No era la primera vez que a Ripley lo secuestraban, ya le ocurrió en Londres cuando comenzó su carrera de agente secreto. Por entonces él debía encargarse de la vigilancia de una lavandería china frente a la Estación Victoria, también le apresaron por sorpresa cuando acudía a contestar el teléfono que sonaba en la cabina, lugar al que le llamaban para darle instrucciones. Recuerda que una excavadora levantó de cuajo la cabina mientras hablaba y lo cargaba en un camión donde un par de tipos lo ataron y amordazaron. Ésos sí que eran profesionales, no pronunciaron ni un sola palabra, vestidos con ropas y anoraks oscuros, con su capuchas puestas y gafas de sol negras. Sus manos muy expertas lo redujeron en menos de un minuto, luego arrancaron sus motos y saltaron en marcha del camión. Cuando alguien, a los dos días de aquello, le quitó la capucha a Ripley, estaban en una granja en las afueras de Amberes. Aunque tampoco a quien le retiró el capirote pudo identificarlo. Nadie le preguntó nada, nunca supo la razón por la que fue secuestrado durante casi dos semanas, por supuesto que pensó que sufriría un feroz interrogatorio sin que él pudiese contarles nada ya que era un novato y nada le explicaban en la agencia. Ahora sí sabía la razón de su secuestro, había sucumbido a su propio miedo y reconocía haber cometido un grave error presentándose en Hacienda. Se había equivocado completamente.
Se oían golpes arriba y voces en un dialecto italiano, aunque no podía a ciencia cierta decir si eran sicilianos o napolitanos. Sus palabras le llegaban entrecortadas por una música a gran volumen y eso le preocupó. Si podían realizar los ruidos que les apetecieran significaba que estaban en un lugar muy aislado o bien, por el contrario, en un barrio bullicioso donde nadie se extrañaba de nada. Estaba comenzando a escamarle que nadie se interesara por él ni le hubiesen golpeado, ese detalle era preocupante. Debía encontrarse en una habitación de madera o recubierta de madera muy basta, sucia con un grifo y un retrete. Las dimensiones de aquello podrían aproximarse a los 2 por 3 metros y notaba que una luz estaba encendida sobre su cabeza por el calor que desprendía la bombilla incandescente. Seguía esposado a la espalda.
Fuera, todo un dispositivo policial se había desplegado en la provincia de Cádiz, efectivos de la Brigada Antidisturbios procedentes de Sevilla y de Córdoba, habían sido desplegados. La Guardia Civil aunque con sus reducidos recursos, patrullaban desde Cádiz a Sanlúcar y Tarifa y, también desde Jerez hasta Ronda. Ninguna de las pesquisas estaba dando resultados positivos para el operativo policial por el secuestro de una funcionaria interina de Hacienda en El Puerto de Santa María y un ciudadano británico con residencia en Fuengirola, un tipo excéntrico que circulaba por toda la Costa del Sol conduciendo un taxi inglés a quien los lugareños llamaban el Guiri del taxi.
De pronto un crujido advirtió a Ripley que algo pasaba. Oyó como una puerta se abría y también que un par de tipos lo agarraban por debajo de los brazos y casi en volandas lo sacaban de allí. No pronunciaron ni una sola palabra, únicamente advirtió que ambos iban impregnados con Lavanda Inglesa de Atkinsons. No anduvieron demasiado tiempo, lo metieron en un cuarto de baño, pusieron ropa limpia y le quitaron las esposas, luego salieron y cerraron la puerta. El agente se quedó descolocado. Decidió quitarse la capucha y ver donde estaba. La luz lo cegó en principio hasta aclimatarse a ella y posteriormente fue haciéndose a la claridad. Estaba en un cuarto de baño algo antiguo. Toallas y ropa limpias, gel y espuma de afeitar y un par de cuchillas desechables tipo BIC. Al parecer a sus secuestradores no le interesaba tener a un rehén guarro. Decidió desnudarse y prepararse un relajante baño.
Se tranquilizó tanto en la bañera que se durmió.
Una tarantela sonaba en algún sitio. Aprovechó para afeitarse la barba de dos días y pico y se puso la ropa oscura y holgada que le habían dejado. Intuyó que podía salir de allí ya que la puerta no estaba cerrada, algo había cambiado.
Al salir del cuarto de baño se encontró con un desvencijado pasillo que en mejores tiempos tuvo que ser hermoso, estaba en un piso alto por la techumbre inclinada, bajó al salón y allí tres hombres jugaban a las cartas y oían música italiana. Lo miraron y acercaron una silla. Sederse con noi di Mr. Ripley, il boss prepara il cibo. Spaghetti alla bolognese e il rosso de la Campagna. –Dijo el más joven. Ripley se sentó a la mesa y le sirvieron vino. Alguien le ofreció un cigarrillo negro. Estuvo por rechazarlo pero también lo aceptó. La comida transcurrió sin otros incidentes que reseñar. Cuando el casero recogía la mesa, se volvió hasta él para decirle: Disculpe señor, pero si le apetece descansar un rato me lo dice para que le indique su habitación. Gracias. –Replico el agente, no dude que se lo haré saber. En ese momento se dirigió a los presentes y les habló: -¿Alguien habla inglés aquí? El joven lo miró y contestó: -Todos hablamos inglés Ripley, es usted quien no habla italiano. Qué quiere saber, pregunte y le contestaremos hasta donde podamos hacerlo. Nosotros somos meros correos y estamos a la espera de instrucciones, mientras tanto, nos pareció cruel que usted permaneciese en condiciones tan deprimentes, no somos unos canallas asesinos pero si hay que matar también lo hacemos, es nuestro oficio señor, exactamente el mismo que usted. ¿No es cierto Mr. Ripley? El agente asintió con la cabeza. De modo que. –Siguió hablando el joven. Usted puede moverse con toda libertad por la finca y le aconsejo que no intente una huída loca ya que los españoles saben que es un agente secreto. Puede hacer lo que quiera pero considero que está más seguro con nosotros, mucho más seguro. ¿Qué hay de la chica? –Interpeló. Está dando un paseo a caballo con nuestro jefe, calculo que volverán en un par de horas. –Y no consideran que si la policía española la encontrase se levantaría el operativo que no dudo se habrá preparado. –Sí señor pero resulta que ahora no quiere irse, ha decidido huir del país y facilitarnos las claves de un par de cuentas corrientes donde la Hacienda española mantiene las retenciones de impuestos pendientes. Ella calcula que puede haber entre 6 y 8 millones de euros. Se le ha ofrecido un 50% y cambio de identidad y ha aceptado. Lo que son las cosas, entre un empleado de Hacienda y un mafioso solo existe la diferencia de saber o no saber el número de una cuenta corriente.
Ah, me olvidaba. –Dijo el joven. Mire en ese cajón y recupere su pistola, no es recomendable no ir armado cuando estamos inmersos en un cerco policial.