La anotación al margen del periódico, escrita a lápiz, decía: “3 Mongoles en mi puerta.” Ésa y no otra era la orden de Langley en Virginia. Suena el teléfono, como es habitual en Ripley no recuerda dónde lo ha dejado, lo va siguiendo por el sonido que paulatinamente aumenta y lo encuentra finalmente bajo la cama, posiblemente durmiendo lo tiraría de un manotazo. Pocos tienen su número de teléfono.
Diga. –Pronunció el agente. Soy Lamarmar. –No sabes lo preocupado que me tienes chica. No paro de idear cosas para sacarte de esa ratonera. Incluso he llamado a la central y allí se me ha dicho que haga lo que sea necesario para que puedas abandonar el Vaticano. Lamarmar estaba llamando desde el gran patio porticado circular, utilizando el teléfono de una uruguaya de unos 50 años que venía de rodillas desde el arco de entrada. La mujer decía que se llamaba Belmy y le encantaba las cosas de Dios, pero que a las de los hombres no le hacía nada de asco. En eso coincidía con ella, donde se ponga el jamón y, sobre todo, aquello que empuje que se quiten los ángeles, arcángeles, tronos y serafines.
Mira Ripley –dijo Lamarmar- te puedo vestir de limpio, eres un sinvergüenza. Me tienes aquí entre los meapilas éstos de la Guardia Suiza, todo el puñetero día oyendo campanas y rezos. El impresentable de Giussepe no para de mirar fotos de niños en su ordenador portátil y beber Chianti. Esto es un ultimátum o en 24 horas me sacas de aquí o monto un lío que me tienen que echar los propios guardias suizos. –No te pongas así Lamarmar. En ningún momento me he olvidado de tu situación, pero no debes dejar de lado los hechos de Beirut. No sabemos qué informaciones puedes haber facilitado. No me creo esa desaparición tuya y luego el hospital. Me has puesto en una situación muy comprometida. Ripley se vio interrumpido por un exabrupto de Pons. –Me importa una mierda lo que pienses, estoy en el Vaticano casada con un pederasta y no aguanto más. El agente no sabía qué contestarle a su compañera, de modo que le dijo: -Puedes acercarte a la tienda de souvenirs que está situada a la derecha de la gran escalera central del edificio de Bernini. Diles que estás casada con un guardia y deseas hacer el voluntariado de ventas. Te pedirán tu documentación que tienes en regla y procura quedarte entre 5 y media y 6 menos cuarto de la tarde cerca de la caja registradora. Alguien interrumpirá los sistemas de vídeo-vigilancia y provocará un bucle con los ordenadores centrales. Coge todo el dinero y toma un taxi hasta Nápoles. Nadie te seguirá, no te preocupes. Giussepe lo repondrá y les dará cualquier explicación plausible, quizás que tus padres están enfermos y necesitas dinero para viajar o algo parecido. Una vez allí, dirígete a las taquillas del estadio con una bufanda del Fútbol Club Barcelona, alguien te abordará y te dará las instrucciones necesarias. -¿No me estarás tomando el pelo y acabaré en la cárcel? Que a los curas no les roba nadie y en todo caso, son ellos quienes te roban a ti. –Hazme caso Lamarmar, te necesito en China.
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