SI ALGUNA VEZ ENTRA EN UN TAXI INGLÉS MIRE LA CARA DEL CONDUCTOR Y SI ES RIPLEY NO LO TOME

martes, 11 de octubre de 2011

ROBO EN EL VATICANO


Tras sobornar a un niño con comprarle una consola Play Station y asegurarse que el chiquillo la ayudaría en todo lo que pidiese, Pons se dirigió hacia la tienda de souvenirs que se encuentra localizada en los bajos de los pórticos de Bernini, en la gran plaza circular del Vaticano. Allí se presentó como voluntaria y les contó la mentira que Ripley había preparado y que ni ella misma podía creerse pero, a veces, lo mejor es seguir las instrucciones de quienes te mandan. La monja que estaba sentada cobrando en la caja fue informada sobre la llegada de la Lamarmar y sonriendo, le ofreció que tomase asiento, mientras ella se ausentaba, en ese momento a la agente le vino una duda, cómo podría cobrar si no conocía ningún precio de lo que allí se vendía. Al parecer la monja lo notó y le hizo saber que únicamente debería pasar el lector del código de barras y todo aquello que no estuviese provisto del mismo, únicamente debía entregarlo a alguna de las voluntarias para que lo pusiese. Dicho esto se fue y Pons se puso a cobrar a los peregrinos.

El niño, estaba encargado de esperar la señal convenida, para subirse a cualquiera de las estanterías donde hubiese algún detector de humos con un encendedor y esperar hasta que la pasta se derritiese y se disparasen todas los aspersores antifuego instalados en el techo. Momento en que los compradores deberían abandonar la tienda precipitadamente y ella arrebatar el dinero.

Como quiera que Pons vivía en el recinto de la Ciudad del Vaticano, no saldría por la gran plaza, en la que tarde o temprano corría riesgos de ser capturada, aprovechando su tarjeta codificada de residente huiría por atrás con el niño.

Y lo cierto es que la estratagema les salió bastante bien. La caja contenía una buena cantidad de dinero en ella. Cuando el niño saltó imitando al mejor Burt Lancaster a la estantería y prendió fuego al detector, ella abrió su gran bolso con su pasaporte, un móvil, su Smith & Wesson y la bandera del Vaticando abierta, sobre la que volcó toda la recaudación sin dejar ni una moneda, luego se dirigió hacia la puerta entre los empujones de los visitantes y compradores, el agua que caía sobre todos y las sirenas de los bomberos con el niño de la mano para, inmediatamente entrar a una puerta que conducía a los aseos, pero por donde también, los residentes podían pasar a las dependencias propias.

El Fiat Punto alquilado por la mañana se encontraba perfectamente aparcado. Pulsó el botón de apertura a distancia y saltaron a bordo para alejarse rápidamente de allí. El niño estaba deseando ver su dinero pero Lamarmar le dijo que mirase en el asiento trasero, donde, efectivamente una caja impecable contenía la versión más moderna de su deseada Play Station. La cara del chiquillo expresaba la mayor felicidad. Cuando lo dejó en Plaza Narbona, Filippo de 9 años describió una representación fenomenal, se llevo el dedo índice a la boca en posición horizontal y le guiñó un ojo a Lamarmar. Aquel niño había iniciado ese día una próspera carrera.

Lamarmar tenía un manía, por donde quiera que fuese compraba una bandera, pero lo que no sabía nadie es que las utilizaba para hacerse delantales sexys y usarlos en sus orgías. Le encantaba verse el culo reflejados en los espejos de las habitaciones de hotel y, también, como sus pezones se salían del peto. A sus clientes les gustaba ese juego pero posiblemente a ella muchísimo más.

Si a ella le gustaban las banderas, la del Vaticano, lógicamente tenía muchísimo más morbo.

Cuando paró para hacer pis en la autoestrada contó el dinero: 4678 euros, 2594 dólares americanos, casi 3,000 rublos, 1800 libras esterlinas y sobre 700 u 800 euros más en otras divisas. Tales cantidades le venían muy bien ya que no tenía necesidad de tener que realizar operaciones de cambio de moneda.

Conducía en dirección sur, cuando el teléfono móvil que le pidió prestado a Belmy sonó. A ella le sobresaltó, ya que no tenía teléfono hasta que recordó no haberlo devuelto, así que lo contestó para pedirle disculpas, pero no era Belmy sino Ripley. –Mi enhorabuena chica, has resuelto el asunto con una perfección absolutamente profesional, te felicito. La monja de la caja me ha dicho que has estado divina. No te preocupes por nada ya que ella ha llamado al seguro y achacado el robo a una banda de rumanos, que suele pulular por esas dependencias. Pons, más sosegada le dijo a Ripley. Voy camino de Nápoles por la autopista, espero que tu nueva estrategia funcione.

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