SI ALGUNA VEZ ENTRA EN UN TAXI INGLÉS MIRE LA CARA DEL CONDUCTOR Y SI ES RIPLEY NO LO TOME

viernes, 4 de noviembre de 2011

UNA CAJA DE CAMPANILES

¿Se puede poner Mr. Parker? –Indicó a la secretaria del famoso catador americanos de vinos. –Eso es imposible y lo sabes Ripley. Mr. Parker nunca atiende el teléfono celular personalmente, para eso me tiene a mi, algo que por cierto me parece una tontería de las muchas que hace. Es urgente que hable con él Peggy. –Insistió. Sabes que no puedo ponerte, pero si insistes se lo puedo transmitir dentro de un rato, ahora mismo se encuentra en el baño, ya sabes que antes de realizar sus catas se lava escrupulosamente y reza 3 Padrenuestros y un montón de Avemarías, algo que no comprendo dado que es judío pero intentar racionalizar algo con este hombre es una pérdida de tiempo. El agente volvió a insistir y ella se negó de nuevo.

Tenía que conocer la agenda de Robert Mcdowell Parker, eso le podría indicar qué sabía el MOSAD. Su trabajo no era anticiparse a los hechos únicamente notificar a Langley de lo que sabía. Su prestigio se había visto afectado por el incidente de Hacienda, que por cierto no le había afectado en su integridad física como mucho había temido. Miró al techo y descubrió dos detectores de humo, de modo que tuvo que acercarse al ascensor y salir a la puerta del hotel para poder fumarse uno de sus Pallmall San Francisco, a los que daba fuertes bocanadas. Miraba la avenida y el paso del tráfico cuando en ese momento se le ocurrió un buen motivo para llamar la atención de Parker.

Paró un taxi y le pidió al conductor que le llevase a una de esas nuevas licorerías que están comenzando a pulular por las grandes ciudades. Una vez dentro y rodeado de vinos, preguntó al encargado si tenía algún vino de bajo precio que tuviera cierta presencia para una broma con unos amigos, éste lo miró y le dijo que participaría gustoso en la guasa, para añadir. Pues sí, últimamente todos quieren aparentar que tienen un paladar exquisito, déjeme que le busque por aquí un vinito. Sí, aquí está, esta botella de Campanile le servirá, es un buen tinto, sabor muy agradable y color más que aceptable. Es de una bodega de Sardinia familiar y yo la bebo en casa muchas veces, le aseguro que si se la pone a sus amigos dirán que se trata de un vino carísimo. ¿Me puede poner una caja? –Dijo Ripley. Creo que lamentablemente no tengo 12 botellas, pero sí una caja, además de madera para 6. ¿Le parece bien? –Magnífico es lo que esperaba, cuánto le debo señor. –Eso depende si se la lleva usted o la envío donde me diga. –Ah, eso sí que me ayudaría mucho. Mire le doy la dirección y usted se encarga que llegue al signore Robert Mc Parker. –Pues sabe usted que me suena este nombre, no puedo asociarlo ahora mismo pero estoy seguro que pronto lo haré. Le aseguro que esta misma noche la caja estará embarcada en el avión. Ripley pagó y agradeció al encargado su amabilidad, ahora sí tenía un motivo para que el catador le hiciese caso, intuía que aunque sabía de vinos tampoco era un portento, lo habían aupado a la popularidad ciertos periodistas y gourmets por el halo de glamour kitsch que lo rodeaba. Esperaba que su estratagema surtiese efecto.

Muy satisfecho volvió a encender un San Francisco y volvió al hotel paseando, no muy lejos de él una pareja de jóvenes se liaban un cigarrillo de marihuana con una cerveza de litro sobre un banco. Los miró y ellos ni siquiera lo advirtieron. De joven también consumió esta sustancia con gran placer, no le parecía ninguna droga.

Una vez en su habitación volvió a llamar a Peggy, la diferencia horaria le convenía. Ella le contestó: -Dime Albert, soy Peggy. –Anota que mañana llegará una caja de 6 botellas para el señor Parker, se trata de Campaniles, un vino exquisito y nada publicitado. Si te pregunta él puedes decirle que todavía estoy en Nápoles. ¿Me quieres decir que te has atrevido a poner a prueba a mi jefe? –En absoluto Peggy, en absoluto pero dile que lo pruebe y si le gusta puedo acercarme a la bodega. –Está bien, así se lo haré saber pero ya sabes que no le gusta nada que jueguen con estos asuntos. –No pierde nada, si no le gusta que lo tire y en paz. ¿Has cenado ya Peggy? –Me dispongo a hacerlo ahora Albert, muchas gracias. Te llamaré en cuanto el vino haya llegado a San Francisco y Parker lo tenga en su copa. Buenas noches.

El cebo estaba echado, ahora solo faltaba esperar. Parker no podía permitirse no probar el vino, se consideraba un dios de la enología, un ente superior que había llegado al mundo para enseñar a los mortales qué debían beber o arrojar por el hueco del retrete.

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