Cuando Lamarmar Pons arrastraba su equipaje de mano trolley por el finger de aquel aeropuerto alejado poco menos de un centenar de kilómetros de Peking, no se imaginaba lo que China le iba a ofrecer. Caminaba desganada y ojerosa, 10 horas de avión le habían molido sus huesos. Supo que Ripley había llegado sano y salvo a Nápoles, esquivando el cerco que policías y guardias civiles habían establecido para detener a los autores del secuestro de un inglés y una funcionaria interina de Hacienda. La noticia la recogía el periódico The Guardian que llevaba en la mano, ni siquiera la Interpol comprendía cómo habían desaparecido, suponían que un helicóptero los había trasladado a las inmediaciones de la bahía de Setúbal y un barco los habría llevado rumbo a Madeira.
Y ahora cómo explico yo al Director General de Seguridad que habéis perdido a 6 o 7 personas. –Dijo Sebastián Martínez. ¡Maldita sea que me pase esto a mi ahora que estamos en el comienzo de la campaña electoral que seguro perdemos. González, González venga inmediatamente a mi despacho! –Ordenó el primer secretario de la DGS. Manolo González era un policía joven, afecto al Partido Socialista Obrero Español, no demasiado bien formado y con muy poca experiencia en el campo policial pero extraordinariamente atractivo. Precisamente por esa razón, González fue ascendido de aquella inmunda comisaría de Ayamonte en Huelva a la mismísima Delegación del Gobierno en la bella Plaza de Armas de Sevilla, él sabía bien camelarse a las esposas de los comisarios y no hacía ascos ni a edad ni a condición física, era el prototipo del trepador. Se sabía que más pronto que tarde llegaría a Director General. Llamó suavemente con los nudillos en la puerta del primer secretario. Una voz le recibió a gritos. –Entre ya González que estoy esperándole. A sus órdenes señor primer secretario. –Dijo cuadrándose el cínico de Manolo González mirando la solería del despacho.
Posiblemente durase casi 20 minutos el broncazo que recibió el joven policía de su inmediato jefe, chaparrón que recibió González con su habitual actitud hipócrita y únicamente interrumpiendo al otro para decir frases como: Si usted lo dice señor o tiene toda la razón. Tras la bronca, el primer secretario le pidió al policía que lo acompañase para subir a la cuarta planta y presentar informe oral al director general de la Policía Española. -Vamos allá González, de esta me voy a librar porque perdemos las elecciones y me han puesto el tercero por Madrid, de lo contrario mi carrera se habría esfumado. No le pasará eso al director que no está respaldado por las listas ya que pretendían ponerlo de primer secretario en Washington, estará que trina.
Lamarmar Pons recogió su segunda maleta y buscó por los alrededores un carrito y en eso un joven chino muy atento le cedió el suyo. Ella lo miró cuando se alejaba y se dijo que le apetecería darle un revolcón, de modo que lo llamó: Oiga por favor, quiero agradecerle su delicado gesto. El joven se volvió sonriendo, le invitó a que pusiese en el carro su voluminosa maleta fucsia de lo más cutre y el muchacho descansó. Una mano de Lamar se deslizó y le rozó sus genitales mientras le sonreía diciéndole: Hace mucho tiempo que quería conocer un país tan lleno de contrastes como el suyo, amigo mío, me encantaría que me enseñase su geografía. ¿Qué le parece? Encantado. –Dijo el joven.
La agente sabía por experiencia que en cualquier momento la agencia se pondría en contacto con ella pero mientras tanto un buen revolcón la pondría en forma. Resolver el complicado asunto de conseguir que Mongolia perdiese en el partido de vuelta, cuando ya en Peking había vapuleado a China nada menos marcándole tres goles a la selección china era de los asuntos más difíciles que se le podía ocurrir. De seguir las indicaciones del Capo de tutti Capi napolitano de colocar un artefacto explosivo en el vestuario del estadio nacional mongol, saltaría las alarmas de la Interpol y a los chinos eso no le gustaba; si se secuestraban a las estrellas y debían ser sustituidas por otras también la prensa hablaría de ello y no era lo que se pretendía. No quedaba otro remedio que el soborno, en el mundo del fútbol y en general en todos los deportes el dinero es la mejor arma, no obstante tenía que pensar que no todos deberían estar al tanto ya que alguien podía arrepentirse y contarlo.
El joven avisó a un taxi y Lamar y él se acomodaron dentro. Ella preguntó si a Lieu, que ése era el nombre del muchacho, le importaba acompañarla al Raffles Beijing Hotel y éste le contestó que encantado. De modo que la agente se preparaba para una mañana movidita. Desde luego la agencia no escatimaba recursos para su personal, el hotel era majestuoso.
El jacuzzi estaba colocado frente a una gran cristalera y allí Lamarmar se reponía del combate que había mantenido con el joven chino, quien oportunamente ya se había ido. Seguía la máxima de su abuela de Jaén en España que siempre decía: “Aceitunita comida huesito fuera.” Cuando finalmente salió del baño de sales, se miró y recreó desnuda en el gran espejo y se dijo: -Pons para tener ya 48 años no estás nada mal chica.
Su teléfono móvil recibió una llamada pero colgaron antes que ella pudiese cogerlo. Un par de minutos después volvían a llamarla y esta vez sí pudo responder por el teléfono sin manos que estaba instalado en el cuarto de baño. ¿Hablo con la Señora Pons? –Sí. ¿Se encuentra usted bien acomodada o necesita algo más? –Estoy muy bien, muchísimas gracias por sus atenciones. –Replicó Lamar. En unos 15 minutos la esperamos en la cafetería. Póngase ropa discreta por favor, no queremos levantar ninguna sospecha. –Así lo haré, no se preocupe.
Se acercó a la brillante barra y pidió un Dry Campari, siempre le gustaba comenzar su trabajo con esta deliciosa bebida. El camarero le sirvió su bebida y una pequeña bandeja de plata con una nota que decía: “Le espero junto al ventanal, soy la Sra. Lu Cha Kong.” Pons recordaba ese nombre, se lo había comentado Ripley.
Caminó lentamente hasta la mesa más apartada de la cafetería, por cierto un lugar muy bueno por las vistas de la ciudad y tras saludar bajando los ojos se sentó junto a la señora china. –Nos alegra mucho que haya podido desplazarse hasta un lugar tan exótico como el nuestro señora Pons, entendemos que ya han elegido un método para resolver el asunto que nos concierne. Ya sabe usted, el deporte une a los pueblos. –La china paladeaba cada palabra cuando las decía, se regocijaba en ellas. Aprendí español siendo muy jovencita y estando destinada en Buenos Aires, me gusta su idioma, me parece muy elegante. Muy agradecido. –Replicó Lamar. Pues bien, le diré, he estado pensando que lo mejor es abordar al entrenador y algunos delanteros mongoles y ofrecerles lo que sin lugar a dudas siempre han deseado. Un grupo de psicólogos los están estudiando de modo que nos sea fácil acertar con sus gustos. La china asintió. Pons siguió hablando. –Supongo que por recursos económicos no tendremos problemas. ¿Me equivoco? La señora Lu Cha Kong sonrió. La negociación iba por buen camino.
El camarero se volvió a acercar por la mesa donde estaban las dos mujeres. Eran poco menos de las dos de la tarde. La señora Cha Kong preguntó a Lamarmar si ya había comido y ésta contestó que no.
Me lo suponía. –Dijo Lu. Por eso me he permitido encargar un almuerzo en su suite, no olvide que conozco su cultura y también pasé una etapa en Marbella. Es su hora de almorzar, de modo que le ruego que volvamos a su suite y terminemos de aclarar los cabos sueltos de esta misión y otros que ahora se me ocurren viéndola personalmente. Lamar nunca había estado con otra mujer pero el hecho de hacerlo por primera vez en la ciudad de Peking frente a una dama tan bella le satisfacía mucho. Así que la agente respondió: señora Lu, ¿puedo llamarla por su nombre pila supongo? Quizás comamos hoy otras cosas mucho más apetecibles arriba.
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