SI ALGUNA VEZ ENTRA EN UN TAXI INGLÉS MIRE LA CARA DEL CONDUCTOR Y SI ES RIPLEY NO LO TOME

miércoles, 26 de octubre de 2011

EL ZULO



No era la primera vez que a Ripley lo secuestraban, ya le ocurrió en Londres cuando comenzó su carrera de agente secreto. Por entonces él debía encargarse de la vigilancia de una lavandería china frente a la Estación Victoria, también le apresaron por sorpresa cuando acudía a contestar el teléfono que sonaba en la cabina, lugar al que le llamaban para darle instrucciones. Recuerda que una excavadora levantó de cuajo la cabina mientras hablaba y lo cargaba en un camión donde un par de tipos lo ataron y amordazaron. Ésos sí que eran profesionales, no pronunciaron ni un sola palabra, vestidos con ropas y anoraks oscuros, con su capuchas puestas y gafas de sol negras. Sus manos muy expertas lo redujeron en menos de un minuto, luego arrancaron sus motos y saltaron en marcha del camión. Cuando alguien, a los dos días de aquello, le quitó la capucha a Ripley, estaban en una granja en las afueras de Amberes. Aunque tampoco a quien le retiró el capirote pudo identificarlo. Nadie le preguntó nada, nunca supo la razón por la que fue secuestrado durante casi dos semanas, por supuesto que pensó que sufriría un feroz interrogatorio sin que él pudiese contarles nada ya que era un novato y nada le explicaban en la agencia. Ahora sí sabía la razón de su secuestro, había sucumbido a su propio miedo y reconocía haber cometido un grave error presentándose en Hacienda. Se había equivocado completamente.

Se oían golpes arriba y voces en un dialecto italiano, aunque no podía a ciencia cierta decir si eran sicilianos o napolitanos. Sus palabras le llegaban entrecortadas por una música a gran volumen y eso le preocupó. Si podían realizar los ruidos que les apetecieran significaba que estaban en un lugar muy aislado o bien, por el contrario, en un barrio bullicioso donde nadie se extrañaba de nada. Estaba comenzando a escamarle que nadie se interesara por él ni le hubiesen golpeado, ese detalle era preocupante. Debía encontrarse en una habitación de madera o recubierta de madera muy basta, sucia con un grifo y un retrete. Las dimensiones de aquello podrían aproximarse a los 2 por 3 metros y notaba que una luz estaba encendida sobre su cabeza por el calor que desprendía la bombilla incandescente. Seguía esposado a la espalda.

Fuera, todo un dispositivo policial se había desplegado en la provincia de Cádiz, efectivos de la Brigada Antidisturbios procedentes de Sevilla y de Córdoba, habían sido desplegados. La Guardia Civil aunque con sus reducidos recursos, patrullaban desde Cádiz a Sanlúcar y Tarifa y, también desde Jerez hasta Ronda. Ninguna de las pesquisas estaba dando resultados positivos para el operativo policial por el secuestro de una funcionaria interina de Hacienda en El Puerto de Santa María y un ciudadano británico con residencia en Fuengirola, un tipo excéntrico que circulaba por toda la Costa del Sol conduciendo un taxi inglés a quien los lugareños llamaban el Guiri del taxi.

De pronto un crujido advirtió a Ripley que algo pasaba. Oyó como una puerta se abría y también que un par de tipos lo agarraban por debajo de los brazos y casi en volandas lo sacaban de allí. No pronunciaron ni una sola palabra, únicamente advirtió que ambos iban impregnados con Lavanda Inglesa de Atkinsons. No anduvieron demasiado tiempo, lo metieron en un cuarto de baño, pusieron ropa limpia y le quitaron las esposas, luego salieron y cerraron la puerta. El agente se quedó descolocado. Decidió quitarse la capucha y ver donde estaba. La luz lo cegó en principio hasta aclimatarse a ella y posteriormente fue haciéndose a la claridad. Estaba en un cuarto de baño algo antiguo. Toallas y ropa limpias, gel y espuma de afeitar y un par de cuchillas desechables tipo BIC. Al parecer a sus secuestradores no le interesaba tener a un rehén guarro. Decidió desnudarse y prepararse un relajante baño.

Se tranquilizó tanto en la bañera que se durmió.

Una tarantela sonaba en algún sitio. Aprovechó para afeitarse la barba de dos días y pico y se puso la ropa oscura y holgada que le habían dejado. Intuyó que podía salir de allí ya que la puerta no estaba cerrada, algo había cambiado.

Al salir del cuarto de baño se encontró con un desvencijado pasillo que en mejores tiempos tuvo que ser hermoso, estaba en un piso alto por la techumbre inclinada, bajó al salón y allí tres hombres jugaban a las cartas y oían música italiana. Lo miraron y acercaron una silla. Sederse con noi di Mr. Ripley, il boss prepara il cibo. Spaghetti alla bolognese e il rosso de la Campagna. –Dijo el más joven. Ripley se sentó a la mesa y le sirvieron vino. Alguien le ofreció un cigarrillo negro. Estuvo por rechazarlo pero también lo aceptó. La comida transcurrió sin otros incidentes que reseñar. Cuando el casero recogía la mesa, se volvió hasta él para decirle: Disculpe señor, pero si le apetece descansar un rato me lo dice para que le indique su habitación. Gracias. –Replico el agente, no dude que se lo haré saber. En ese momento se dirigió a los presentes y les habló: -¿Alguien habla inglés aquí? El joven lo miró y contestó: -Todos hablamos inglés Ripley, es usted quien no habla italiano. Qué quiere saber, pregunte y le contestaremos hasta donde podamos hacerlo. Nosotros somos meros correos y estamos a la espera de instrucciones, mientras tanto, nos pareció cruel que usted permaneciese en condiciones tan deprimentes, no somos unos canallas asesinos pero si hay que matar también lo hacemos, es nuestro oficio señor, exactamente el mismo que usted. ¿No es cierto Mr. Ripley? El agente asintió con la cabeza. De modo que. –Siguió hablando el joven. Usted puede moverse con toda libertad por la finca y le aconsejo que no intente una huída loca ya que los españoles saben que es un agente secreto. Puede hacer lo que quiera pero considero que está más seguro con nosotros, mucho más seguro. ¿Qué hay de la chica? –Interpeló. Está dando un paseo a caballo con nuestro jefe, calculo que volverán en un par de horas. –Y no consideran que si la policía española la encontrase se levantaría el operativo que no dudo se habrá preparado. –Sí señor pero resulta que ahora no quiere irse, ha decidido huir del país y facilitarnos las claves de un par de cuentas corrientes donde la Hacienda española mantiene las retenciones de impuestos pendientes. Ella calcula que puede haber entre 6 y 8 millones de euros. Se le ha ofrecido un 50% y cambio de identidad y ha aceptado. Lo que son las cosas, entre un empleado de Hacienda y un mafioso solo existe la diferencia de saber o no saber el número de una cuenta corriente.

Ah, me olvidaba. –Dijo el joven. Mire en ese cajón y recupere su pistola, no es recomendable no ir armado cuando estamos inmersos en un cerco policial.

domingo, 23 de octubre de 2011

LA FUNCIONARIA INTERINA

La furgoneta circulaba a toda velocidad en dirección a una finca en Benaocaz, en la provincia de Cádiz, propiedad de una empresa tapadera de Damián Muñoz, conocido como el recalificador de Marbella. Los secuestradores permanecían callados y expectantes, habían tenido la precaución de haber robado previamente una motocicleta BMW 1200 cc y subir a ella a un motorista avezado, encargado de abrir camino y comprobar si en algún momento un inoportuno control de carreteras les podía cortar el paso.

En buenas me ha metido este galés imbécil. –Pensaba la funcionaria de Hacienda, enfundada la cabeza con una bolsa negra de las que se usan para guardar el pan y uno de sus propios calcetines en la boca, tapada con esparadrapo, arrojada al suelo del vehículo y atada con bridas de electricista a Ripley, también encapuchado pero con peor suerte ya que le habían golpeado y pateado hasta dejarlo sin sentido. La furgoneta llevaba un andamio, latas y productos de pintura y a los secuestrados cubiertos por una lona muy sucia.

El jefe se fijó en el motorista que se había parado y mantenía un brazo en alto. Algo estaba pasando. –Para Carlo -ordena el mafioso- que Umberto nos está indicando que ocurre algo, no quiero complicaciones. ¿Se compraron nuevas tarjetas para los móviles? Asintieron sus hombres con la cabeza y sacaron sus subfusiles por si eran necesarios. –No quiero enfrentamientos si no son necesarios.

La joven funcionaria sollozaba casi imperceptiblemente pero el silencio era tal en la furgoneta que se percibía incluso mejor que el motor encendido al ralentí. –Que poco me gusta tener que vérmelas con mujeres en estos asuntos, sus reacciones son impredecibles, seguro que nos complica la vida. Abrid alguna lata de disolvente, si hay perros, servirá para despistarlos.

El motorista les indicó algo y el vehículo reinició la marcha lentamente. Estaban en el final de la zonas curvas desde Ubrique a Benaocaz, ya habían pasado la gran curva cerrada a izquierdas y ahora, se enfrentaban a un repecho fuerte con curva a derechas, pasado éste, ya se divisaría el pueblo y a su vez, era el único lugar donde la carretera permitía instalar un control. A veces hay que jugársela. Andiamo Carlo. –Dijo Marco Ferrara. Efectivamente la Guardia Civil estaba allí efectuando controles de alcoholemia o eso parecía. -Circula muy despacio. El mafioso sacó la cabeza y saludó a los guardias y éstos le respondieron. Estoy deseando llegar a la finca, en poco más de un kilómetro te indicaré un carril a la izquierda, está señalizado como Los Chozos y una vez allí, en mulos hasta donde tenemos preparado el zulo.

Bien, ya estamos aquí. Vosotros dos seguid hasta Ronda y dejáis la furgoneta en el garaje de su propietario y os volvéis en la moto. ¿Lleváis dos cascos? –Asintieron. Andiamo entonces.

¿Qué hacemos con la chica jefe? –Maldita sea, la chica otra vez. Dejadme pensar. Tirad a Ripley al zulo sin miramientos y veamos qué le ha confesado a la mujer de Hacienda, nos jugamos mucho en esta declaración que es del todo rarísima.

-Traédmela a la leñera y organizar las guardias. No olvidéis que en la serranía los teléfonos móviles funcionan muy mall, llevaos vuestros walkies que no tienen más autonomía de un par de kilómetros. Decidle a los guardeses que procuren que nada se salga de lo normal, se supone que tenemos víveres y vehículos. Estamos a la espera de las decisiones de Nápoles. –Dicho esto, se dirigió al altillo para esperan a la mujer.

La chica estaba aterrada, no comprendía nada, jamás se había imaginado que sería protagonista de un secuestro sin tener más mínima noción de las razones. El maldito inglés le había complicado la vida y aquella gente, no se andaban con contemplaciones, algo querían de ella. Se encontraba en un problema, aquellos la llevaban para ser interrogada y no podía contar nada porque simplemente no sabía nada. No saber nada suponía la peor de las coartadas para quienes están ávidos de saber. Uno de los secuestradores le decía: -Suba señorita por esta escalera, tenga cuidado. La hacían subir por una escalera de mano hasta un trampilla situada en la buhardilla, que se usaba para guardar el grano para las bestias, las patatas, y cualquier otra cosa que se usase solo en temporadas.

¿Cómo se llama usted? –Dijo la voz. Ella no sabía si responder o callarse. –Le he dicho que cómo se llama usted. –Marisa Pesquera Molino, me llamo Marisa. –Muy bien. Eso es cierto porque lo he comprobado con su tarjeta de identidad. Vamos bien. ¿De qué conoce a Ripley? -¿El inglés o galés o británico dice usted? –Eso lo sabrá usted Marisa. –Mire cuando le pedí su documento de identidad ponía que se llamaba Ripley, del nombre de pila no me acuerdo. –Mire señorita, no me haga usted enfadar que la estamos tratando de forma exquisita, pero si insiste en no contarnos nada, llamaré a uno de mis hombres y le aseguro que lo recordará toda su vida. –No, no. Estoy diciendo la verdad. Ese hombre me tocó por sorteo de la máquina expendedora de mesas y me dijo que quería pagar y subirse en IVA por unos ingresos que tenía de medio millón de dólares. Le pregunté el origen de los mismos y me dijo que eran de trabajo, entonces yo le dije que las cantidades percibidas por rendimientos del trabajo no imputan IVA sino que se controlan por el I.R.P.F. pero no me hacía caso. -¡Cállese, no me mienta! ¿Me toma por tonto? –No señor. Por favor hágame caso, no se nada de este asunto, estaba tratando de convencer a Ripley, al inglés ése que ha venido conmigo en la furgoneta que eso no podía ser. Mire, yo no tengo nada que ver con este asunto, soy una funcionaria interina, por favor no me hagan daño. Estoy sustituyendo a una chica en período de maternidad. No he visto a ese hombre en mi vida, si lo hubiese visto se lo diría, no puedo contarle nada más simplemente porque no lo se.

Se apartan de la chica y comentan entre los dos hombres: ¿Y si está la diciendo la verdad jefe? –Opina Carlo. He estado presente en muchos interrogatorios y esta mujer por el escaso tiempo que ha estado con Ripley puede saber muy poco, además es verdad que la atención personalizada antes el Fisco es aleatoria, es un ordenador quien reparte las mesas. Desde el punto de vista estadístico tiene todos los visos de que sea cierto todo lo que nos dice. Sí, efectivamente, le contesta Marco Ferrara. Estoy de acuerdo contigo pero qué podemos hacer con ella ahora, la hemos secuestrado, tenemos a la policía a los carabinieris españoles buscándonos, que posiblemente ya habrán avisado a la Interpol. No puedo liberarla ni tampoco mancharme las manos de sangre, eso empeoraría nuestra situación, déjame pensar.

Jefe. Tengo a Nápoles en el ordenador. -¿Es segura la conexión? Puedo asegurarlo, no admite rastreos, lo estoy haciendo a través de una tarjeta satélite que usa frecuencias asiáticas, en el caso que nos pudiesen localizar, buscarían en el desierto de los Emiratos Árabes Unidos. Marco se dispuso a dictarle a su segundo. –Escribe: Gato en saco, gatita presumida irse azotea. Manden pájaro.

martes, 18 de octubre de 2011

SECUESTRO EN HACIENDA


Ripley se enfrentó a la máquina expendedora de números en la oficina de Hacienda, ésta le solicitó su NIF, no lo recordaba, buscó en su billetero y fue introduciendo los datos pedidos, posteriormente tuvo que seleccionar el motivo de su consulta entre las siguientes opciones: pago fraccionado del IVA; devolución de años anteriores; compra de impresos fiscales y atención personalizada. Presionó en la última e inmediatamente un trozo de papel salía de la expendedora con algo escrito. Lo miró y comprobó que ponía D56 y muy pequeño, justo abajo, para eso tuvo que ponerse las gafas de cerca, una advertencia: Los números no son correlativos, esté atento a las pantallas y diríjase a la mesa que le corresponda en el momento que su número aparezca en la pantalla central.

A Ripley le pareció que España había realizado un gran salto cualitativo y cuantitativo en su progreso, pero muy especialmente en el burocrático, recordaba sus primeros viajes en su taxi cuando el funcionario siempre te recibía detrás de una ventanilla, todo estaba lleno de mostradores y largas colas, las paredes muy mal pintadas, si lo estaban y la distribución absolutamente destartalada. Todo eso había desaparecido, ahora las oficinas estaban perfectamente diseñadas, eran diáfanas, los contribuyentes tenían cómodos asientos para la espera que no era muy larga y los funcionarios trataban de atender al público con presteza y profesionalidad.

Allí se encontraba, sentado, rodeado de 6 o 7 contribuyentes, esperando ser llamado para que le atendiesen en su consulta.

La funcionaria podría rondar los treinta años, vestía camisa blanca, pecho prominente y pantalones vaqueros, el pelo largo recogido en una cinta y gafas de Dolce & Gabbana. Ella solicitó el D.N.I. de Ripley y tras leerlo le dijo: Usted dirá. –Pues mire señorita, aunque soy galés vivo en España más de 6 meses al año y gracias a los acuerdos de la Unión Europeas, puedo decidir dónde pagar mis impuestos, si mira en mis datos verá que tributo aquí desde hace varios. Resulta que trabajando he recibido unos ingresos importantes… ¿De actividades industriales o rentas del trabajo? –Interrumpió la funcionaria. Rentas del trabajo. La chica jugueteaba con su boli golpeando sobre la mesa, intranquila, ya que veía que sus compañeros despachaban a los contribuyentes a mayor velocidad que ella y luego, el jefe de servicio mostraba en un powerpoint las estadísticas de cada mesa. Estaba atacada, cómo iba a ser lo mismo recibir unos impresos de IVA, comprobar el DNI de quien lo presenta, ponerles un sello y devolver dos copias que atender consultas personalizadas, eso era injusto. –Abrevie que tengo a otras personas que están esperando Señor Ripley, por favor. –Pues mire, que estoy agradecido a España y quiero cotizar el IVA más alto. –Eso es imposible. ¿A qué partido pertenece usted? –Al Partido Conservador naturalmente, el equivalente del Partido Popular aquí. Lo ve –Dijo ella. Es usted un quintacolumnista oiga. Si su partido propugna bajar los impuestos y usted aparece por aquí para subirlos, produce un descalabro en la filosofía fiscal de su formación política ¿no lo comprende? Pero es que yo he cobrado 500,000 dólares, unos 350,000 euros y como las cosas están mal en España quiero pagar IVA. –Oiga que las rentas del trabajo no tributan para el Impuesto de Valor Añadido, si quiere puede subirse sus cotizaciones del I.R.P.F. eso nadie se lo discute, pero le advierte que si Berta, me refiero a nuestra computadora central de Hacienda en Madrid, lo detectará y tendremos que llamarlo para hacerle una paralela y le molestaremos, hágame caso, deje el mundo como está.

Fuera, cuatro individuos se bajaron de un furgoneta Hiundai y disparando entraron en la oficina de Hacienda. Llevaban puestas caretas de Rajoy y disparaban sus metralletas mientras gritaban que todos se tirasen al suelo. Al final localizaron a Ripley. –Atrapadle. Gritó el que parecía el jefe. –Asqueroso, venir a Hacienda y pretender denunciarnos a todos, te vas a enterar de lo que es una traición para la Cosa Nostra. ¿Habéis colocado ya las bombas? –Sí, jefe.

Bien, escuchen todos, en un minuto salgan de aquí rápidamente porque en 5 minutos volará todo el edificio. Háganme caso, no es una broma. Y tú, traidor vente con nosotros que te daremos lo que te mereces. ¿Quién es esta chica? Se dirigió a Ripley. –Es la funcionaria, le estaba explicando. -Traedla con nosotros, no quiero testigos.

Fuera, un policía municipal estaba multando a la furgoneta por estacionamiento indebido. El conductor colérico y con su careta de Rajoy le mostraba su ametralladora, pero el policía muy tranquilo le decía: -Y tiene suerte que se me ha averiado la sonda para comprobar si está contaminando. Proteste, proteste pero si no paga las pasamos a Hacienda para su cobro ejecutivo. Los secuestradores penetraron en el vehículo extrañados, no sabían si su conductor estaba detenido. El policía los miró para decirles: ¡Ah, es la segunda comparsa de Carnaval que multo hoy. Tome la denuncia y circule que se me está embotellando la calle!

martes, 11 de octubre de 2011

SANGRE EN LA TRATTORIA

Le costó trabajo encontrar aparcamiento cerca del Estadio Metropolitano de la Società Sportiva Calcio Nápoli pero lo consiguió. Cuando vio que no había nadie por allí se quitó su camisa negra y se enfundó la del F.C. Barcelona. Dudó sobre si sería necesario quitarse los pantalones largos que llevaba y ponerse el de deportes de la equipación blaugrana. Decidió seguir con su pantalones negros.

Una vez que se bajó del coche alquilado comenzó nuevamente a dudar si alguien se daría cuenta de su presencia pero bien equivocada que estaba. Aquello era Nápoles, donde desde todas las ventanas te siguen. Te observa el niño que va por la calle del brazo de su abuela, el repartidor del pan, la vendedora de escobas, el basurero o el interventor de la caja de ahorros, todos los ojos están siempre puestos en la calle y nadie se salva. El interventor se acercó al teléfono y marcó: -Ha llegado. ¿Qué hacemos? Permaneció unos instantes esperando instrucciones mientras la cola para cobrar las pensiones y los subsidios de desempleo cada vez se hacía más larga. Una voz le indicó que mandara una niña que la acompañase hasta la Vella Trattoria Napolitana y que pidiese fetucchinis al pesto.

Nadie podía pensar que en aquella trattoria hubiese un enérgumeno cuyo placer era hacer sufrir a las seguidoras del F.C. Barcelona. Lamarmar se dejó llevar por la pequeña que la dejó justo en la puerta del ristorante.

En cuanto entró, sin darse cuenta siquiera, un tipo muy alto y enjuto la tomó por la espalda y con el otro brazo tapándole la boca la introdujo en la trastienda a empujones. La obligó a arrodillarse, vuelta de espaldas mientras le decía armado con una navaja de grandes dimensiones: No me mires putana del Barcelona. ¿Cómo has sabido que me gustan las mujeres con pantalones negros largos y camisetas culés? Ahora te daré culé. Agacha la cabeza. Muy excitado, le cortó con su afilada navaja su pantalón de punto, la empujó contra unas cajas vacías de cerveza y de dos patadas le separó las piernas y la penetró por retaguardia con toda su furia de hincha del Nàpoli. Lástima que su corazón se viese resentido por ello.

El mafioso se arrastró de rodillas buscando la puerta, pero no esperaba que Lamarmar, todavía con sus pantalones bajados y sangrando, sacase su Smith & Wesson y le descerrajara 4 tiros en la cabeza y le introdujera un billete de 10 libras en la boca. Pons, maldiciendo buscó la salida y sobre una mesa que utilizaban para juegos de naipes vio una bandera del Nápoles, la cogió para su colección de delantales.

Llegó bastante afectada hasta el Fiat Punto y arrancó para irse de allí inmediatamente. Estuvo mirando lugares para alojarse y se decidió por el Hotel Piazza Napoli. Desconocía que muy cerca de allí, en Villa Positano, se estaba celebrando una importante reunión que posiblemente podría modificar gravemente el devenir futbolístico internacional.

Miradona, Telé y Platinin y el Capo di Capi Don Umberto Firaldi, tenían la muy complicada misión de conseguir que la Selección Nacional de Fútbol de Mongolia, que en su partido eliminatorio con China, jugado en Peking habían vencido por el abultado tanteo de 0-3, se dejase sobornar. Intervino Miradona: -Pues no me parecé tan complicado che, Mongolia no es nadie en la cancha, es una desconocida del balón mundial. Dejáme que me encargue de armar esta boludez, no mas acerque los billetes verdes al mongoleo los tengo comiendo de mis manos. El Capo le calló. –No admito acercamientos poco precisos para esta tarea. No me puedo jugar mi prestigio personal que viene de Langley y de Roma. Quiero que cuando ese partido comience tengamos la absoluta certeza que China pasará la eliminatoria. Telé intervino. –Eso en futbol es casi imposible don Umberto, una vez que corre el balón todo puede pasar. Para ser interrumpido nuevamente por el Capo que sentenció. –Ese partido deberá ser ganado por China aunque sea necesario que volemos el avión de Mongolia con todos sus jugadores dentro y a pesar de ello, no tenemos certeza que los chinos sean capaces de superar un 0-3, si se cierran atrás, el proyecto se hace casi imposible. A Platinin, al parecer no le interesaba el asunto.

Lamarmar llamó a Ripley pero éste no le cogía el teléfono. Como era habitual en él tenía arrinconada en el cuarto de baño a la asistenta.

Un sicario muy joven entra a informar al capo al oído. Éste se levanta y mirando hacia la mar desde su villa dice: -un chulo de poca monta ha sido encontrado en la Trattoria Napolitana con 4 orificios de bala y los pantalones bajados. ¿Alguien sabe algo de esto?

ROBO EN EL VATICANO


Tras sobornar a un niño con comprarle una consola Play Station y asegurarse que el chiquillo la ayudaría en todo lo que pidiese, Pons se dirigió hacia la tienda de souvenirs que se encuentra localizada en los bajos de los pórticos de Bernini, en la gran plaza circular del Vaticano. Allí se presentó como voluntaria y les contó la mentira que Ripley había preparado y que ni ella misma podía creerse pero, a veces, lo mejor es seguir las instrucciones de quienes te mandan. La monja que estaba sentada cobrando en la caja fue informada sobre la llegada de la Lamarmar y sonriendo, le ofreció que tomase asiento, mientras ella se ausentaba, en ese momento a la agente le vino una duda, cómo podría cobrar si no conocía ningún precio de lo que allí se vendía. Al parecer la monja lo notó y le hizo saber que únicamente debería pasar el lector del código de barras y todo aquello que no estuviese provisto del mismo, únicamente debía entregarlo a alguna de las voluntarias para que lo pusiese. Dicho esto se fue y Pons se puso a cobrar a los peregrinos.

El niño, estaba encargado de esperar la señal convenida, para subirse a cualquiera de las estanterías donde hubiese algún detector de humos con un encendedor y esperar hasta que la pasta se derritiese y se disparasen todas los aspersores antifuego instalados en el techo. Momento en que los compradores deberían abandonar la tienda precipitadamente y ella arrebatar el dinero.

Como quiera que Pons vivía en el recinto de la Ciudad del Vaticano, no saldría por la gran plaza, en la que tarde o temprano corría riesgos de ser capturada, aprovechando su tarjeta codificada de residente huiría por atrás con el niño.

Y lo cierto es que la estratagema les salió bastante bien. La caja contenía una buena cantidad de dinero en ella. Cuando el niño saltó imitando al mejor Burt Lancaster a la estantería y prendió fuego al detector, ella abrió su gran bolso con su pasaporte, un móvil, su Smith & Wesson y la bandera del Vaticando abierta, sobre la que volcó toda la recaudación sin dejar ni una moneda, luego se dirigió hacia la puerta entre los empujones de los visitantes y compradores, el agua que caía sobre todos y las sirenas de los bomberos con el niño de la mano para, inmediatamente entrar a una puerta que conducía a los aseos, pero por donde también, los residentes podían pasar a las dependencias propias.

El Fiat Punto alquilado por la mañana se encontraba perfectamente aparcado. Pulsó el botón de apertura a distancia y saltaron a bordo para alejarse rápidamente de allí. El niño estaba deseando ver su dinero pero Lamarmar le dijo que mirase en el asiento trasero, donde, efectivamente una caja impecable contenía la versión más moderna de su deseada Play Station. La cara del chiquillo expresaba la mayor felicidad. Cuando lo dejó en Plaza Narbona, Filippo de 9 años describió una representación fenomenal, se llevo el dedo índice a la boca en posición horizontal y le guiñó un ojo a Lamarmar. Aquel niño había iniciado ese día una próspera carrera.

Lamarmar tenía un manía, por donde quiera que fuese compraba una bandera, pero lo que no sabía nadie es que las utilizaba para hacerse delantales sexys y usarlos en sus orgías. Le encantaba verse el culo reflejados en los espejos de las habitaciones de hotel y, también, como sus pezones se salían del peto. A sus clientes les gustaba ese juego pero posiblemente a ella muchísimo más.

Si a ella le gustaban las banderas, la del Vaticano, lógicamente tenía muchísimo más morbo.

Cuando paró para hacer pis en la autoestrada contó el dinero: 4678 euros, 2594 dólares americanos, casi 3,000 rublos, 1800 libras esterlinas y sobre 700 u 800 euros más en otras divisas. Tales cantidades le venían muy bien ya que no tenía necesidad de tener que realizar operaciones de cambio de moneda.

Conducía en dirección sur, cuando el teléfono móvil que le pidió prestado a Belmy sonó. A ella le sobresaltó, ya que no tenía teléfono hasta que recordó no haberlo devuelto, así que lo contestó para pedirle disculpas, pero no era Belmy sino Ripley. –Mi enhorabuena chica, has resuelto el asunto con una perfección absolutamente profesional, te felicito. La monja de la caja me ha dicho que has estado divina. No te preocupes por nada ya que ella ha llamado al seguro y achacado el robo a una banda de rumanos, que suele pulular por esas dependencias. Pons, más sosegada le dijo a Ripley. Voy camino de Nápoles por la autopista, espero que tu nueva estrategia funcione.

lunes, 10 de octubre de 2011

EL VATICANO

La anotación al margen del periódico, escrita a lápiz, decía: “3 Mongoles en mi puerta.” Ésa y no otra era la orden de Langley en Virginia. Suena el teléfono, como es habitual en Ripley no recuerda dónde lo ha dejado, lo va siguiendo por el sonido que paulatinamente aumenta y lo encuentra finalmente bajo la cama, posiblemente durmiendo lo tiraría de un manotazo. Pocos tienen su número de teléfono.

Diga. –Pronunció el agente. Soy Lamarmar. –No sabes lo preocupado que me tienes chica. No paro de idear cosas para sacarte de esa ratonera. Incluso he llamado a la central y allí se me ha dicho que haga lo que sea necesario para que puedas abandonar el Vaticano. Lamarmar estaba llamando desde el gran patio porticado circular, utilizando el teléfono de una uruguaya de unos 50 años que venía de rodillas desde el arco de entrada. La mujer decía que se llamaba Belmy y le encantaba las cosas de Dios, pero que a las de los hombres no le hacía nada de asco. En eso coincidía con ella, donde se ponga el jamón y, sobre todo, aquello que empuje que se quiten los ángeles, arcángeles, tronos y serafines.

Mira Ripley –dijo Lamarmar- te puedo vestir de limpio, eres un sinvergüenza. Me tienes aquí entre los meapilas éstos de la Guardia Suiza, todo el puñetero día oyendo campanas y rezos. El impresentable de Giussepe no para de mirar fotos de niños en su ordenador portátil y beber Chianti. Esto es un ultimátum o en 24 horas me sacas de aquí o monto un lío que me tienen que echar los propios guardias suizos. –No te pongas así Lamarmar. En ningún momento me he olvidado de tu situación, pero no debes dejar de lado los hechos de Beirut. No sabemos qué informaciones puedes haber facilitado. No me creo esa desaparición tuya y luego el hospital. Me has puesto en una situación muy comprometida. Ripley se vio interrumpido por un exabrupto de Pons. –Me importa una mierda lo que pienses, estoy en el Vaticano casada con un pederasta y no aguanto más. El agente no sabía qué contestarle a su compañera, de modo que le dijo: -Puedes acercarte a la tienda de souvenirs que está situada a la derecha de la gran escalera central del edificio de Bernini. Diles que estás casada con un guardia y deseas hacer el voluntariado de ventas. Te pedirán tu documentación que tienes en regla y procura quedarte entre 5 y media y 6 menos cuarto de la tarde cerca de la caja registradora. Alguien interrumpirá los sistemas de vídeo-vigilancia y provocará un bucle con los ordenadores centrales. Coge todo el dinero y toma un taxi hasta Nápoles. Nadie te seguirá, no te preocupes. Giussepe lo repondrá y les dará cualquier explicación plausible, quizás que tus padres están enfermos y necesitas dinero para viajar o algo parecido. Una vez allí, dirígete a las taquillas del estadio con una bufanda del Fútbol Club Barcelona, alguien te abordará y te dará las instrucciones necesarias. -¿No me estarás tomando el pelo y acabaré en la cárcel? Que a los curas no les roba nadie y en todo caso, son ellos quienes te roban a ti. –Hazme caso Lamarmar, te necesito en China.

viernes, 7 de octubre de 2011

LA PAREJA CHINA

Ripley se rascaba la cabeza mientras intentaba leer The Guardian pero sus pensamientos estaban en otro lado. Parker permanecía en su suite con una mestiza brasileña y alojados en el Hotel Jerez, aunque en otra habitaciones clase turista se alojabanPeggy y él mismo.

No paraba de pensar qué hacer para rescatar a Lamarmar del muermazo del guardia suizo con quien la había casado y se sentía responsable por ello. Andaba en tales pensamientos cuando notó que por el lobby del hotel jerezano deambulaban una pareja de orientales quienes lo miraban con bastante disimulo. Qué extraño, pensó, no parecían japoneses sino chinos. Observó que ella era una mujer en sus 40 años muy bien llevados y él, por el contrario, poco más de 20. Serán madre e hijo y siguió leyendo su periódico.

Cuando levantó la mano para avisar al camarero que le sirviese otro té comentó con él: ¿Cómo es que tienen aquí al servicio de la clientela prensa inglesa del mismo día? –Muy sencillo señor, desde que desde nuestro aeropuerto, se viaja varias veces al día tanto a Inglaterra como Alemania, la dirección ha considerado que es un detalle de cortesía de un buen hotel como el nuestro, que los asiduos pueda estar al tanto de lo que ocurre en el mundo en su propia lengua señor. Ese comentario le valió al chico una propina de 10€.

Mientras tanto, en un minúsculo apartamento en los barracones de la Guardia Suiza, decorado con almanaques de los papas del siglo XX, Lamarmar pelaba patatas y miraba de reojo a Giuseppe como dormitaba en el vapuleado sofá de eskay verde. Se encontraba acorralada y por primera vez en muchos años, no acertaba a resolver las situación a la que se había visto abocada. Su casamiento la hacía ciudadana consorte del Estado del Vaticano, eso posiblemente era lo mejor de todo, pero del otro lado, su estatus profesional estaba en entredicho. Todos parecían saber más sobre sí misma que ella. Su amnesia no mejoraba. Ripley no daba señales de vida y temía volver a tomar cualquier avión para dedicarse a lo que mejor sabía hacer, pulular por los hoteles y desplumar a los incautos bajo la apariencia de puta de gran lujo. Esperaba que el guardia suizo no llegara a conocer tales referencias en ningún momento.

Giussepe, su marido, la había recibido en el aeropuerto de Roma y trasladado en una bicicleta eléctrica al Vaticano, dejando las escasas pertenencias de ella en una consigna. Llevaba como un mes allí y él no la había tocado, le dejó su cama mientras el guardia dormía en el sofá verde de eskay. Estaba claro que él la utilizaba como tapadera, exactamente igual que ella al pederasta. Desde luego las monjas habían urdido un plan perfecto que tapasen todas sospechas.

El joven chino llamó a las puertas de Ripley y sin mediar palabra le entregó el periódico del día, para inmediatamente volverse a la habitación contigua. El agente miró a ambos lados del pasillo y comprobó como la señora le sonreía y tras esperar al joven cerró la puerta.

Desplegó el periódico y vio que en la página 3 aparecía un número de teléfono. Se dirigió a la mesilla y dijo: Póngame por favor con la habitación 318. Al segundo ring le respondió una voz de mujer oriental en perfecto inglés. –This is Mrs. Lu Cha Kong, Mr. Ripley, thanks a lot for calling me so fast.

Tras la conversación telefónica, el agente taxista supo que nuevamente la agencia le asignaba un nuevo caso. Se cambió para la piscina y hacia allí se dirigió con una toalla. Jerez en esa época del año es insufrible si no se tiene aire acondicionado o se disfruta de los medios de ocio al que las personas corrientes no tienen acceso. Bajó por las escaleras, no le gustaba demasiado usar los ascensores, pueden resultar peligrosos y comprometidos, pensaba que eran auténticas ratoneras donde te podían disparar desde las puertas, el techo o el suelo y en cierto momento de su vida lo había experimentado.

Cuando se secaba la cabeza tras el refrescante baño, se recostó sobre una hamaca a la sombra y avisó al camarero, el mismo que el día anterior le había atendido en el hall. Pidió un Dry Campari poco agitado y The Guardian.

En el margen derecho de la página 3 del periódico leyó: 3 Mongoles en mi puerta. Ripley sonrió.