SI ALGUNA VEZ ENTRA EN UN TAXI INGLÉS MIRE LA CARA DEL CONDUCTOR Y SI ES RIPLEY NO LO TOME

jueves, 24 de noviembre de 2011

LA BROMA

LA BROMA

¡Campaniles! ¿Está seguro que es el vino que ha mandado Ripley desde Nápoles? –Por supuesto Sr. Parker. Exactamente 6 botellas. Me llamó para decirme que alguien se lo había recomendado y me sugirió que usted lo probase. Sí le advertí que usted no juega con su trabajo pero me insistió y por eso se lo he dicho. Puede hacer lo que quiera ya que no hay compromiso. –Póngame con el Peggy, deseo decirle algo. –Señor no olvide que hay una diferencia horaria, se supone que ahora estará en la cama ya. –Contesta la secretaria. Cuando le digo que le llame le estoy dando una orden, obedezca. Y dicho eso volvió a llenar otra compa de aquel tinto.

¿Oiga, sí. Es usted Ripley? –Medio borracho de Jim Beam, Ripley respondió. Ah, es usted Sr. Parker, esperaba su llamada, dígame. No le oigo bien, estoy en la discoteca del hotel. –Vaya inmediatamente a ver esa bodega del vino que me ha mandado. Es francamente prodigioso, le felicito Ripley, lo digo con toda sinceridad, en esta ocasión me ha desarmado, ha encontrado un gran filón. En cuanto Peggy haga las reservas volamos para Italia, no se mueva de ahí que lo necesito. Muy bien, señor Parker aquí estaré esperándolo. Me alegra que esté complacido, he trabajado muy duro para dar con ese vino. Para inmediatamente después oir el chasquido del teléfono que indicaba que la comunicación se había terminado.

La estratagema orquestada por el agente para reírse de su jefe estaba funcionando y eso le complacía mucho. Salió de la discoteca a fumarse un cigarrillo mientras murmuraba que ya no se podía fumar en ningún sitio, cuando una vieja furgoneta frenó ostentosamente junto a él, para que de la puerta deslizante lateral saliesen dos encapuchados con palos de golf que le golpearon sin pronunciar palabras hasta dejarlo sin sentido, posteriormente lo recogieron de la calle y lo arrojaron dentro del vehículo. Sus captores tras amordazarlo e inmovilizarlo indicaron al conductor que les llevase a su destino. Lo despertaron arrojándole un cubo de agua, quedándose impotente para defenderse ya que estaba atado al somier de una cama y una capucha le impedía ver quienes les habían raptado. Maldita sea –dijo. Es la segunda vez que me tratan así. Una sonrisa se dibujó en la cara de Lamarmar sentada en un viejo sofá que sostenía un micrófono para distorsionar la voz.

¿Es usted el agente de la CIA Albert Ripley? –Preguntó. Soy Albert Ripley, taxista. ¿Qué es esa historia sobre espías? Estoy pasando unos días de vacaciones en el sur de Italia y cuando salía de una discoteca dos matones me apalearon. Dónde estoy? Mire Albert no nos mienta, me desagrada el uso de la violencia para obtener la información que necesitamos, colabore y le pondremos en libertad, nadie se enterará en la agencia, no nos interesa.

-No puedo decirle que soy un agente porque no lo soy, qué quieren saber, ya les he dicho que soy un taxista inglés que realiza muchos servicios por Europa, me contratan por saber conducir en ambos lados del volante pero qué clase de fantasía es la que me cuenta. Ya se lo he dicho, estaba tranquilamente en una disco y salí a fumarme un cigarrillo. –Eso ya lo se, mis hombres lo tenían vigilado, recibió una llamada telefónica poco antes, quién le llamó. –Mi jefe, es un conocido catador de vinos y acababa de recibir una caja de vino que le he comprado. ¿Campaniles? –Dijo Lamarmar. Sí, efectivamente, ésa es la marca del vino que le envié por avión, me la recomendó el propietario de una bodega, tras convencerme que se trataba de un vino muy bueno a un precio bastante razonable, a eso se dedica mi jefe y yo lo llevo como conductor ya que él es un excéntrico y le da pánico manejar. ¿Campaniles entonces dice usted? Regodeándose en pronunciar las palabras que distorsionadas producían en el agente una terrible desazón. –Sepa que estamos al tanto de todos sus movimientos. Usted jamás ha hecho algo parecido Albert, díganos qué motivo le ha forzado a hacer algo así. ¿Qué sabe de Campaniles? -¿De Campaniles dice? Nada, absolutamente nada, ni siquiera lo he probado soy más de cerveza y bourbon, el vino me interesa poco, lo tengo que beber cuando está mi jefe pero no me produce ningún interés, lo hice como broma. ¿Una broma entonces? Recalcó Lamarmar. –Sí, solo una broma se lo aseguro.

Lamar se levantó y anduvo por la desvencijada habitación de aquel hotel abandonado en la Toscana, riéndose y procurando que sus pasos no le jugaran una mala pasada en el resquebrajado parquet del piso.

-¡Una broma! Me dice usted que todo se ha debido a una broma. Que contactó con una persona que le recomendó Campaniles y sin saber si le engañaba o no, compró todas las existencias y las envió a los Estados Unidos, pagando por el flete mucho más que el coste de lo que enviaba, y con una testarudez estúpida, se atreve a decirme que se ha tratado de una broma. Me pone usted en una situación muy incómoda Albert. Y dicho esto, avisó a los dos matones para que incorporasen al agente y le aplicasen unos cables en manos y pies.

-Sí Ripley, mis hombres le están aplicando unos electrodos que estoy segura le convencerán de lo serias que son mis preocupaciones en cuanto a lo que sabe y no nos dice. Cuando activen las descargas y las note recorrerle el cuerpo aprenderá que en Nápoles no se juega a misterios con las cosas importantes para la Cosa Nostra. -¿Cosa Nostra? Contestó sudoroso Ripley. No le puedo decir nada. –Me miente usted Ripley, activen la descarga.

Un temblor le recorrió todo el cuerpo, el somier y el agua hacían conductora toda la espalda. Ripley se orinó.

¿Admite usted ahora que es un agente de la CIA Albert? –Sí. Respondió. Soy agente pero de tercera fila, he sido correo aquí y allá, he llevado cosas pero nadie me cuenta nunca qué contienen. No puedo contarles nada más, si fuera así, esté segura que se lo diría, no soy americano, soy inglés no tengo nada que agradecerle al gobierno americano, me contactaron hace años en Londres para con mi taxi recogiera equipaje, llevase documentos, cosas así, nunca he entrado en acción de primera línea. Reconozco que he mentido pero era mi obligación, debe comprenderlo y sobre el vino, es la pura verdad, trataba de embromar a mi jefe que es un tipo que se cree el mejor enólogo del mundo.

-Lo es. –Dijo Lamar. –No le quepa dudas que lo es, se ha dado cuenta inmediatamente que Campaniles posiblemente sea el mejor vino del mundo. Campaniles es una pequeña bodega que produce únicamente para las grandes fortunas y jefes de estado. A Su Santidad se le sirve Campaniles siempre.

-¿Qué me dice usted? Eso es imposible si he pagado menos de 3 euros por cada botella, eso no puede ser.

-Lo es Ripley, lo es.

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