comisaría mando yo. ¡Se entera Haruk!
Lamarmar no podía resistir ni un instante más aquella sensación de agobio y falta de aire, el humo la abrasaba. El sudor le corría axilas abajo como un río, se había orinado varias veces encima y el pañuelo que le cubría los ojos también le enjugaba las lágrimas. Maldito, maldito, maldito Ripley.
Quizás tenga razón, sígame, volveremos a interrogar a la uruguaya por última vez. Una bofetada de calor y de humo los recibió. El teniente se puso muy nervioso cuando vio que Lamarmar Pons se había desmayado en el suelo. –Que venga un médico inmediatamente, no vaya ser que nos muera y se nos caerá el pelo. Muy rápidamente, una ambulancia se acercó hasta allí y de ella bajaron el conductor y un enfermero que la colocaron sobre una camilla y le introdujeron una vía de suero y oxígeno. El enfermero preguntó. ¿Qué está pasando aquí, qué hace ese bidón quemando maderas en una habitación de correos del aeropuerto? Informaré de esta grave irregularidad. ¿Conocen a esta mujer, quién le ha hecho esto?
Al comisario le temblaban las piernas y no acertaba a formular palabras. El teniente Haruk bajó la mirada. Fuera, los paramédicos corrían hacia el centro hospitalario más cercano haciendo sonar la sirena con gran estrépito.
X
AMNESIA
LACUNAR
¿Qué le ocurre doctor? Pues esta señora sufre un episodio de amnesia lacunar. ¿Cómo? En lenguaje médico, podríamos decir que nos enfrentamos a la manifiesta imposibilidad de recordar conceptos o experiencias correspondientes a un determinado periodo de tiempo, aunque pueden rememorarse acontecimientos preliminares y ulteriores a ese lapso de tiempo. Comprendo perfectamente que entender algo tan complejo le resulte chocante. Está claro que la paciente desea olvidar un suceso traumatizante o que le provocó pánico. No sabemos mucho más. Nos sorprende también en las circunstancias extremas en las que llegó a este hospital, pérdida de conciencia, sudoración extrema, falta de higiene y carencia de documentos. Según refiere el parte de ingreso cumplimentado por el enfermero de guardia en el aeropuerto Rafic Hariri, fue trasladada de un habitación donde había estado sometida a una fuente de calor extrema, esa circunstancia quizás haya sido determinante para posibilitar o desencadenar la enfermedad que ahora diagnosticamos.
¿Significa eso que esta mujer recordará hasta el momento de su amnesia y hechos posteriores, de ahora mismo pero, muy posiblemente, le será complicado evocar los hechos que le han producido su amnesia? -Efectivamente, lo ha entendido usted muy bien teniente. Haruk se tranquilizó al oír las palabras del psicólogo, eso les eximía de todo cargo y, sobre todo, no lo enfrentaba con su jefe, quién una vez más burlaba las convenciones de transporte aéreo internacional. A los malvados les salen las cosas muy bien, tienen la suerte de cara y de paso, a él mismo también.
Ripley permanecía sentado junto a la cama de Lamarmar Pons que descansaba tras habérsele inyectado un fuerte somnífero. A continuación de comprobar que todo estaba bien, se levantó para dirigirse al pasillos de las máquinas expendedoras y sacar de éstas un sándwich de pollo y un café solo. No quería dormirse. Beirut se había vuelto muy peligroso. Nadie le daba explicaciones razonables para que su compañera hubiese llegado al hospital en tan lamentables condiciones, indudablemente había sido torturada, ahora lo importante era conocer cuanto antes lo que había confesado.
Mr. Parker y Peggy habían viajado por avión a Jerusalém vía El Cairo y ellos, mientras ellos los acompañarían en cuanto la chica se repusiera.
Todo indicaba que Lamarmar lo habría revelado todo y el operativo estaba en conocimiento de agentes enemigos. Ante ello, no cabía otra solución que suspenderlo o modificarlo completamente, de modo que tenía toda la noche para decidir la decisión a tomar y, llevarla a cabo cuanto antes. Washington había localizado a la agente, gracias a la lectura criptográfica del parte de un enfermero. Tenía que interrogarlo rápidamente, antes que lo eliminara el enemigo. No obstante, algo le sonaba a raro del episodio, le parecía poco profesionales los métodos usados por la inteligencia libanesa, a cualquiera del oficio jamás se le hubiese ocurrido haber llamado a una ambulancia y quedar expuesto a ser descubierto. Algo fallaba, algo no olía bien, posiblemente se tratase de una nueva trampa. Debía conducirse con exquisito cuidado en los sucesivo.
XI
DONDE
NADIE DECIDE
Donde nadie decide. Qué extraña frase para una pancarta frente a la entrada de un mercado de frutas, pensó Ripley. Posiblemente aquí, en Oriente Medio, la gente cansada y asustada de vivir entre explosiones de los misiles Jericho 3 y Kazam se han dado a la filosofía, cosas más raras se han visto. Buscó su teléfono celular y tras mirar en la agenda, nunca recordaba los números o los confundía, llamó a Peggy. Dime Ripley, cómo está esa chica. Mejora –intervino. Pero el motivo de esta llamada es conocer el calendario de Parker, todo indica que posiblemente hoy la darán de alta. Peggy S. Stewart contesta. Pues te lo mando a tu Blackberry y así estáis al tanto. Gracias Peggy.
Donde nadie decide. Seguía dándole vueltas a la dichosa frasecita, pero no era precisamente un agente de despacho sino de acción. Posiblemente otro ya lo hubiese resuelto. En ese momento, entró el doctor en la habitación de Lamarmar Pons con algunos papeles bajo el brazo. Ripley siempre se había preguntado por la razón que en los hospitales las tablas de escribir fuesen metálicas y se lo preguntó al médico. Éste lo miró, para luego contestarle que no tenía la menor idea y que su visita era importante para la señora Pons.
Desde el punto de vista médico, señora, usted se recupera razonablemente bien. Nos llegó en muy lamentables condiciones que la policía estudia. Podría asegurar que su amnesia será pasajera pero no me pregunte cuándo será. ¿Cuándo será doctor? –Preguntó Ripley. ¡Le he dicho que no me lo preguntara! No tengo la menor idea y eso me cabrea bastante. Déjese de bromas. La señora ha protagonizado un episodio catártico, si bien este término quizás no sea el adecuado. Su amnesia es inducida por un hecho terrible, eso sí lo sabemos.
¿Podré abandonar el hospital? Lamarmar se incorpora y juega con el mando eléctrico de su cama articulada, quizás lo único que uno añora de los hospitales, poder doblar los colchones a voluntad. Sí –El doctor estaba nervioso. De hecho he dejado su alta sin firmar en el puesto de control de enfermería. Pregunte allí por Azucena Lilac, ella le informará de las pautas a seguir. Le ruego señora que no se someta a fuertes emociones. De su amnesia se sabe muy poco. Muy poco. Y tras ello se volvió apesadumbrado.
¡Ya lo tengo! -¿Cómo? Interpeló Lamarmar, qué dices. Lo tengo, ya he desentrañado el enigma de la frase. -¿Qué frase es ésa? –Donde nadie decide. Estaba ofuscado y es un simple acróstico DND. Me estoy haciendo viejo para este oficio, menos mal que en el cine ya me interpreta el gran Morgan Freeman.
XII
EL ATAQUE
DE LOS
TEMIBLES
COPIPEGAS
Lamarmar es conducida hacia la salida por un sanitario en una silla de ruedas, Ripley la acompaña con una bolsa de papel en la mano. Ambos salen muy serios. Ella no comprende nada y él menos, pero la experiencia le dicta que pisan terrenos resbaladizos, se siente vigilado, observado en cada movimiento que realiza. De haber querido atentar contra él o ellos lo podían haber hecho en cualquier momento, luego les interesa otra cosa, desean saber algo más.
Al llegar a la altura de la calle, el sanitario ayuda a la señora Pons para que se levante y se despide de ambos con una sonrisa. En ese preciso momento comienza el tiroteo. Ripley cubre a Lamarmar y la obliga a echarse al suelo, saca su colt y procuran escudarse del ataque tras una columna. Una furgoneta arranca precipitadamente arrojando octavillas por la calle. Ráfagas de ametralladora rompen la mañana de Beirut.
Qué ha pasado Ripley –Pregunta Lamarmar. Solo ha sido un aviso, no han querido eliminarnos y hubieran podido hacerlo fácilmente, he memorizado la matrícula pero debe tratarse de un vehículo robado, de todos modos pediré a la central que lo compruebe. Ripley tecleó en su Blackberry los datos de la furgoneta que los había tiroteado para inmediatamente decir. Está claro que no podemos volver al hotel. Tomaremos un taxi y buscaremos una pensión, esos lugares no los frecuentan los occidentales y podremos esquivarlos al menos durante 24 horas. ¿Estás lista para eso Lamarmar? –Ella asintió con la cabeza mientras se levantaba del suelo.
El agente dejó pasar a varios taxis y cuando lo consideró oportuno lo paró. Se trataba de un desvencijado Peugeot 505 conducido por una mujer musulmana. Tras subirse ella preguntó: ¿Dónde quiere que la lleve? Y Ripley respondió: -Llévenos donde nadie decide. Sin mediar ninguna otra palabra la conductora aceleró y se perdió en el fragor del tráfico de Beirut.
Un buen rato después se acercaban a la puerta de un edificio tiroteado y desvencijado que en su primer piso todavía mantenía el rótulo de PENSIÓN HARUK
¿Pensión Haruk? -Murmuró Lamarmar. ¿Te recuerda algo, has oído ese nombre antes? Ella movió la cabeza para pronunciar de nuevo: Haruk, Haruk. No, no recuerdo nada Ripley, lo siento. No te preocupes Lamarmar. –Asentía su compañero.
Una vez dentro de la habitación pusieron sobre la cama una de las octavillas en hebreo. No entendían nada. Llamaron a la mujer y le pidieron que tradujese el texto. Madam Haruk sonrió y leyendo el papel les dijo: MALDITOS CRISTIANOS NO PENSÉIS QUE OS IRÉIS DEL LÍBANO SIN PAGAR POR VUESTROS PECADOS.
XIII
AGENTE SECRETO
EN LA MEDINA
Si algo tenía de bueno permanecer en Líbano era su costa, del resto nada bueno podía decir. Allí los habían tiroteado, su compañera sufrido un ataque de amnesia y un grupo pertenecientes a los copipegas los amenazaban, asegurando que debían pagar por sus pecados. Tampoco le agradaba que Pons pronunciase Haruk en tantas ocasiones.
Llegó el chico de los recados. Hola chaval imagino que te interesará ganarte 10 dólares. ¿10 Dólares? –Contestó. Oiga esto es Líbano, con 10 dólares no llega usted ni al McDonald´s en autobús, con la inflación que sufrimos. Por 10 dólares me vuelvo a la esquina y sigo vendiendo marihuana. ¡Váyanse a la mierda puercos cristianos! Lamarmar y Ripley se miraron el uno al otro sin dar crédito a lo que habían oído, hasta el chaval de los recado les vacilaba en Beirut.
Ripley decidió entrar en la medina y buscar algo de comer, ella acababa de salir del hospital y él mismo sólo había ingerido un cartuchito con dátiles. No le resultó difícil, siguió al río de personas que al parecer, contra todo pronóstico avanzaba con mayor rapidez a medida que las calles se estrechaban. Cuando vio el viejo arco supo que ya estaba en la Kasbbah. Siguió andando hasta desembocar en la calle de los vendedores de pescado frito.
¿El último por favor? -Dijo, alzando la voz, pero nadie le contestó. El pescadero, tras mirarlo le dijo. –El último es usted. Si llega otro después pues él lo será. ¿No les enseñan eso en los institutos occidentales? El último es siempre la persona que llega con posterioridad, eso lo sabe cualquiera. Y guárdese su Colt en el bolsillo que se lo puede robar cualquier muchacho. Bueno. –Acto seguido se dirigió en árabe a quienes esperaban que se friese el pescado. ¿Le sirvo al cristiano y que se vaya para que nos deje tranquilos? Todos asintieron con la cabeza y uno comentó. –Desde luego este país ya no es lo que era, estamos rodeados de agentes secretos inútiles. A todos los torpes nos lo mandan y cualquier día, con mala suerte incluso se disparan y se hacen daño esta gente. Alah sea loado y no ocurra.
Bien señor ¿dígame qué se le apetece? Puede llevarse lo que tengo aquí recién frito: sargos, mojarras prietas, doncellas y boquerones o esperar un poco que mi mujer está haciendo una fritada de caballas en adobo. Usted dirá. –Lo de las caballas me ha llegado al alma, a eso me apunto con un kilo, que frías están mucho más ricas y esos sargos tienen una pinta estupenda. –De acuerdo dijo el pescadero.
Ripley se sentía ridículo. Todos sabían que era un agente secreto y miraba al cielo de la calle cubierto de cañizos para mitigar el calor. Alguien se le acercó y le dijo. –Cuando le sirvan, diríjase a la pensión y párese en la puerta para comprar tabaco en el cafetín. Pida dos paquetes de Camel. Para desaparecer inmediatamente.
La partida continúa. No tengo la menor idea de quienes son los jugadores pero están ahí, muy cerca, observándonos y esperando que demos un paso en falso. Recogió el pescado y agradeció a los presentes permitirle comprar antes que ellos. En eso un señor mayor le dijo: -Salude a la señora Pons en nuestro nombre y, por favor, dígale que no todos los libaneses somos iguales, simplemente ha tenido mala suerte. Firmado: EJÉRCITO SIMBIÓTICO HEBREO ANTISPAM.
¿Conoce a esa organización señora? -¿Qué si he oído hablar de esta gente antes? Pues sí, se trata del brazo armado de los temibles copipegas, son expertos rastreadores de todas las comunicaciones de Oriente Medio, su crueldad no tiene límites. ¿Dónde ha encontrado esta octavilla? –No se preocupe –Respondió Ripley. Estaba tirada en el suelo y la recogí. ¿Los copipegas qué nombre tan extraño?
XIV
UNA FORMACION
DE COPIPEGAS
Una formación de copipegas, vestidos con la equipación deportiva del Real Betis Balompie, desfilaba por la avenida. Este detalle sorprendió tanto a Lamarmar como a Ripley que no entendían como supuestos nacionalistas libaneses, se vestían con atuendos deportivos de Sevilla. Haruk les aclaró este punto: No son los primeros que manifiestan esa extrañeza pero estamos en Oriente Próximo, un lugar del mundo donde todo puede ocurrir tenga o no tenga sentido. Esa ropa de jugadores de fútbol se debe a varios motivos: el club Real Betis se viste de verde y blanco, colores que figuran en nuestra bandera. El cedro verde sobre campo blanco como símbolo de bosques nevados. Un dirigente de los copipegas se casó con una sevillana de Triana, viajó a España para conocer a sus suegros y éste era un gran forofo del Betis. Cuando el líder copipega comprobó que los colores venían estupendamente para la organización, lo propuso a la célula de dirección que aprobó sin fisuras la adquisición de estas equitaciones. Ropa fresca y dura, buena para los entrenamientos y muy vistosa también, además, al comprarlos al por mayor les sale bastante barata. Y finalmente, pero no menos importante, consideraron también que adoptar estas señas de identidad, con su marketing introducido en la mayoría de los sectores de la sociedad, el Real Betis es un equipo considerado como simpático les viene muy bien.
¿Pero cómo una organización clandestina se viste y desfila a mediodía con uniforme señora Haruk? Algo así no se comprende en Occidente. Puede que tenga razón usted Ripley, pero para explicarlo, volveré al dirigente con un suegro forofo del Real Betis. Replicó. ¿Es clandestina la organización de los copipegas? Evidentemente nadie negará eso, ni siquiera aquí en Líbano, pero en Sevilla, durante la Semana Santa, cientos de cortejos del Ku Kux Klan recorren las calles, todos van vestidos con su cara cubierta y haciendo sonar ostentosamente sus trompetas y tambores, sin embargo, ningún gobierno despótico o democrático se ha atrevido, por ahora, y dudo mucho que alguna vez se haga, a preguntar por quienes están detrás de tales organizaciones. Lejos de ello, esas manifestaciones de crueldad se han convertido en reclamos turísticos nacionales e internacionales y ayudan a la economía andaluza.
Lamarmar y Ripley se miraron perplejos, cada vez entendían menos las relaciones entre política y economía.
Un copipega es un arma de destrucción total, ha sido entrenado para marcar un texto, una imagen, un enlace o un vídeo y colocarla sobre otro soporte en menos de 4 segundos. Pero no se queda ahí, transmite continuamente sus terribles powerpoints que amargan la vida a sus enemigos, trabajan en las cadenas de mensajes que ridiculizan a los gobiernos, inventan noticias sobre secuestros de niños, en fin, su crueldad no puede acotarse. La idea surgió en la organización, tras leer la novela 1984 de George Orwell. Interrumpió Lamarmar para decir: -Oiga sabe usted muchísimo sobre los copipegas señora Haruk. ¡Por supuesto! -Dijo orgullosa. No olvide que soy una de sus comandantes. Ahora mismo se encuentran en uno de los pisos francos. Ha sido una subordinada de mi hijo quien les trajo aquí.
XV
LA VUELTA A MADRID
No pienses en ningún momento que nuestra vuelta pueda considerarse una deserción, un fracaso de nuestra misión. Lamarmar lo miró pensando: Este hombre cada día me desconcierta más. Y Ripley siguió hablándole. Hemos descubierto varias cosas: Beirut sabía de nosotros. Parker y Peggy se alejaron y nos abandonaron allí y eso me hace pensar si colaboran juntos. Todos esos aspavientos del catador y sus comentarios sobre su secretaria, forman parte –creo- de una ceremonia del desconcierto que organizan para que yo crea que se desprecian. Es posible que así sea, sin embargo se necesitan íntimamente el uno al otro.
Fueron interrumpidos por la voz de la azafata. –En cumplimiento de la Organización Internacional de Vuelos requerimos su atención. Le rogamos coloquen sus respaldos en posición vertical, se abrochen los cinturones de seguridad y coloquen la mesita convenientemente plegada sobre la espalda del asiento que tiene frente a ustedes. Le recordamos que está terminantemente prohibido fumar en el avión, esta prohibición incluye también los baños que tienen incorporados detectores de humos, caso de que incumplan esta normativa, nos veremos obligados a entregarlos a las autoridades del primer aeropuerto en que tomemos tierra. Presten atención por favor. Volamos en una aeronave A380, nuestro comandante Matías Pérez les saluda e indica que el viaje tendrá una duración de 5 horas, volaremos a una velocidad de unos 900 km/h con destino Madrid.
Ripley y Pons dormían mientras la azafata se esforzaba en nombrar todas las características de la aeronave. Ella no podía ni imaginarse lo que le esperaba a pisar el aeropuerto de Barajas. Una vez más su compañero no la había advertido de nada.
La Ford Transit del Convento de las Adoratrices de San Blas se encontraba aparcada en doble fila, junto a las interminables filas de taxis. Al volante, como siempre, estaba Sor Agustina del Niño Jesús de Praga Crecidito y, en la acera, una novicia haitiana que llevaba en cada mano las fotos de Lamarmar y Ripley. El policía municipal se acercó a la ventanilla de la furgoneta y se dirigió a la monja: -Oiga hermanita, retire esto de aquí inmediatamente. No quiero empezar el turno multando a unas monjas. Háganme el favor, circule. –Pero hermano –Replicó Sor Agustina- es que recibimos al Visitador de nuestra Orden, el muy reverendo Padre don Alberto Ripley, acompañado de nuestra hermana Sor Angustias de la Cruz Envainada, procedentes de Tierras casi Santas. -Como si vienen del mismísimo Séptimo Cielo hermana. ¿No ve que si consiento que su furgoneta se estaciones aquí tengo que permitir que lo haga el resto de Madrid? Circule. Circule por favor.
En ese momento llega la novicia haitiana y le muestra las fotos. ¿Qué dice esta monja hermana? –Le enseña las fotografías del Padre fundador y la monjita que le acompaña. Es haitiana sabe usted. Todavía no habla español y está muy contenta con la idea que nos visiten. Bah, monjas. –Dijo el policía. O te piden dinero o te piden favores. No me quiero jugar el puesto que Gallardón es del PP y le gusta más una monja y un cura que a un tonto un látigo de cuatro puntas. Me voy.
Una de las puertas electrónicas de la T4 se abría para dar paso a los peregrinos. La monja haitiana le arranca la maleta que Ripley lleva en su mano derecha y le besa la mano mientras se arrodilla. Lamarmar contempla la escena y no da crédito a lo que ven sus ojos. ¿Te has dado cuenta Ripley que una monja negra se te ha arrodillado y te besa la mano? Sí, Lamarmar, me doy perfecta cuenta y no sé si salir huyendo de aquí o pedir auxilio. La voz de un guardia municipal lo sacó de aquel complicado momento. –Oigan, sí, ustedes, suban a la furgoneta que le están esperando los de su convento. Dense prisa por favor que menudo atasco me están provocando. Vale hermana, ya estará contenta, circule, circule.
XVI
¿QUIENES SON
ESAS MONJITAS RIPLEY?
¿Quiénes son estas monjas Ripley? Qué quieren de nosotros. Calla –Murmuró él. Pues sí hermanas, estamos muy contentos de pasar estos ejercicios espirituales en su convento. El Arzobispo se encuentra muy complacido por la labor que realizan. La monja, muy sonriente le contestó. No sabe usted lo felices que nos hacen con esa confianza con que su eminencia reverendísima, Dios esté a su lado y sea bendecido nos depara, Replica la hermana conductora. Este año de crisis terrible para todos, inesperadamente, nos hemos visto beneficiadas con unacocina nueva y esta furgoneta Transit, que nos sirve para los repartos de tocino de cielo y los recados de la casa. Por cierto reverendo padre, podemos conocer cuánto tiempo tienen planeado convivir con nosotros. Ripley no sabía qué responder. Lamarmar lo miraba y se reía. –Calculo que un máximo de un par de semanas hermana, suficiente para hacerme cargo de la problemática de la comunidad, sus deseos y necesidades y también, claro está, familiarizarme con el día a día de una institución tan particular como la que llevan a cabo. Por la respuesta Pons supo que Ripley no tenía la menor idea de la prueba a la que estaban siendosometidos. Ella miraba por la ventanilla y veía como iban dejando la ciudad atrás y comenzaban a escalar la Sierra de Madrid.
Lamarmar Pons cada vez iba haciéndose una mejor idea de la personalidad del agente secreto Albert Ripley. O era un genio o un imbécil y se decantaba por lo segundo. Desde luego participar con él en cualquier acción conllevaba una dosis extra de peligro. Ahora la enclaustraba con unas monjas de las que jamás había oído hablar. Temía su papel en aquella farsa. De modo que mientras avanzaba fue recordando cómo habían desmontados sus armas para su envío a Madrid. Se sentía insegura sin ella.
El Convento de la Luz Convergente en las Nevadas Montañas de Jesucristo Redentor,resultó ser un chalet en la sierra, aunque efectivamente, era una institución religiosa.
La hermana superiora los recibió en el refectorio acompañada de 5 monjas más. Ados las conocían ya, la hermana conductora y la haitiana ¿Quéha pasado en Beirut Ripley? Díganos a que debemos de atenernos. Sus mensajes tienen muy preocupados tanto a Langley como a Londres. Qué es eso de haber sido descubiertos por los copipegas. Nuestras hermanas son expertas en contraterrorismo criptográfico y no aciertan a comprender sus informes. ¿Qué tiene que decirnos? Ripley se removía en su asiento. –Miren, me he limitado a comunicar exactamente lo que ha ocurrido. Estoy tan preocupado como pueda estarla casa.
Una de las monjas saca un teléfono de su hábito y tras pronunciar unas palabras se levanta para dirigirse a donde está la hermana superiora. Ésta que se ha dado cuenta deja de prestar atención al invitado y habla con la monja. Páseme el teléfono hermana. Dice. Sí. Efectivamente, soy la superiora del Convento de la Luz Convergente. ¿Cómo. Pero me está diciendo usted que? No puedo creerlo. No sabe la alegría que nos da esta noticia. Inmediatamente lo comunicaré a la comunidad, precisamente en breves momentos, estaremos en sesión capitular. Muy bien, muchísimas gracias padre. Hermanas, reverendísimo padre. Acaban de comunicarnos formalmente que nuestro querido convento se encargará a partir del próximo mes del lavado y planchado de los calzoncillos del Papa. Oremos por ello hermanas.
Todas las monjas se espatarran por el suelo y rezan con fervor. Lamarmar y Ripley se quedan con la boca abierta. Ripley dice en voz baja: si esta gente se encarga de la seguridad de los agentes lo tenemos claro. Cada día entraña más peligro el espionaje.
XVII
CUANDO LA COSA
SE COMPLICA
La cosa se nos complica Lamarmar. Como sabes a esta gente se le ha encargado la misión del lavado y planchado de los calzoncillos de Su Santidad y andan como locas. De no haber sido así, seguro que habríamos podido esconderte en el convento sin otras preocupaciones por el momento, pero entiendo que esta asignación de Roma nos viene bien ya que con los calzoncillos puedo viajar yo para custodiarlos. ¿Y qué pinto yo aquí Ripley? –Dijo Lamarmar cabreada. No pensarás dejarme aquí con las beatas, soy una agente de acción como tu. Por supuesto Lamarmar –Ni lo dudes. Se me está ocurriendo una idea que quizás podría resolver este asunto. Pons lo mira con desconfianza. Momento que Ripley aprovecha para decirle: ¿Recuerdas que poco antes de la sesión capitular de anoche, la madre superiora me estuvo hablando un breve rato sobre el Vaticano? -Pues no. No puedo recordarlo ya que no estaba presente. –Da lo mismo. Resulta que la superiora tiene a un primo que es cabo de la Guardia Suiza en el Vaticano. -¿Y eso en qué me incumbe a mi? –Podría ser tu salvación Lamarmar. ¿Me mandas al Vaticano? Pero por muy breve lapso de tiempo. Te vamos a casar con él.
Lamarmar Pons no podía creerse lo que la compañía le estaba proponiendo. Un casamiento con un Guardia Suizo. Vaya un destino para una agente de acción como ella. En eso llega la madre superiora y la interpela. –Hermana, por su cara veo que no está muy convencida de mi propuesta, pero si me lo permite se la explicaré. Mi primo, el cabo, es soltero y tiene 62 años, es un alma de dios, una persona muy bondadosa y amante de las criaturas del Señor más desvalidas. Debido a ello se ve actualmente en una situación, digamos, complicada para él y también para todos. Los enemigos de la fe, el Maligno personificado en el diario La Stampa, lo acusan de pederastia. Nos vemos entonces, querida hermana Lamarmar, en la sagrada obligación de rescatarlo y salvarlo. No negaré que al pertenecer a mi familia tengo también una motivación personal en la resolución de su problemática. La miro, hermana, y veo que no comprende qué le pedimos. –No entiendo nada hermana. Comprenda que ayudar a alguien es comprensible, pero de eso a casarse con él va un trecho. Por supuesto, hija mía, por supuesto. –Dijo la superiora sonriendo. Lamarmar miró a Ripley que fumaba en la esquina del jardín del chalet-convento y comprendió que nada la salvaría de casarse con el guardia suizo.
En la cocina, las monjas del Convento de la Luz Convergente en las Nevadas Montañas de Jesucristo Redentor, desmontaban y engrasaban varias pistolas y un fusil de asalto Kalashnikov. Sus manos estaban bien adiestradas para ello. La hermana portera las acompañaba mientras rezaban el Vía Crucis: “Mater Amabilis. Ora pro nobis. Mater Admirabilis. Ora pro nobis. Mater Inviolata…”
Me casan, esta gente me casan, murmuraba Pons mientras daba pataditas a una lata de Coca-Cola Light.
XVIII
ENGRASANDO
ARMAS
PARA UNA BODA
La monja haitiana llamó a la puerta con una bolsa de basura en la mano izquierda que colocó sobre la cama deshecha y se retiró. Pons miró en su interior con un par de dedos para no mancharse y solo vio un saco vació. –Vaya gente rara que son las monjas. Lo mismo están engrasando pistolas que aparecen silenciosamente con un saco como si fuese la octava maravilla del mundo.
La hermana superiora se hizo la encontradiza con Pons y se dirigió a ella. –Veo que ya ha recibido su traje para la boda. –Pues no hermana, vino la monja de Haití y dejó un saco sobre mi cama pero aparte de eso nada más. La superiora abrió los brazos para decir: -Hija mía, ése es su vestido para la boda. –Oiga, piensa casarme vestida con un saco. –Es que somos monjas. Para nosotras el mundo no tiene validez, nos entregamos a la experimentación y la búsqueda de los ocho círculos concéntricos del amor. Lugar donde estamos en paz con dios y con Hacienda. Lamarmar la interrumpió. –Me parece muy bien. Me da lo mismo ocho que ochenta pero qué pinto yo en esta comedia.
La cara de la superiora se transmutó. –Mire si usted es una agente acción yo lo soy de oración, pero no olvide que soy su superiora y acatará mis órdenes, de modo que su vestido será un saco y su luna de miel, engrasar pistolas en la cocina como todas. ¿He hablado claro?
Resignada, se dirigió a la habitación y tras pedir unas tijeras propinó tres cortes al saco. En ese momento, la haitiana la tomó de la mano y en el salón la esperaban la superiora y Ripley. El portátil estaba en Skype. –Gracias por acudir tan rápidamente hermana. –Saludó la monja. Mi primo está a punto de llegar para celebrar la ceremonia que yo presidiré, dada la premura de tiempo que nos acucia. Bien, aquí está. Giuseppe'm tuo cugino Edvige e qui è Miss Lamarmar molto felice di sposarti. Uniformi guida il suo folle.
Dígale cualquier cosa querida. Hola. Dijo Lamarmar. Para inmediatamente contestarle el primo: Ciao il mio nome è Giuseppe Lamar e sono molto felice di sposarti. Sono già fuori delle Guardie Svizzere di Sua Santità il Papa. E 'un peccato non è possibile modificare la guardia ad essere presente al nostro matrimonio. In ogni caso, Skype è anche un buon modo. Ho vestito la divisa di dare solennità all'atto.
Qué detalle el haberse vestido con su uniforme de gala dijo Ripley. La monja se dirigió a la minicámara y dijo en italiano: Giuseppe è con tutta la forza del vostro ugello Guardie svizzere e la potenza del vostro denaro risparmiato nel Banco Ambrosiano di Lamarmar. Giuseppe contestó. Sì voglio sposare, anzi, hanno bisogno di sposarsi e presto o mettermi in prigione domani. Y tú Lamarmar, consientes en casarte con Giuseppe. A Lamarmar no le salía la voz del cuerpo, así que respondió Ripley por ella: Está muy contenta, toda su vida añoró casarse con un cabo de la Guardia Suiza de su Santidad el Papa. Vamos que la emoción la embarga y dice que sí. -La foto, hay que hacer una fotografía de este momento tan tierno. Hermana que salgamos todos muy bien. La novia está llorando de emoción.
Siempre dije que este Ripley es un cabronazo. Pensó Lamarmar. Y lo peor es la foto vestida con un saco de patatas, una monja y el capullo éste a mi lado. Me estoy cargando mi reputación.
XIX
LA PAREJA CHINA
Ripley se rascaba la cabeza mientras intentaba leer The Guardian pero sus pensamientos estaban en otro lado. Parker permanecía en su suite con una mestiza brasileña y alojados en el Hotel Jerez, aunque en otra habitaciones clase turista se alojabanPeggy y él mismo.
No paraba de pensar qué hacer para rescatar a Lamarmar del muermazo del guardia suizo con quien la había casado y se sentía responsable por ello. Andaba en tales pensamientos cuando notó que por el lobby del hotel jerezano deambulaban una pareja de orientales quienes lo miraban con bastante disimulo. Qué extraño, pensó, no parecían japoneses sino chinos. Observó que ella era una mujer en sus 40 años muy bien llevados y él, por el contrario, poco más de 20. Serán madre e hijo y siguió leyendo su periódico.
Cuando levantó la mano para avisar al camarero que le sirviese otro té comentó con él: ¿Cómo es que tienen aquí al servicio de la clientela prensa inglesa del mismo día? –Muy sencillo señor, desde que desde nuestro aeropuerto, se viaja varias veces al día tanto a Inglaterra como Alemania, la dirección ha considerado que es un detalle de cortesía de un buen hotel como el nuestro, que los asiduos pueda estar al tanto de lo que ocurre en el mundo en su propia lengua señor. Ese comentario le valió al chico una propina de 10€.
Mientras tanto, en un minúsculo apartamento en los barracones de la Guardia Suiza, decorado con almanaques de los papas del siglo XX, Lamarmar pelaba patatas y miraba de reojo a Giuseppe como dormitaba en el vapuleado sofá de eskay verde. Se encontraba acorralada y por primera vez en muchos años, no acertaba a resolver las situación a la que se había visto abocada. Su casamiento la hacía ciudadana consorte del Estado del Vaticano, eso posiblemente era lo mejor de todo, pero del otro lado, su estatus profesional estaba en entredicho. Todos parecían saber más sobre sí misma que ella. Su amnesia no mejoraba. Ripley no daba señales de vida y temía volver a tomar cualquier avión para dedicarse a lo que mejor sabía hacer, pulular por los hoteles y desplumar a los incautos bajo la apariencia de puta de gran lujo. Esperaba que el guardia suizo no llegara a conocer tales referencias en ningún momento.
Giussepe, su marido, la había recibido en el aeropuerto de Roma y trasladado en una bicicleta eléctrica al Vaticano, dejando las escasas pertenencias de ella en una consigna. Llevaba como un mes allí y él no la había tocado, le dejó su cama mientras el guardia dormía en el sofá verde de eskay. Estaba claro que él la utilizaba como tapadera, exactamente igual que ella al pederasta. Desde luego las monjas habían urdido un plan perfecto que tapasen todas sospechas.
El joven chino llamó a las puertas de Ripley y sin mediar palabra le entregó el periódico del día, para inmediatamente volverse a la habitación contigua. El agente miró a ambos lados del pasillo y comprobó como la señora le sonreía y tras esperar al joven cerró la puerta.
Desplegó el periódico y vio que en la página 3 aparecía un número de teléfono. Se dirigió a la mesilla y dijo: Póngame por favor con la habitación 318. Al segundo ring le respondió una voz de mujer oriental en inglés. –This is Mrs. Lu Cha Kong, Mr. Ripley, thanks a lot for calling me so fast.
Tras la conversación telefónica, el agente taxista supo que nuevamente la agencia le asignaba un nuevo caso. Se cambió para la piscina y hacia allí se dirigió con una toalla. Jerez en esa época del año es insufrible si no se tiene aire acondicionado o se disfruta de los medios de ocio al que las personas corrientes no tienen acceso. Bajó por las escaleras, no le gustaba demasiado usar los ascensores, pueden resultar peligrosos y comprometidos, pensaba que eran auténticas ratoneras donde te podían disparar desde las puertas, el techo o el suelo y en cierto momento de su vida lo había experimentado.
Cuando se secaba la cabeza tras el refrescante baño, se recostó sobre una hamaca a la sombra y avisó al camarero, el mismo que el día anterior le había atendido en el hall. Pidió un Dry Campari poco agitado y The Guardian.
En el margen derecho de la página 3 del periódico leyó: 3 Mongoles en mi puerta. Ripley sonrió.
XX
EL VATICANO
La anotación al margen del periódico, escrita a lápiz, decía: “3 Mongoles en mi puerta.” Ésa y no otra era la orden de Langley en Virginia. Suena el teléfono, como es habitual en Ripley no recuerda dónde lo ha dejado, lo va siguiendo por el sonido que paulatinamente aumenta y lo encuentra finalmente bajo la cama, posiblemente durmiendo lo tiraría de un manotazo. Pocos tienen su número de teléfono.
Diga. –Pronunció el agente. Soy Lamarmar. –No sabes lo preocupado que me tienes chica. No paro de idear cosas para sacarte de esa ratonera. Incluso he llamado a la central y allí se me ha dicho que haga lo que sea necesario para que puedas abandonar el Vaticano. Lamarmar estaba llamando desde el gran patio porticado circular, utilizando el teléfono de una uruguaya de unos 50 años que venía de rodillas desde el arco de entrada. La mujer decía que se llamaba Belmy y le encantaba las cosas de Dios, pero que a las de los hombres no le hacía nada de asco. En eso coincidía con ella, donde se ponga el jamón y, sobre todo, aquello que empuje que se quiten los ángeles, arcángeles, tronos y serafines.
Mira Ripley –dijo Lamarmar- te puedo vestir de limpio, eres un sinvergüenza. Me tienes aquí entre los meapilas éstos de la Guardia Suiza, todo el puñetero día oyendo campanas y rezos. El impresentable de Giussepe no para de mirar fotos de niños en su ordenador portátil y beber Chianti. Esto es un ultimátum o en 24 horas me sacas de aquí o monto un lío que me tienen que echar los propios guardias suizos. –No te pongas así Lamarmar. En ningún momento me he olvidado de tu situación, pero no debes dejar de lado los hechos de Beirut. No sabemos qué informaciones puedes haber facilitado. No me creo esa desaparición tuya y luego el hospital. Me has puesto en una situación muy comprometida. Ripley se vio interrumpido por un exabrupto de Pons. –Me importa una mierda lo que pienses, estoy en el Vaticano casada con un pederasta y no aguanto más. El agente no sabía qué contestarle a su compañera, de modo que le dijo: -Puedes acercarte a la tienda de souvenirs que está situada a la derecha de la gran escalera central del edificio de Bernini. Diles que estás casada con un guardia y deseas hacer el voluntariado de ventas. Te pedirán tu documentación que tienes en regla y procura quedarte entre 5 y media y 6 menos cuarto de la tarde cerca de la caja registradora. Alguien interrumpirá los sistemas de vídeo-vigilancia y provocará un bucle con los ordenadores centrales. Coge todo el dinero y toma un taxi hasta Nápoles. Nadie te seguirá, no te preocupes. Giussepe lo repondrá y les dará cualquier explicación plausible, quizás que tus padres están enfermos y necesitas dinero para viajar o algo parecido. Una vez allí, dirígete a las taquillas del estadio con una bufanda del Fútbol Club Barcelona, alguien te abordará y te dará las instrucciones necesarias. -¿No me estarás tomando el pelo y acabaré en la cárcel? Que a los curas no les roba nadie y en todo caso, son ellos quienes te roban a ti. –Hazme caso Lamarmar, te necesito en China.
XXI
ROBO EN
EL VATICANO
Tras sobornar a un niño con comprarle una consola Play Station y asegurarse que el chiquillo la ayudaría en todo lo que pidiese, Pons se dirigió hacia la tienda de souvenirs que se encuentra localizada en los bajos de los pórticos de Bernini, en la gran plaza circular del Vaticano. Allí se presentó como voluntaria y les contó la mentira que Ripley había preparado y que ni ella misma podía creerse pero, a veces, lo mejor es seguir las instrucciones de quienes te mandan. La monja que estaba sentada cobrando en la caja fue informada sobre la llegada de la Lamarmar y sonriendo, le ofreció que tomase asiento, mientras ella se ausentaba, en ese momento a la agente le vino una duda, cómo podría cobrar si no conocía ningún precio de lo que allí se vendía. Al parecer la monja lo notó y le hizo saber que únicamente debería pasar el lector del código de barras y todo aquello que no estuviese provisto del mismo, únicamente debía entregarlo a alguna de las voluntarias para que lo pusiese. Dicho esto se fue y Pons se puso a cobrar a los peregrinos.
El niño, estaba encargado de esperar la señal convenida, para subirse a cualquiera de las estanterías donde hubiese algún detector de humos con un encendedor y esperar hasta que la pasta se derritiese y se disparasen todas los aspersores antifuego instalados en el techo. Momento en que los compradores deberían abandonar la tienda precipitadamente y ella arrebatar el dinero.
Como quiera que Pons vivía en el recinto de la Ciudad del Vaticano, no saldría por la gran plaza, en la que tarde o temprano corría riesgos de ser capturada, aprovechando su tarjeta codificada de residente huiría por atrás con el niño.
Y lo cierto es que la estratagema les salió bastante bien. La caja contenía una buena cantidad de dinero en ella. Cuando el niño saltó imitando al mejor Burt Lancaster a la estantería y prendió fuego al detector, ella abrió su gran bolso con su pasaporte, un móvil, su Smith & Wesson y la bandera del Vaticano abierta, sobre la que volcó toda la recaudación sin dejar ni una moneda, luego se dirigió hacia la puerta entre los empujones de los visitantes y compradores, el agua que caía sobre todos y las sirenas de los bomberos con el niño de la mano para, inmediatamente entrar a una puerta que conducía a los aseos, pero por donde también, los residentes podían pasar a las dependencias propias.
El Fiat Punto alquilado por la mañana se encontraba perfectamente aparcado. Pulsó el botón de apertura a distancia y saltaron a bordo para alejarse rápidamente de allí. El niño estaba deseando ver su dinero pero Lamarmar le dijo que mirase en el asiento trasero, donde, efectivamente una caja impecable contenía la versión más moderna de su deseada Play Station. La cara del chiquillo expresaba la mayor felicidad. Cuando lo dejó en Plaza Narbona, Filippo de 9 años describió una representación fenomenal, se llevo el dedo índice a la boca en posición horizontal y le guiñó un ojo a Lamarmar. Aquel niño había iniciado ese día una próspera carrera.
Lamarmar tenía un manía, por donde quiera que fuese compraba una bandera, pero lo que no sabía nadie es que las utilizaba para hacerse delantales sexys y usarlos en sus orgías. Le encantaba verse el culo reflejados en los espejos de las habitaciones de hotel y, también, como sus pezones se salían del peto. A sus clientes les gustaba ese juego pero posiblemente a ella muchísimo más.
Si a ella le gustaban las banderas, la del Vaticano, lógicamente tenía muchísimo más morbo.
Cuando paró para hacer pis en la autoestrada contó el dinero: 4678 euros, 2594 dólares americanos, casi 3,000 rublos, 1800 libras esterlinas y sobre 700 u 800 euros más en otras divisas. Tales cantidades le venían muy bien ya que no tenía necesidad de tener que realizar operaciones de cambio de moneda.
Conducía en dirección sur, cuando el teléfono móvil que le pidió prestado a Belmy sonó. A ella le sobresaltó, ya que no tenía teléfono hasta que recordó no haberlo devuelto, así que lo contestó para pedirle disculpas, pero no era Belmy sino Ripley. –Mi enhorabuena chica, has resuelto el asunto con una perfección absolutamente profesional, te felicito. La monja de la caja me ha dicho que has estado divina. No te preocupes por nada ya que ella ha llamado al seguro y achacado el robo a una banda de rumanos, que suele pulular por esas dependencias. Pons, más sosegada le dijo a Ripley. Voy camino de Nápoles por la autopista, espero que tu nueva estrategia funcione.
XXII
SANGRE EN LA
TRATTORIA
Le costó trabajo encontrar aparcamiento cerca del Estadio Metropolitano de la Società Sportiva Calcio Nápoli pero lo consiguió. Cuando vio que no había nadie por allí se quitó su camisa negra y se enfundó la del F.C. Barcelona. Dudó sobre si sería necesario quitarse los pantalones largos que llevaba y ponerse el de deportes de la equipación blaugrana. Decidió seguir con su pantalones negros.
Una vez que se bajó del coche alquilado comenzó nuevamente a dudar si alguien se daría cuenta de su presencia pero bien equivocada que estaba. Aquello era Nápoles, donde desde todas las ventanas te siguen. Te observa el niño que va por la calle del brazo de su abuela, el repartidor del pan, la vendedora de escobas, el basurero o el interventor de la caja de ahorros, todos los ojos están siempre puestos en la calle y nadie se salva. El interventor se acercó al teléfono y marcó: -Ha llegado. ¿Qué hacemos? Permaneció unos instantes esperando instrucciones mientras la cola para cobrar las pensiones y los subsidios de desempleo cada vez se hacía más larga. Una voz le indicó que mandara una niña que la acompañase hasta la Vella Trattoria Napolitana y que pidiese fetucchinis al pesto.
Nadie podía pensar que en aquella trattoria hubiese un energúmeno cuyo placer era hacer sufrir a las seguidoras del F.C. Barcelona. Lamarmar se dejó llevar por la pequeña que la dejó justo en la puerta del restaurante.
En cuanto entró, sin darse cuenta siquiera, un tipo muy alto y enjuto la tomó por la espalda y con el otro brazo tapándole la boca la introdujo en la trastienda a empujones. La obligó a arrodillarse, vuelta de espaldas mientras le decía armado con una navaja de grandes dimensiones: No me mires putana del Barcelona. ¿Cómo has sabido que me gustan las mujeres con pantalones negros largos y camisetas culés? Ahora te daré culé. Agacha la cabeza. Muy excitado, le cortó con su afilada navaja su pantalón de punto, la empujó contra unas cajas vacías de cerveza y de dos patadas le separó las piernas y la penetró por retaguardia con toda su furia de hincha del Nàpoli. Lástima que su corazón se viese resentido por ello.
El mafioso se arrastró de rodillas buscando la puerta, pero no esperaba que Lamarmar, todavía con sus pantalones bajados y sangrando, sacase su Smith & Wesson y le descerrajara 4 tiros en la cabeza y le introdujera un billete de 10 libras en la boca. Pons, maldiciendo buscó la salida y sobre una mesa que utilizaban para juegos de naipes vio una bandera del Nápoles, la cogió para su colección de delantales.
Llegó bastante afectada hasta el Fiat Punto y arrancó para irse de allí inmediatamente. Estuvo mirando lugares para alojarse y se decidió por el Hotel Piazza Napoli. Desconocía que muy cerca de allí, en Villa Positano, se estaba celebrando una importante reunión que posiblemente podría modificar gravemente el devenir futbolístico internacional.
Miradona, Telé y Platinin y el Capo di Capi Don Umberto Firaldi, tenían la muy complicada misión de conseguir que la Selección Nacional de Fútbol de Mongolia, que en su partido eliminatorio con China, jugado en Peking habían vencido por el abultado tanteo de 0-3, se dejase sobornar. Intervino Miradona: -Pues no me parecé tan complicado che, Mongolia no es nadie en la cancha, es una desconocida del balón mundial. Dejáme que me encargue de armar esta boludez, no mas acerque los billetes verdes al mongoleo los tengo comiendo de mis manos. El Capo le calló. –No admito acercamientos poco precisos para esta tarea. No me puedo jugar mi prestigio personal que viene de Langley y de Roma. Quiero que cuando ese partido comience tengamos la absoluta certeza que China pasará la eliminatoria. Telé intervino. –Eso en futbol es casi imposible don Umberto, una vez que corre el balón todo puede pasar. Para ser interrumpido nuevamente por el Capo que sentenció. –Ese partido deberá ser ganado por China aunque sea necesario que volemos el avión de Mongolia con todos sus jugadores dentro y a pesar de ello, no tenemos certeza que los chinos sean capaces de superar un 0-3, si se cierran atrás, el proyecto se hace casi imposible. A Platinin, al parecer no le interesaba el asunto.
Lamarmar llamó a Ripley pero éste no le cogía el teléfono. Como era habitual en él tenía arrinconada en el cuarto de baño a la asistenta.
Un sicario muy joven entra a informar al capo al oído. Éste se levanta y mirando hacia la mar desde su villa dice: -un chulo de poca monta ha sido encontrado en la Trattoria Napolitana con 4 orificios de bala y los pantalones bajados. ¿Alguien sabe algo de esto?
XXIII
SECUESTRO EN
HACIENDA
Ripley se enfrentó a la máquina expendedora de números en la oficina de Hacienda, ésta le solicitó su NIF, no lo recordaba, buscó en su billetero y fue introduciendo los datos pedidos, posteriormente tuvo que seleccionar el motivo de su consulta entre las siguientes opciones: pago fraccionado del IVA; devolución de años anteriores; compra de impresos fiscales y atención personalizada. Presionó en la última e inmediatamente un trozo de papel salía de la expendedora con algo escrito. Lo miró y comprobó que ponía D56 y muy pequeño, justo abajo, para eso tuvo que ponerse las gafas de cerca, una advertencia: Los números no son correlativos, esté atento a las pantallas y diríjase a la mesa que le corresponda en el momento que su número aparezca en la pantalla central.
A Ripley le pareció que España había realizado un gran salto cualitativo y cuantitativo en su progreso, pero muy especialmente en el burocrático, recordaba sus primeros viajes en su taxi cuando el funcionario siempre te recibía detrás de una ventanilla, todo estaba lleno de mostradores y largas colas, las paredes muy mal pintadas, si lo estaban y la distribución absolutamente destartalada. Todo eso había desaparecido, ahora las oficinas estaban perfectamente diseñadas, eran diáfanas, los contribuyentes tenían cómodos asientos para la espera que no era muy larga y los funcionarios trataban de atender al público con presteza y profesionalidad.
Allí se encontraba, sentado, rodeado de 6 o 7 contribuyentes, esperando ser llamado para que le atendiesen en su consulta.
La funcionaria podría rondar los treinta años, vestía camisa blanca, pecho prominente y pantalones vaqueros, el pelo largo recogido en una cinta y gafas de Dolce & Gabbana. Ella solicitó el D.N.I. de Ripley y tras leerlo le dijo: Usted dirá. –Pues mire señorita, aunque soy galés vivo en España más de 6 meses al año y gracias a los acuerdos de la Unión Europeas, puedo decidir dónde pagar mis impuestos, si mira en mis datos verá que tributo aquí desde hace varios. Resulta que trabajando he recibido unos ingresos importantes… ¿De actividades industriales o rentas del trabajo? –Interrumpió la funcionaria. Rentas del trabajo. La chica jugueteaba con su boli golpeando sobre la mesa, intranquila, ya que veía que sus compañeros despachaban a los contribuyentes a mayor velocidad que ella y luego, el jefe de servicio mostraba en un powerpoint las estadísticas de cada mesa. Estaba atacada, cómo iba a ser lo mismo recibir unos impresos de IVA, comprobar el DNI de quien lo presenta, ponerles un sello y devolver dos copias que atender consultas personalizadas, eso era injusto. –Abrevie que tengo a otras personas que están esperando Señor Ripley, por favor. –Pues mire, que estoy agradecido a España y quiero cotizar el IVA más alto. –Eso es imposible. ¿A qué partido pertenece usted? –Al Partido Conservador naturalmente, el equivalente del Partido Popular aquí. Lo ve –Dijo ella. Es usted un quintacolumnista oiga. Si su partido propugna bajar los impuestos y usted aparece por aquí para subirlos, produce un descalabro en la filosofía fiscal de su formación política ¿no lo comprende? Pero es que yo he cobrado 500,000 dólares, unos 350,000 euros y como las cosas están mal en España quiero pagar IVA. –Oiga que las rentas del trabajo no tributan para el Impuesto de Valor Añadido, si quiere puede subirse sus cotizaciones del I.R.P.F. eso nadie se lo discute, pero le advierte que si Berta, me refiero a nuestra computadora central de Hacienda en Madrid, lo detectará y tendremos que llamarlo para hacerle una paralela y le molestaremos, hágame caso, deje el mundo como está.
Fuera, cuatro individuos se bajaron de un furgoneta Hiundai y disparando entraron en la oficina de Hacienda. Llevaban puestas caretas de Rajoy y disparaban sus metralletas mientras gritaban que todos se tirasen al suelo. Al final localizaron a Ripley. –Atrapadle. Gritó el que parecía el jefe. –Asqueroso, venir a Hacienda y pretender denunciarnos a todos, te vas a enterar de lo que es una traición para la Cosa Nostra. ¿Habéis colocado ya las bombas? –Sí, jefe.
Bien, escuchen todos, en un minuto salgan de aquí rápidamente porque en 5 minutos volará todo el edificio. Háganme caso, no es una broma. Y tú, traidor vente con nosotros que te daremos lo que te mereces. ¿Quién es esta chica? Se dirigió a Ripley. –Es la funcionaria, le estaba explicando. -Traedla con nosotros, no quiero testigos.
Fuera, un policía municipal estaba multando a la furgoneta por estacionamiento indebido. El conductor colérico y con su careta de Rajoy le mostraba su ametralladora, pero el policía muy tranquilo le decía: -Y tiene suerte que se me ha averiado la sonda para comprobar si está contaminando. Proteste, proteste pero si no paga las pasamos a Hacienda para su cobro ejecutivo. Los secuestradores penetraron en el vehículo extrañados, no sabían si su conductor estaba detenido. El policía los miró para decirles: ¡Ah, es la segunda comparsa de Carnaval que multo hoy. Tome la denuncia y circule que se me está embotellando la calle!
XXIV
LA FUNCIONARIA
INTERINA
La furgoneta circulaba a toda velocidad en dirección a una finca en Benaocaz, en la provincia de Cádiz, propiedad de una empresa tapadera de Damián Muñoz, conocido como el Niño de las Recalificaciones de Marbella. Los secuestradores permanecían callados y expectantes, habían tenido la precaución de haber robado previamente una motocicleta BMW 1200 cc y subir a ella a un motorista avezado, encargado de abrir camino y comprobar si en algún momento un inoportuno control de carreteras les podía cortar el paso.
En buenas me ha metido este galés imbécil. –Pensaba la funcionaria de Hacienda, enfundada la cabeza con una bolsa negra de las que se usan para guardar el pan y uno de sus propios calcetines en la boca, tapada con esparadrapo, arrojada al suelo del vehículo y atada con bridas de electricista a Ripley, también encapuchado pero con peor suerte ya que le habían golpeado y pateado hasta dejarlo sin sentido. La furgoneta llevaba un andamio, latas y productos de pintura y a los secuestrados cubiertos por una lona muy sucia.
El jefe se fijó en el motorista que se había parado y mantenía un brazo en alto. Algo estaba pasando. –Para Carlo -ordena el mafioso- que Umberto nos está indicando que ocurre algo, no quiero complicaciones. ¿Se compraron nuevas tarjetas para los móviles? Asintieron sus hombres con la cabeza y sacaron sus subfusiles por si eran necesarios. –No quiero enfrentamientos si no son necesarios.
La joven funcionaria sollozaba casi imperceptiblemente pero el silencio era tal en la furgoneta que se percibía incluso mejor que el motor encendido al ralentí. –Que poco me gusta tener que vérmelas con mujeres en estos asuntos, sus reacciones son impredecibles, seguro que nos complica la vida. Abrid alguna lata de disolvente, si hay perros, servirá para despistarlos.
El motorista les indicó algo y el vehículo reinició la marcha lentamente. Estaban en el final de la zonas curvas desde Ubrique a Benaocaz, ya habían pasado la gran curva cerrada a izquierdas y ahora, se enfrentaban a un repecho fuerte con curva a derechas, pasado éste, ya se divisaría el pueblo y a su vez, era el único lugar donde la carretera permitía instalar un control. A veces hay que jugársela. Andiamo Carlo. –Dijo Marco Ferrara. Efectivamente la Guardia Civil estaba allí efectuando controles de alcoholemia o eso parecía. -Circula muy despacio. El mafioso sacó la cabeza y saludó a los guardias y éstos le respondieron. Estoy deseando llegar a la finca, en poco más de un kilómetro te indicaré un carril a la izquierda, está señalizado como Los Chozos y una vez allí, en mulos hasta donde tenemos preparado el zulo.
Bien, ya estamos aquí. Vosotros dos seguid hasta Ronda y dejáis la furgoneta en el garaje de su propietario y os volvéis en la moto. ¿Lleváis dos cascos? –Asintieron. Andiamo entonces.
¿Qué hacemos con la chica jefe? –Maldita sea, la chica otra vez. Dejadme pensar. Tirad a Ripley al zulo sin miramientos y veamos qué le ha confesado a la mujer de Hacienda, nos jugamos mucho en esta declaración que es del todo rarísima.
-Traédmela a la leñera y organizar las guardias. No olvidéis que en la serranía los teléfonos móviles funcionan muy mall, llevaos vuestros walkies que no tienen más autonomía de un par de kilómetros. Decidle a los guardeses que procuren que nada se salga de lo normal, se supone que tenemos víveres y vehículos. Estamos a la espera de las decisiones de Nápoles. –Dicho esto, se dirigió al altillo para esperan a la mujer.
La chica estaba aterrada, no comprendía nada, jamás se había imaginado que sería protagonista de un secuestro sin tener más mínima noción de las razones. El maldito inglés le había complicado la vida y aquella gente, no se andaban con contemplaciones, algo querían de ella. Se encontraba en un problema, aquellos la llevaban para ser interrogada y no podía contar nada porque simplemente no sabía nada. No saber nada suponía la peor de las coartadas para quienes están ávidos de saber. Uno de los secuestradores le decía: -Suba señorita por esta escalera, tenga cuidado. La hacían subir por una escalera de mano hasta un trampilla situada en la buhardilla, que se usaba para guardar el grano para las bestias, las patatas, y cualquier otra cosa que se usase solo en temporadas.
¿Cómo se llama usted? –Dijo la voz. Ella no sabía si responder o callarse. –Le he dicho que cómo se llama usted. –Marisa Pesquera Molino, me llamo Marisa. –Muy bien. Eso es cierto porque lo he comprobado con su tarjeta de identidad. Vamos bien. ¿De qué conoce a Ripley? -¿El inglés o galés o británico dice usted? –Eso lo sabrá usted Marisa. –Mire cuando le pedí su documento de identidad ponía que se llamaba Ripley, del nombre de pila no me acuerdo. –Mire señorita, no me haga usted enfadar que la estamos tratando de forma exquisita, pero si insiste en no contarnos nada, llamaré a uno de mis hombres y le aseguro que lo recordará toda su vida. –No, no. Estoy diciendo la verdad. Ese hombre me tocó por sorteo de la máquina expendedora de mesas y me dijo que quería pagar y subirse en IVA por unos ingresos que tenía de medio millón de dólares. Le pregunté el origen de los mismos y me dijo que eran de trabajo, entonces yo le dije que las cantidades percibidas por rendimientos del trabajo no imputan IVA sino que se controlan por el I.R.P.F. pero no me hacía caso. -¡Cállese, no me mienta! ¿Me toma por tonto? –No señor. Por favor hágame caso, no se nada de este asunto, estaba tratando de convencer a Ripley, al inglés ése que ha venido conmigo en la furgoneta que eso no podía ser. Mire, yo no tengo nada que ver con este asunto, soy una funcionaria interina, por favor no me hagan daño. Estoy sustituyendo a una chica en período de maternidad. No he visto a ese hombre en mi vida, si lo hubiese visto se lo diría, no puedo contarle nada más simplemente porque no lo se.
Se apartan de la chica y comentan entre los dos hombres: ¿Y si está la diciendo la verdad jefe? –Opina Carlo. He estado presente en muchos interrogatorios y esta mujer por el escaso tiempo que ha estado con Ripley puede saber muy poco, además es verdad que la atención personalizada antes el Fisco es aleatoria, es un ordenador quien reparte las mesas. Desde el punto de vista estadístico tiene todos los visos de que sea cierto todo lo que nos dice. Sí, efectivamente, le contesta Marco Ferrara. Estoy de acuerdo contigo pero qué podemos hacer con ella ahora, la hemos secuestrado, tenemos a la policía a los carabinieris españoles buscándonos, que posiblemente ya habrán avisado a la Interpol. No puedo liberarla ni tampoco mancharme las manos de sangre, eso empeoraría nuestra situación, déjame pensar.
Jefe. Tengo a Nápoles en el ordenador. -¿Es segura la conexión? Puedo asegurarlo, no admite rastreos, lo estoy haciendo a través de una tarjeta satélite que usa frecuencias asiáticas, en el caso que nos pudiesen localizar, buscarían en el desierto de los Emiratos Árabes Unidos. Marco se dispuso a dictarle a su segundo. –Escribe: Gato en saco, gatita presumida pide azotea. Manden pájaro.
XXV
EL ZULO
No era la primera vez que a Ripley lo secuestraban, ya le ocurrió en Londres cuando comenzó su carrera de agente secreto. Por entonces él debía encargarse de la vigilancia de una lavandería china frente a la Estación Victoria, también le apresaron por sorpresa cuando acudía a contestar el teléfono que sonaba en la cabina, lugar al que le llamaban para darle instrucciones. Recuerda que una excavadora levantó de cuajo la cabina mientras hablaba y lo cargaba en un camión donde un par de tipos lo ataron y amordazaron. Ésos sí que eran profesionales, no pronunciaron ni un sola palabra, vestidos con ropas y anoraks oscuros, con su capuchas puestas y gafas de sol negras. Sus manos muy expertas lo redujeron en menos de un minuto, luego arrancaron sus motos y saltaron en marcha del camión. Cuando alguien, a los dos días de aquello, le quitó la capucha a Ripley, estaban en una granja en las afueras de Amberes. Aunque tampoco a quien le retiró el capirote pudo identificarlo. Nadie le preguntó nada, nunca supo la razón por la que fue secuestrado durante casi dos semanas, por supuesto que pensó que sufriría un feroz interrogatorio sin que él pudiese contarles nada ya que era un novato y nada le explicaban en la agencia. Ahora sí sabía la razón de su secuestro, había sucumbido a su propio miedo y reconocía haber cometido un grave error presentándose en Hacienda. Se había equivocado completamente.
Se oían golpes arriba y voces en un dialecto italiano, aunque no podía a ciencia cierta decir si eran sicilianos o napolitanos. Sus palabras le llegaban entrecortadas por una música a gran volumen y eso le preocupó. Si podían realizar los ruidos que les apetecieran significaba que estaban en un lugar muy aislado o bien, por el contrario, en un barrio bullicioso donde nadie se extrañaba de nada. Estaba comenzando a escamarle que nadie se interesara por él ni le hubiesen golpeado, ese detalle era preocupante. Debía encontrarse en una habitación de madera o recubierta de madera muy basta, sucia con un grifo y un retrete. Las dimensiones de aquello podrían aproximarse a los 2 por 3 metros y notaba que una luz estaba encendida sobre su cabeza por el calor que desprendía la bombilla incandescente. Seguía esposado a la espalda.
Fuera, todo un dispositivo policial se había desplegado en la provincia de Cádiz, efectivos de la Brigada Antidisturbios procedentes de Sevilla y de Córdoba, habían sido desplegados. La Guardia Civil aunque con sus reducidos recursos, patrullaban desde Cádiz a Sanlúcar y Tarifa y, también desde Jerez hasta Ronda. Ninguna de las pesquisas estaba dando resultados positivos para el operativo policial por el secuestro de una funcionaria interina de Hacienda en El Puerto de Santa María y un ciudadano británico con residencia en Fuengirola, un tipo excéntrico que circulaba por toda la Costa del Sol conduciendo un taxi inglés a quien los lugareños llamaban el Guiri del taxi.
De pronto un crujido advirtió a Ripley que algo pasaba. Oyó como una puerta se abría y también que un par de tipos lo agarraban por debajo de los brazos y casi en volandas lo sacaban de allí. No pronunciaron ni una sola palabra, únicamente advirtió que ambos iban impregnados con Lavanda Inglesa de Atkinsons. No anduvieron demasiado tiempo, lo metieron en un cuarto de baño, pusieron ropa limpia y le quitaron las esposas, luego salieron y cerraron la puerta. El agente se quedó descolocado. Decidió quitarse la capucha y ver donde estaba. La luz lo cegó en principio hasta aclimatarse a ella y posteriormente fue haciéndose a la claridad. Estaba en un cuarto de baño algo antiguo. Toallas y ropa limpias, gel y espuma de afeitar y un par de cuchillas desechables tipo BIC. Al parecer a sus secuestradores no le interesaba tener a un rehén guarro. Decidió desnudarse y prepararse un relajante baño.
Se tranquilizó tanto en la bañera que se durmió.
Una tarantela sonaba en algún sitio. Aprovechó para afeitarse la barba de dos días y pico y se puso la ropa oscura y holgada que le habían dejado. Intuyó que podía salir de allí ya que la puerta no estaba cerrada, algo había cambiado.
Al salir del cuarto de baño se encontró con un desvencijado pasillo que en mejores tiempos tuvo que ser hermoso, estaba en un piso alto por la techumbre inclinada, bajó al salón y allí tres hombres jugaban a las cartas y oían música italiana. Lo miraron y acercaron una silla. Sederse con noi di Mr. Ripley, il boss prepara il cibo. Spaghetti alla bolognese e il rosso de la Campagna. –Dijo el más joven. Ripley se sentó a la mesa y le sirvieron vino. Alguien le ofreció un cigarrillo negro. Estuvo por rechazarlo pero también lo aceptó. La comida transcurrió sin otros incidentes que reseñar. Cuando el casero recogía la mesa, se volvió hasta él para decirle: Disculpe señor, pero si le apetece descansar un rato me lo dice para que le indique su habitación. Gracias. –Replico el agente, no dude que se lo haré saber. En ese momento se dirigió a los presentes y les habló: -¿Alguien habla inglés aquí? El joven lo miró y contestó: -Todos hablamos inglés Ripley, es usted quien no habla italiano. Qué quiere saber, pregunte y le contestaremos hasta donde podamos hacerlo. Nosotros somos meros correos y estamos a la espera de instrucciones, mientras tanto, nos pareció cruel que usted permaneciese en condiciones tan deprimentes, no somos unos canallas asesinos pero si hay que matar también lo hacemos, es nuestro oficio señor, exactamente el mismo que usted. ¿No es cierto Mr. Ripley? El agente asintió con la cabeza. De modo que. –Siguió hablando el joven. Usted puede moverse con toda libertad por la finca y le aconsejo que no intente una huída loca ya que los españoles saben que es un agente secreto. Puede hacer lo que quiera pero considero que está más seguro con nosotros, mucho más seguro. ¿Qué hay de la chica? –Interpeló. Está dando un paseo a caballo con nuestro jefe, calculo que volverán en un par de horas. –Y no consideran que si la policía española la encontrase se levantaría el operativo que no dudo se habrá preparado. –Sí señor pero resulta que ahora no quiere irse, ha decidido huir del país y facilitarnos las claves de un par de cuentas corrientes donde la Hacienda española mantiene las retenciones de impuestos pendientes. Ella calcula que puede haber entre 6 y 8 millones de euros. Se le ha ofrecido un 50% y cambio de identidad y ha aceptado. Lo que son las cosas, entre un empleado de Hacienda y un mafioso solo existe la diferencia de saber o no saber el número de una cuenta corriente.
Ah, me olvidaba. –Dijo el joven. Mire en ese cajón y recupere su pistola, no es recomendable no ir armado cuando estamos inmersos en un cerco policial.
XXVI
EL RECLUTAMIENTO
El agente paseaba por la finca, rodeado de escarpados e impresionantes riscos, sentía algo de calor y miraba la serranía, le habían dicho que la situada hacia el sudeste tenía por nombre Silla del Caballo y avanzando como una hora subiendo, desde donde estaba no se podía ver, está el Salto de Cabrero.
Los agentes secretos no nacen y en eso tampoco fui una excepción. Mi infancia en Wakefield no difería del resto de los niños de mi ciudad, mis padres eran mecánico dentista y sombrerera, cuarto hijo y menor de la familia. Mi abuela materna vivió con nosotros y esta circunstancia hizo que tuviese que compartir habitación con ella, mis tres hermanas hacían lo mismo en el dormitorio restante. Mi padre era un hombre alto y grande, muy aficionado a la cerveza pero amable y tierno, pero por el contrario, de mi madre guardo peores recuerdos, tanto por su excesiva severidad como por su patológica y maniática afición a la limpieza. Pretender conseguir un lugar donde la pulcritud reinase, teniendo en cuenta que la familia estaba integrada por 7 personas y donde papá trabajaba en el salón, era una tarea imposible. Entre nuestro padre establecíamos vínculos de complicidad todos los hijos, los guiños, sonrisas y señales con hombros y manos estaban a la orden del día, llegamos a hablar sin pronunciar sonidos. Recuerdo muy bien cuando llegaba del colegio y dejaba mis cosas en el cuarto, buscaba la cara de papá para saber en qué circunstancias se encontraba la casa y éste, a su vez, respondía con precisión a su demanda; si agachaba los ojos un par de veces significaba que la cosa no andaba bien y que si no tenía obligación de estudiar demasiado, lo mejor era que me buscase cualquier excusa y saliese hasta que se apaciguasen los ánimos que andaban exaltados; si mi padre me recibía arqueando la ceja derecha todo andaba a la perfección y me acercaba a la nevera para llevarle una Miller bien fresca, contra la costumbre inglesa de tomarla del tiempo, esa hábito lo aprendió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando acompañó a las fuerzas del General Patton en Italia. Nunca estuvo en primera línea de combate, era cartero y por ello se limitaba a repartir las sacas de correo procedentes de los Estados Unidos a los motoristas que incansablemente recorrían el frente con órdenes, medicamentos y correo. Y fue en Nápoles donde por primera vez probó una cerveza muy fría, su sabor le chocó por primera vez pero luego se fue aficionando al frescor, ayudado por el profundo calor de aquella zona, así que cuando la guerra terminó y fue licenciado, siempre que podía las bebía muy frescas y soportaba con estoicismo las burlas y chanzas que sus amigos y conocidos hacían cada vez que aparecía con un vaso de cerveza negra lo más fría posible. El agente evocaba la connivencia entre padre e hijos y se haría tedioso relatar aquí la larga suerte de señas por la se entendían sin formular palabras casi todo. Puede que ese entrenamiento sí sirviese para su posterior carrera de agente secreto.
Ripley trabajaba para la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, la C.I.A. pero él era inglés y eso chocaba. Tampoco su formación era la habitual en la mayoría del personal de la Agencia. Él era un joven conductor de taxi en Londres aunque no le hubiese disgustado seguir con la profesión paterna, pero nunca fue un buen estudiante, le gustaba demasiado la calle y no conducía mal. En cierta ocasión, desde la central telefónica, le llamaron por la radio de su vehículo que había podido comprar ahorrando con gran dificultad, por pertenecer a un tío que sufrió un ictus, para que se acercase a Heathrow a recoger ciertos equipajes y así lo hizo. Estos encargos se fueron manteniendo en el tiempo y al menos un par de veces a la semana, todas las tardes, se acercaba al mostrador de TWA para hacerse cargo de tales envíos. Una vez en su poder, tenía instrucciones muy claras de no alejarse de ellos en ningún momento, incluso para entrar al baño debía meter las maletas consigo y esta advertencia, Ripley la cumplía escrupulosamente. Del mismo modo, la entrega la realizaba siempre a una persona distinta en la estación Victoria, para ello debía sentarse en ciertos bancos y observar a los cientos de personas que transitaban por esta gran estación e identificar a alguien que llevase un ejemplar del Times doblado por la tercera página y que también, llevase una bolsa de Harrods bajo el brazo. Ésa y no otra persona era la receptora del equipaje que recogía del aeropuerto. Así se llevó dos años. Él intuía que el contenido de las maletas debía tener un gran interés. Le pagaban por ello muy bien y en ocasiones llegó a pasarse hasta 5 horas de espera en aquella estación. Incluso se atrevería a decir que lo probaban de vez en cuando, ya que la misma persona que cumplía las dos variables antes descrita, pasaba antes con el periódico doblado por la tercera página y luego con la bolsa doblada bajo el brazo, luego lo que se perseguía era asegurarse que nadie se hiciera con las maletas de no estar perfectamente autorizado.
Tras aquel período, siempre por la radio de su taxi, recibió un día la orden de dirigirse a cierta taberna de la City donde lo abordó un individuo de aspecto tejano y le ofreció si quería trabajar para él de modo permanente. Esta petición le encantó, el salario no era malo, su ocupación le permitía recorrer las calles y llevar personas y cosas a cualquier lugar, del entrenamiento que no se preocupase y de esta manera se convirtió en agente secreto de un gobierno extranjero, como única condición no revelar esta circunstancia a nadie bajo serias amenazas de ser localizado y eliminado de la organización.
En tales pensamientos estaba Ripley paseando por aquella intrincada finca de Benaocaz, en la provincia de Cádiz, con un grupo de mafiosos italianos y una funcionaria interina que se iniciaba en el mundo del engaño nada menos que estafando a la Hacienda española. Le habían dicho que estaban esperando órdenes de Nápoles para ser evacuados, mientras tanto los jóvenes reporteros de Canal Sur Televisión y de Atlas, una empresa subcontratada para Tele5 andaban de acá para allá, entrevistando a todos aquellos que sin saber nada del secuestro, pretendían sus 5 minutos de gloria, inventándose itinerarios imposibles y dando testimonio de lo que desconocían, así, efectivamente, se demostraba una vez más, que si quieres que alguien no te vea haciendo algo, lo mejor es hacerlo a cara descubierta y a plena luz del día.
Lo que nunca pudo suponer el agente es que a Nápoles se le ocurriese rescatarlos robando un furgón del Grupo de Intervención, a los que comúnmente se conoce como la policía antidisturbios de Córdoba. Dónde mejor que en un vehículo verdadero de la policía para escoltarlos y llevarlos hasta Cabo Pino, en las inmediaciones de Fuengirola para tomar un yate que ponga rumbo a Cerdeña.
Ripley encendió otro Pallmall San Francisco y le dio una profunda bocanada. No tenía ni la menor idea de lo que el destino le deparaba aunque tampoco eso le preocupaba demasiado. La noche era espléndida y el silencio de la sierra permitía oír cualquier ruido a gran distancia, sólo oía música de tarantelas en la casa y a los mulos en las cuadras.
XXVII
FÚTBOL EN CHINA
Cuando Lamarmar Pons arrastraba su equipaje de mano trolley por el finger de aquel aeropuerto alejado poco menos de un centenar de kilómetros de Peking, no se imaginaba lo que China le iba a ofrecer. Caminaba desganada y ojerosa, 10 horas de avión le habían molido sus huesos. Supo que Ripley había llegado sano y salvo a Nápoles, esquivando el cerco que policías y guardias civiles habían establecido para detener a los autores del secuestro de un inglés y una funcionaria interina de Hacienda. La noticia la recogía el periódico The Guardian que llevaba en la mano, ni siquiera la Interpol comprendía cómo habían desaparecido, suponían que un helicóptero los había trasladado a las inmediaciones de la bahía de Setúbal y un barco los habría llevado rumbo a Madeira.
Y ahora cómo explico yo al Director General de Seguridad que habéis perdido a 6 o 7 personas. –Dijo Sebastián Martínez. ¡Maldita sea que me pase esto a mi ahora que estamos en el comienzo de la campaña electoral que seguro perdemos. González, González venga inmediatamente a mi despacho! –Ordenó el primer secretario de la DGS. Manolo González era un policía joven, afecto al Partido Socialista Obrero Español, no demasiado bien formado y con muy poca experiencia en el campo policial pero extraordinariamente atractivo. Precisamente por esa razón, González fue ascendido de aquella inmunda comisaría de Ayamonte en Huelva a la mismísima Delegación del Gobierno en la bella Plaza de Armas de Sevilla, él sabía bien camelarse a las esposas de los comisarios y no hacía ascos ni a edad ni a condición física, era el prototipo del trepador. Se sabía que más pronto que tarde llegaría a Director General. Llamó suavemente con los nudillos en la puerta del primer secretario. Una voz le recibió a gritos. –Entre ya González que estoy esperándole. A sus órdenes señor primer secretario. –Dijo cuadrándose el cínico de Manolo González mirando la solería del despacho.
Posiblemente durase casi 20 minutos el broncazo que recibió el joven policía de su inmediato jefe, chaparrón que recibió González con su habitual actitud hipócrita y únicamente interrumpiendo al otro para decir frases como: Si usted lo dice señor o tiene toda la razón. Tras la bronca, el primer secretario le pidió al policía que lo acompañase para subir a la cuarta planta y presentar informe oral al director general de la Policía Española. -Vamos allá González, de esta me voy a librar porque perdemos las elecciones y me han puesto el tercero por Madrid, de lo contrario mi carrera se habría esfumado. No le pasará eso al director que no está respaldado por las listas ya que pretendían ponerlo de primer secretario en Washington, estará que trina.
Lamarmar Pons recogió su segunda maleta y buscó por los alrededores un carrito y en eso un joven chino muy atento le cedió el suyo. Ella lo miró cuando se alejaba y se dijo que le apetecería darle un revolcón, de modo que lo llamó: Oiga por favor, quiero agradecerle su delicado gesto. El joven se volvió sonriendo, le invitó a que pusiese en el carro su voluminosa maleta fucsia de lo más cutre y el muchacho descansó. Una mano de Lamar se deslizó y le rozó sus genitales mientras le sonreía diciéndole: Hace mucho tiempo que quería conocer un país tan lleno de contrastes como el suyo, amigo mío, me encantaría que me enseñase su geografía. ¿Qué le parece? Encantado. –Dijo el joven.
La agente sabía por experiencia que en cualquier momento la agencia se pondría en contacto con ella pero mientras tanto un buen revolcón la pondría en forma. Resolver el complicado asunto de conseguir que Mongolia perdiese en el partido de vuelta, cuando ya en Peking había vapuleado a China nada menos marcándole tres goles a la selección china era de los asuntos más difíciles que se le podía ocurrir. De seguir las indicaciones del Capo de tutti Capi napolitano de colocar un artefacto explosivo en el vestuario del estadio nacional mongol, saltaría las alarmas de la Interpol y a los chinos eso no le gustaba; si se secuestraban a las estrellas y debían ser sustituidas por otras también la prensa hablaría de ello y no era lo que se pretendía. No quedaba otro remedio que el soborno, en el mundo del fútbol y en general en todos los deportes el dinero es la mejor arma, no obstante tenía que pensar que no todos deberían estar al tanto ya que alguien podía arrepentirse y contarlo.
El joven avisó a un taxi y Lamar y él se acomodaron dentro. Ella preguntó si a Lieu, que ése era el nombre del muchacho, le importaba acompañarla al Raffles Beijing Hotel y éste le contestó que encantado. De modo que la agente se preparaba para una mañana movidita. Desde luego la agencia no escatimaba recursos para su personal, el hotel era majestuoso.
El jacuzzi estaba colocado frente a una gran cristalera y allí Lamarmar se reponía del combate que había mantenido con el joven chino, quien oportunamente ya se había ido. Seguía la máxima de su abuela de Jaén en España que siempre decía: “Aceitunita comida huesito fuera.” Cuando finalmente salió del baño de sales, se miró y recreó desnuda en el gran espejo y se dijo: -Pons para tener ya 48 años no estás nada mal chica.
Su teléfono móvil recibió una llamada pero colgaron antes que ella pudiese cogerlo. Un par de minutos después volvían a llamarla y esta vez sí pudo responder por el teléfono sin manos que estaba instalado en el cuarto de baño. ¿Hablo con la Señora Pons? –Sí. ¿Se encuentra usted bien acomodada o necesita algo más? –Estoy muy bien, muchísimas gracias por sus atenciones. –Replicó Lamar. En unos 15 minutos la esperamos en la cafetería. Póngase ropa discreta por favor, no queremos levantar ninguna sospecha. –Así lo haré, no se preocupe.
Se acercó a la brillante barra y pidió un Dry Campari, siempre le gustaba comenzar su trabajo con esta deliciosa bebida. El camarero le sirvió su bebida y una pequeña bandeja de plata con una nota que decía: “Le espero junto al ventanal, soy la Sra. Lu Cha Kong.” Pons recordaba ese nombre, se lo había comentado Ripley.
Caminó lentamente hasta la mesa más apartada de la cafetería, por cierto un lugar muy bueno por las vistas de la ciudad y tras saludar bajando los ojos se sentó junto a la señora china. –Nos alegra mucho que haya podido desplazarse hasta un lugar tan exótico como el nuestro señora Pons, entendemos que ya han elegido un método para resolver el asunto que nos concierne. Ya sabe usted, el deporte une a los pueblos. –La china paladeaba cada palabra cuando las decía, se regocijaba en ellas. Aprendí español siendo muy jovencita y estando destinada en Buenos Aires, me gusta su idioma, me parece muy elegante. Muy agradecido. –Replicó Lamar. Pues bien, le diré, he estado pensando que lo mejor es abordar al entrenador y algunos delanteros mongoles y ofrecerles lo que sin lugar a dudas siempre han deseado. Un grupo de psicólogos los están estudiando de modo que nos sea fácil acertar con sus gustos. La china asintió. Pons siguió hablando. –Supongo que por recursos económicos no tendremos problemas. ¿Me equivoco? La señora Lu Cha Kong sonrió. La negociación iba por buen camino.
El camarero se volvió a acercar por la mesa donde estaban las dos mujeres. Eran poco menos de las dos de la tarde. La señora Cha Kong preguntó a Lamarmar si ya había comido y ésta contestó que no.
Me lo suponía. –Dijo Lu. Por eso me he permitido encargar un almuerzo en su suite, no olvide que conozco su cultura y también pasé una etapa en Marbella. Es su hora de almorzar, de modo que le ruego que volvamos a su suite y terminemos de aclarar los cabos sueltos de esta misión y otros que ahora se me ocurren viéndola personalmente. Lamar nunca había estado con otra mujer pero el hecho de hacerlo por primera vez en la ciudad de Peking frente a una dama tan bella le satisfacía mucho. Así que la agente respondió: señora Lu, ¿puedo llamarla por su nombre pila supongo? Quizás comamos hoy otras cosas mucho más apetecibles arriba.
XXVIII
UNA CAJA
DE CAMPANILES
¿Se puede poner Mr. Parker? –Indicó a la secretaria del famoso catador americanos de vinos. –Eso es imposible y lo sabes Ripley. Mr. Parker nunca atiende el teléfono celular personalmente, para eso me tiene a mi, algo que por cierto me parece una tontería de las muchas que hace. Es urgente que hable con él Peggy. –Insistió. Sabes que no puedo ponerte, pero si insistes se lo puedo transmitir dentro de un rato, ahora mismo se encuentra en el baño, ya sabes que antes de realizar sus catas se lava escrupulosamente y reza 3 Padrenuestros y un montón de Avemarías, algo que no comprendo dado que es judío pero intentar racionalizar algo con este hombre es una pérdida de tiempo. El agente volvió a insistir y ella se negó de nuevo.
Tenía que conocer la agenda de Robert Mcdowell Parker, eso le podría indicar qué sabía el MOSAD. Su trabajo no era anticiparse a los hechos únicamente notificar a Langley de lo que sabía. Su prestigio se había visto afectado por el incidente de Hacienda, que por cierto no le había afectado en su integridad física como mucho había temido. Miró al techo y descubrió dos detectores de humo, de modo que tuvo que acercarse al ascensor y salir a la puerta del hotel para poder fumarse uno de sus Pallmall San Francisco, a los que daba fuertes bocanadas. Miraba la avenida y el paso del tráfico cuando en ese momento se le ocurrió un buen motivo para llamar la atención de Parker.
Paró un taxi y le pidió al conductor que le llevase a una de esas nuevas licorerías que están comenzando a pulular por las grandes ciudades. Una vez dentro y rodeado de vinos, preguntó al encargado si tenía algún vino de bajo precio que tuviera cierta presencia para una broma con unos amigos, éste lo miró y le dijo que participaría gustoso en la guasa, para añadir. Pues sí, últimamente todos quieren aparentar que tienen un paladar exquisito, déjeme que le busque por aquí un vinito. Sí, aquí está, esta botella de Campanile le servirá, es un buen tinto, sabor muy agradable y color más que aceptable. Es de una bodega de Sardinia familiar y yo la bebo en casa muchas veces, le aseguro que si se la pone a sus amigos dirán que se trata de un vino carísimo. ¿Me puede poner una caja? –Dijo Ripley. Creo que lamentablemente no tengo 12 botellas, pero sí una caja, además de madera para 6. ¿Le parece bien? –Magnífico es lo que esperaba, cuánto le debo señor. –Eso depende si se la lleva usted o la envío donde me diga. –Ah, eso sí que me ayudaría mucho. Mire le doy la dirección y usted se encarga que llegue al signore Robert Mc Parker. –Pues sabe usted que me suena este nombre, no puedo asociarlo ahora mismo pero estoy seguro que pronto lo haré. Le aseguro que esta misma noche la caja estará embarcada en el avión. Ripley pagó y agradeció al encargado su amabilidad, ahora sí tenía un motivo para que el catador le hiciese caso, intuía que aunque sabía de vinos tampoco era un portento, lo habían aupado a la popularidad ciertos periodistas y gourmets por el halo de glamour kitsch que lo rodeaba. Esperaba que su estratagema surtiese efecto.
Muy satisfecho volvió a encender un San Francisco y volvió al hotel paseando, no muy lejos de él una pareja de jóvenes se liaban un cigarrillo de marihuana con una cerveza de litro sobre un banco. Los miró y ellos ni siquiera lo advirtieron. De joven también consumió esta sustancia con gran placer, no le parecía ninguna droga.
Una vez en su habitación volvió a llamar a Peggy, la diferencia horaria le convenía. Ella le contestó: -Dime Albert, soy Peggy. –Anota que mañana llegará una caja de 6 botellas para el señor Parker, se trata de Campaniles, un vino exquisito y nada publicitado. Si te pregunta él puedes decirle que todavía estoy en Nápoles. ¿Me quieres decir que te has atrevido a poner a prueba a mi jefe? –En absoluto Peggy, en absoluto pero dile que lo pruebe y si le gusta puedo acercarme a la bodega. –Está bien, así se lo haré saber pero ya sabes que no le gusta nada que jueguen con estos asuntos. –No pierde nada, si no le gusta que lo tire y en paz. ¿Has cenado ya Peggy? –Me dispongo a hacerlo ahora Albert, muchas gracias. Te llamaré en cuanto el vino haya llegado a San Francisco y Parker lo tenga en su copa. Buenas noches.
El cebo estaba echado, ahora solo faltaba esperar. Parker no podía permitirse no probar el vino, se consideraba un dios de la enología, un ente superior que había llegado al mundo para enseñar a los mortales qué debían beber o arrojar por el hueco del retrete.
XXIX
LA BROMA
¡Campaniles! ¿Está seguro que es el vino que ha mandado Ripley desde Nápoles? –Por supuesto Sr. Parker. Exactamente 6 botellas. Me llamó para decirme que alguien se lo había recomendado y me sugirió que usted lo probase. Sí le advertí que usted no juega con su trabajo pero me insistió y por eso se lo he dicho. Puede hacer lo que quiera ya que no hay compromiso. –Póngame con el Peggy, deseo decirle algo. –Señor no olvide que hay una diferencia horaria, se supone que ahora estará en la cama ya. –Contesta la secretaria. Cuando le digo que le llame le estoy dando una orden, obedezca. Y dicho eso volvió a llenar otra compa de aquel tinto.
¿Oiga, sí. Es usted Ripley? –Medio borracho de Jim Beam, Ripley respondió. Ah, es usted Sr. Parker, esperaba su llamada, dígame. No le oigo bien, estoy en la discoteca del hotel. –Vaya inmediatamente a ver esa bodega del vino que me ha mandado. Es francamente prodigioso, le felicito Ripley, lo digo con toda sinceridad, en esta ocasión me ha desarmado, ha encontrado un gran filón. En cuanto Peggy haga las reservas volamos para Italia, no se mueva de ahí que lo necesito. Muy bien, señor Parker aquí estaré esperándolo. Me alegra que esté complacido, he trabajado muy duro para dar con ese vino. Para inmediatamente después oir el chasquido del teléfono que indicaba que la comunicación se había terminado.
La estratagema orquestada por el agente para reírse de su jefe estaba funcionando y eso le complacía mucho. Salió de la discoteca a fumarse un cigarrillo mientras murmuraba que ya no se podía fumar en ningún sitio, cuando una vieja furgoneta frenó ostentosamente junto a él, para que de la puerta deslizante lateral saliesen dos encapuchados con palos de golf que le golpearon sin pronunciar palabras hasta dejarlo sin sentido, posteriormente lo recogieron de la calle y lo arrojaron dentro del vehículo. Sus captores tras amordazarlo e inmovilizarlo indicaron al conductor que les llevase a su destino. Lo despertaron arrojándole un cubo de agua, quedándose impotente para defenderse ya que estaba atado al somier de una cama y una capucha le impedía ver quienes les habían raptado. Maldita sea –dijo. Es la segunda vez que me tratan así. Una sonrisa se dibujó en la cara de Lamarmar sentada en un viejo sofá que sostenía un micrófono para distorsionar la voz.
¿Es usted el agente de la CIA Albert Ripley? –Preguntó. Soy Albert Ripley, taxista. ¿Qué es esa historia sobre espías? Estoy pasando unos días de vacaciones en el sur de Italia y cuando salía de una discoteca dos matones me apalearon. Dónde estoy? Mire Albert no nos mienta, me desagrada el uso de la violencia para obtener la información que necesitamos, colabore y le pondremos en libertad, nadie se enterará en la agencia, no nos interesa.
-No puedo decirle que soy un agente porque no lo soy, qué quieren saber, ya les he dicho que soy un taxista inglés que realiza muchos servicios por Europa, me contratan por saber conducir en ambos lados del volante pero qué clase de fantasía es la que me cuenta. Ya se lo he dicho, estaba tranquilamente en una disco y salí a fumarme un cigarrillo. –Eso ya lo se, mis hombres lo tenían vigilado, recibió una llamada telefónica poco antes, quién le llamó. –Mi jefe, es un conocido catador de vinos y acababa de recibir una caja de vino que le he comprado. ¿Campaniles? –Dijo Lamarmar. Sí, efectivamente, ésa es la marca del vino que le envié por avión, me la recomendó el propietario de una bodega, tras convencerme que se trataba de un vino muy bueno a un precio bastante razonable, a eso se dedica mi jefe y yo lo llevo como conductor ya que él es un excéntrico y le da pánico manejar. ¿Campaniles entonces dice usted? Regodeándose en pronunciar las palabras que distorsionadas producían en el agente una terrible desazón. –Sepa que estamos al tanto de todos sus movimientos. Usted jamás ha hecho algo parecido Albert, díganos qué motivo le ha forzado a hacer algo así. ¿Qué sabe de Campaniles? -¿De Campaniles dice? Nada, absolutamente nada, ni siquiera lo he probado soy más de cerveza y bourbon, el vino me interesa poco, lo tengo que beber cuando está mi jefe pero no me produce ningún interés, lo hice como broma. ¿Una broma entonces? Recalcó Lamarmar. –Sí, solo una broma se lo aseguro.
Lamar se levantó y anduvo por la desvencijada habitación de aquel hotel abandonado en la Toscana, riéndose y procurando que sus pasos no le jugaran una mala pasada en el resquebrajado parquet del piso.
-¡Una broma! Me dice usted que todo se ha debido a una broma. Que contactó con una persona que le recomendó Campaniles y sin saber si le engañaba o no, compró todas las existencias y las envió a los Estados Unidos, pagando por el flete mucho más que el coste de lo que enviaba, y con una testarudez estúpida, se atreve a decirme que se ha tratado de una broma. Me pone usted en una situación muy incómoda Albert. Y dicho esto, avisó a los dos matones para que incorporasen al agente y le aplicasen unos cables en manos y pies.
-Sí Ripley, mis hombres le están aplicando unos electrodos que estoy segura le convencerán de lo serias que son mis preocupaciones en cuanto a lo que sabe y no nos dice. Cuando activen las descargas y las note recorrerle el cuerpo aprenderá que en Nápoles no se juega a misterios con las cosas importantes para la Cosa Nostra. -¿Cosa Nostra? Contestó sudoroso Ripley. No le puedo decir nada. –Me miente usted Ripley, activen la descarga.
Un temblor le recorrió todo el cuerpo, el somier y el agua hacían conductora toda la espalda. Ripley se orinó.
¿Admite usted ahora que es un agente de la CIA Albert? –Sí. Respondió. Soy agente pero de tercera fila, he sido correo aquí y allá, he llevado cosas pero nadie me cuenta nunca qué contienen. No puedo contarles nada más, si fuera así, esté segura que se lo diría, no soy americano, soy inglés no tengo nada que agradecerle al gobierno americano, me contactaron hace años en Londres para con mi taxi recogiera equipaje, llevase documentos, cosas así, nunca he entrado en acción de primera línea. Reconozco que he mentido pero era mi obligación, debe comprenderlo y sobre el vino, es la pura verdad, trataba de embromar a mi jefe que es un tipo que se cree el mejor enólogo del mundo.
-Lo es. –Dijo Lamar. –No le quepa dudas que lo es, se ha dado cuenta inmediatamente que Campaniles posiblemente sea el mejor vino del mundo. Campaniles es una pequeña bodega que produce únicamente para las grandes fortunas y jefes de estado. A Su Santidad se le sirve Campaniles siempre.
-¿Qué me dice usted? Eso es imposible si he pagado menos de 3 euros por cada botella, eso no puede ser.
-Lo es Ripley, lo es.
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