SI ALGUNA VEZ ENTRA EN UN TAXI INGLÉS MIRE LA CARA DEL CONDUCTOR Y SI ES RIPLEY NO LO TOME

viernes, 7 de octubre de 2011

LA PAREJA CHINA

Ripley se rascaba la cabeza mientras intentaba leer The Guardian pero sus pensamientos estaban en otro lado. Parker permanecía en su suite con una mestiza brasileña y alojados en el Hotel Jerez, aunque en otra habitaciones clase turista se alojabanPeggy y él mismo.

No paraba de pensar qué hacer para rescatar a Lamarmar del muermazo del guardia suizo con quien la había casado y se sentía responsable por ello. Andaba en tales pensamientos cuando notó que por el lobby del hotel jerezano deambulaban una pareja de orientales quienes lo miraban con bastante disimulo. Qué extraño, pensó, no parecían japoneses sino chinos. Observó que ella era una mujer en sus 40 años muy bien llevados y él, por el contrario, poco más de 20. Serán madre e hijo y siguió leyendo su periódico.

Cuando levantó la mano para avisar al camarero que le sirviese otro té comentó con él: ¿Cómo es que tienen aquí al servicio de la clientela prensa inglesa del mismo día? –Muy sencillo señor, desde que desde nuestro aeropuerto, se viaja varias veces al día tanto a Inglaterra como Alemania, la dirección ha considerado que es un detalle de cortesía de un buen hotel como el nuestro, que los asiduos pueda estar al tanto de lo que ocurre en el mundo en su propia lengua señor. Ese comentario le valió al chico una propina de 10€.

Mientras tanto, en un minúsculo apartamento en los barracones de la Guardia Suiza, decorado con almanaques de los papas del siglo XX, Lamarmar pelaba patatas y miraba de reojo a Giuseppe como dormitaba en el vapuleado sofá de eskay verde. Se encontraba acorralada y por primera vez en muchos años, no acertaba a resolver las situación a la que se había visto abocada. Su casamiento la hacía ciudadana consorte del Estado del Vaticano, eso posiblemente era lo mejor de todo, pero del otro lado, su estatus profesional estaba en entredicho. Todos parecían saber más sobre sí misma que ella. Su amnesia no mejoraba. Ripley no daba señales de vida y temía volver a tomar cualquier avión para dedicarse a lo que mejor sabía hacer, pulular por los hoteles y desplumar a los incautos bajo la apariencia de puta de gran lujo. Esperaba que el guardia suizo no llegara a conocer tales referencias en ningún momento.

Giussepe, su marido, la había recibido en el aeropuerto de Roma y trasladado en una bicicleta eléctrica al Vaticano, dejando las escasas pertenencias de ella en una consigna. Llevaba como un mes allí y él no la había tocado, le dejó su cama mientras el guardia dormía en el sofá verde de eskay. Estaba claro que él la utilizaba como tapadera, exactamente igual que ella al pederasta. Desde luego las monjas habían urdido un plan perfecto que tapasen todas sospechas.

El joven chino llamó a las puertas de Ripley y sin mediar palabra le entregó el periódico del día, para inmediatamente volverse a la habitación contigua. El agente miró a ambos lados del pasillo y comprobó como la señora le sonreía y tras esperar al joven cerró la puerta.

Desplegó el periódico y vio que en la página 3 aparecía un número de teléfono. Se dirigió a la mesilla y dijo: Póngame por favor con la habitación 318. Al segundo ring le respondió una voz de mujer oriental en perfecto inglés. –This is Mrs. Lu Cha Kong, Mr. Ripley, thanks a lot for calling me so fast.

Tras la conversación telefónica, el agente taxista supo que nuevamente la agencia le asignaba un nuevo caso. Se cambió para la piscina y hacia allí se dirigió con una toalla. Jerez en esa época del año es insufrible si no se tiene aire acondicionado o se disfruta de los medios de ocio al que las personas corrientes no tienen acceso. Bajó por las escaleras, no le gustaba demasiado usar los ascensores, pueden resultar peligrosos y comprometidos, pensaba que eran auténticas ratoneras donde te podían disparar desde las puertas, el techo o el suelo y en cierto momento de su vida lo había experimentado.

Cuando se secaba la cabeza tras el refrescante baño, se recostó sobre una hamaca a la sombra y avisó al camarero, el mismo que el día anterior le había atendido en el hall. Pidió un Dry Campari poco agitado y The Guardian.

En el margen derecho de la página 3 del periódico leyó: 3 Mongoles en mi puerta. Ripley sonrió.

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