SI ALGUNA VEZ ENTRA EN UN TAXI INGLÉS MIRE LA CARA DEL CONDUCTOR Y SI ES RIPLEY NO LO TOME

viernes, 4 de noviembre de 2011

UNA CAJA DE CAMPANILES

¿Se puede poner Mr. Parker? –Indicó a la secretaria del famoso catador americanos de vinos. –Eso es imposible y lo sabes Ripley. Mr. Parker nunca atiende el teléfono celular personalmente, para eso me tiene a mi, algo que por cierto me parece una tontería de las muchas que hace. Es urgente que hable con él Peggy. –Insistió. Sabes que no puedo ponerte, pero si insistes se lo puedo transmitir dentro de un rato, ahora mismo se encuentra en el baño, ya sabes que antes de realizar sus catas se lava escrupulosamente y reza 3 Padrenuestros y un montón de Avemarías, algo que no comprendo dado que es judío pero intentar racionalizar algo con este hombre es una pérdida de tiempo. El agente volvió a insistir y ella se negó de nuevo.

Tenía que conocer la agenda de Robert Mcdowell Parker, eso le podría indicar qué sabía el MOSAD. Su trabajo no era anticiparse a los hechos únicamente notificar a Langley de lo que sabía. Su prestigio se había visto afectado por el incidente de Hacienda, que por cierto no le había afectado en su integridad física como mucho había temido. Miró al techo y descubrió dos detectores de humo, de modo que tuvo que acercarse al ascensor y salir a la puerta del hotel para poder fumarse uno de sus Pallmall San Francisco, a los que daba fuertes bocanadas. Miraba la avenida y el paso del tráfico cuando en ese momento se le ocurrió un buen motivo para llamar la atención de Parker.

Paró un taxi y le pidió al conductor que le llevase a una de esas nuevas licorerías que están comenzando a pulular por las grandes ciudades. Una vez dentro y rodeado de vinos, preguntó al encargado si tenía algún vino de bajo precio que tuviera cierta presencia para una broma con unos amigos, éste lo miró y le dijo que participaría gustoso en la guasa, para añadir. Pues sí, últimamente todos quieren aparentar que tienen un paladar exquisito, déjeme que le busque por aquí un vinito. Sí, aquí está, esta botella de Campanile le servirá, es un buen tinto, sabor muy agradable y color más que aceptable. Es de una bodega de Sardinia familiar y yo la bebo en casa muchas veces, le aseguro que si se la pone a sus amigos dirán que se trata de un vino carísimo. ¿Me puede poner una caja? –Dijo Ripley. Creo que lamentablemente no tengo 12 botellas, pero sí una caja, además de madera para 6. ¿Le parece bien? –Magnífico es lo que esperaba, cuánto le debo señor. –Eso depende si se la lleva usted o la envío donde me diga. –Ah, eso sí que me ayudaría mucho. Mire le doy la dirección y usted se encarga que llegue al signore Robert Mc Parker. –Pues sabe usted que me suena este nombre, no puedo asociarlo ahora mismo pero estoy seguro que pronto lo haré. Le aseguro que esta misma noche la caja estará embarcada en el avión. Ripley pagó y agradeció al encargado su amabilidad, ahora sí tenía un motivo para que el catador le hiciese caso, intuía que aunque sabía de vinos tampoco era un portento, lo habían aupado a la popularidad ciertos periodistas y gourmets por el halo de glamour kitsch que lo rodeaba. Esperaba que su estratagema surtiese efecto.

Muy satisfecho volvió a encender un San Francisco y volvió al hotel paseando, no muy lejos de él una pareja de jóvenes se liaban un cigarrillo de marihuana con una cerveza de litro sobre un banco. Los miró y ellos ni siquiera lo advirtieron. De joven también consumió esta sustancia con gran placer, no le parecía ninguna droga.

Una vez en su habitación volvió a llamar a Peggy, la diferencia horaria le convenía. Ella le contestó: -Dime Albert, soy Peggy. –Anota que mañana llegará una caja de 6 botellas para el señor Parker, se trata de Campaniles, un vino exquisito y nada publicitado. Si te pregunta él puedes decirle que todavía estoy en Nápoles. ¿Me quieres decir que te has atrevido a poner a prueba a mi jefe? –En absoluto Peggy, en absoluto pero dile que lo pruebe y si le gusta puedo acercarme a la bodega. –Está bien, así se lo haré saber pero ya sabes que no le gusta nada que jueguen con estos asuntos. –No pierde nada, si no le gusta que lo tire y en paz. ¿Has cenado ya Peggy? –Me dispongo a hacerlo ahora Albert, muchas gracias. Te llamaré en cuanto el vino haya llegado a San Francisco y Parker lo tenga en su copa. Buenas noches.

El cebo estaba echado, ahora solo faltaba esperar. Parker no podía permitirse no probar el vino, se consideraba un dios de la enología, un ente superior que había llegado al mundo para enseñar a los mortales qué debían beber o arrojar por el hueco del retrete.

LAMARMAR EN CHINA

Cuando Lamarmar Pons arrastraba su equipaje de mano trolley por el finger de aquel aeropuerto alejado poco menos de un centenar de kilómetros de Peking, no se imaginaba lo que China le iba a ofrecer. Caminaba desganada y ojerosa, 10 horas de avión le habían molido sus huesos. Supo que Ripley había llegado sano y salvo a Nápoles, esquivando el cerco que policías y guardias civiles habían establecido para detener a los autores del secuestro de un inglés y una funcionaria interina de Hacienda. La noticia la recogía el periódico The Guardian que llevaba en la mano, ni siquiera la Interpol comprendía cómo habían desaparecido, suponían que un helicóptero los había trasladado a las inmediaciones de la bahía de Setúbal y un barco los habría llevado rumbo a Madeira.

Y ahora cómo explico yo al Director General de Seguridad que habéis perdido a 6 o 7 personas. –Dijo Sebastián Martínez. ¡Maldita sea que me pase esto a mi ahora que estamos en el comienzo de la campaña electoral que seguro perdemos. González, González venga inmediatamente a mi despacho! –Ordenó el primer secretario de la DGS. Manolo González era un policía joven, afecto al Partido Socialista Obrero Español, no demasiado bien formado y con muy poca experiencia en el campo policial pero extraordinariamente atractivo. Precisamente por esa razón, González fue ascendido de aquella inmunda comisaría de Ayamonte en Huelva a la mismísima Delegación del Gobierno en la bella Plaza de Armas de Sevilla, él sabía bien camelarse a las esposas de los comisarios y no hacía ascos ni a edad ni a condición física, era el prototipo del trepador. Se sabía que más pronto que tarde llegaría a Director General. Llamó suavemente con los nudillos en la puerta del primer secretario. Una voz le recibió a gritos. –Entre ya González que estoy esperándole. A sus órdenes señor primer secretario. –Dijo cuadrándose el cínico de Manolo González mirando la solería del despacho.

Posiblemente durase casi 20 minutos el broncazo que recibió el joven policía de su inmediato jefe, chaparrón que recibió González con su habitual actitud hipócrita y únicamente interrumpiendo al otro para decir frases como: Si usted lo dice señor o tiene toda la razón. Tras la bronca, el primer secretario le pidió al policía que lo acompañase para subir a la cuarta planta y presentar informe oral al director general de la Policía Española. -Vamos allá González, de esta me voy a librar porque perdemos las elecciones y me han puesto el tercero por Madrid, de lo contrario mi carrera se habría esfumado. No le pasará eso al director que no está respaldado por las listas ya que pretendían ponerlo de primer secretario en Washington, estará que trina.

Lamarmar Pons recogió su segunda maleta y buscó por los alrededores un carrito y en eso un joven chino muy atento le cedió el suyo. Ella lo miró cuando se alejaba y se dijo que le apetecería darle un revolcón, de modo que lo llamó: Oiga por favor, quiero agradecerle su delicado gesto. El joven se volvió sonriendo, le invitó a que pusiese en el carro su voluminosa maleta fucsia de lo más cutre y el muchacho descansó. Una mano de Lamar se deslizó y le rozó sus genitales mientras le sonreía diciéndole: Hace mucho tiempo que quería conocer un país tan lleno de contrastes como el suyo, amigo mío, me encantaría que me enseñase su geografía. ¿Qué le parece? Encantado. –Dijo el joven.

La agente sabía por experiencia que en cualquier momento la agencia se pondría en contacto con ella pero mientras tanto un buen revolcón la pondría en forma. Resolver el complicado asunto de conseguir que Mongolia perdiese en el partido de vuelta, cuando ya en Peking había vapuleado a China nada menos marcándole tres goles a la selección china era de los asuntos más difíciles que se le podía ocurrir. De seguir las indicaciones del Capo de tutti Capi napolitano de colocar un artefacto explosivo en el vestuario del estadio nacional mongol, saltaría las alarmas de la Interpol y a los chinos eso no le gustaba; si se secuestraban a las estrellas y debían ser sustituidas por otras también la prensa hablaría de ello y no era lo que se pretendía. No quedaba otro remedio que el soborno, en el mundo del fútbol y en general en todos los deportes el dinero es la mejor arma, no obstante tenía que pensar que no todos deberían estar al tanto ya que alguien podía arrepentirse y contarlo.

El joven avisó a un taxi y Lamar y él se acomodaron dentro. Ella preguntó si a Lieu, que ése era el nombre del muchacho, le importaba acompañarla al Raffles Beijing Hotel y éste le contestó que encantado. De modo que la agente se preparaba para una mañana movidita. Desde luego la agencia no escatimaba recursos para su personal, el hotel era majestuoso.

El jacuzzi estaba colocado frente a una gran cristalera y allí Lamarmar se reponía del combate que había mantenido con el joven chino, quien oportunamente ya se había ido. Seguía la máxima de su abuela de Jaén en España que siempre decía: “Aceitunita comida huesito fuera.” Cuando finalmente salió del baño de sales, se miró y recreó desnuda en el gran espejo y se dijo: -Pons para tener ya 48 años no estás nada mal chica.

Su teléfono móvil recibió una llamada pero colgaron antes que ella pudiese cogerlo. Un par de minutos después volvían a llamarla y esta vez sí pudo responder por el teléfono sin manos que estaba instalado en el cuarto de baño. ¿Hablo con la Señora Pons? –Sí. ¿Se encuentra usted bien acomodada o necesita algo más? –Estoy muy bien, muchísimas gracias por sus atenciones. –Replicó Lamar. En unos 15 minutos la esperamos en la cafetería. Póngase ropa discreta por favor, no queremos levantar ninguna sospecha. –Así lo haré, no se preocupe.

Se acercó a la brillante barra y pidió un Dry Campari, siempre le gustaba comenzar su trabajo con esta deliciosa bebida. El camarero le sirvió su bebida y una pequeña bandeja de plata con una nota que decía: “Le espero junto al ventanal, soy la Sra. Lu Cha Kong.” Pons recordaba ese nombre, se lo había comentado Ripley.

Caminó lentamente hasta la mesa más apartada de la cafetería, por cierto un lugar muy bueno por las vistas de la ciudad y tras saludar bajando los ojos se sentó junto a la señora china. –Nos alegra mucho que haya podido desplazarse hasta un lugar tan exótico como el nuestro señora Pons, entendemos que ya han elegido un método para resolver el asunto que nos concierne. Ya sabe usted, el deporte une a los pueblos. –La china paladeaba cada palabra cuando las decía, se regocijaba en ellas. Aprendí español siendo muy jovencita y estando destinada en Buenos Aires, me gusta su idioma, me parece muy elegante. Muy agradecido. –Replicó Lamar. Pues bien, le diré, he estado pensando que lo mejor es abordar al entrenador y algunos delanteros mongoles y ofrecerles lo que sin lugar a dudas siempre han deseado. Un grupo de psicólogos los están estudiando de modo que nos sea fácil acertar con sus gustos. La china asintió. Pons siguió hablando. –Supongo que por recursos económicos no tendremos problemas. ¿Me equivoco? La señora Lu Cha Kong sonrió. La negociación iba por buen camino.

El camarero se volvió a acercar por la mesa donde estaban las dos mujeres. Eran poco menos de las dos de la tarde. La señora Cha Kong preguntó a Lamarmar si ya había comido y ésta contestó que no.

Me lo suponía. –Dijo Lu. Por eso me he permitido encargar un almuerzo en su suite, no olvide que conozco su cultura y también pasé una etapa en Marbella. Es su hora de almorzar, de modo que le ruego que volvamos a su suite y terminemos de aclarar los cabos sueltos de esta misión y otros que ahora se me ocurren viéndola personalmente. Lamar nunca había estado con otra mujer pero el hecho de hacerlo por primera vez en la ciudad de Peking frente a una dama tan bella le satisfacía mucho. Así que la agente respondió: señora Lu, ¿puedo llamarla por su nombre pila supongo? Quizás comamos hoy otras cosas mucho más apetecibles arriba.

martes, 1 de noviembre de 2011

EL RECLUTAMIENTO

El agente paseaba por la finca, rodeado de escarpados e impresionantes riscos, sentía algo de calor y miraba la serranía, le habían dicho que la situada hacia el sudeste tenía por nombre Silla del Caballo y avanzando como una hora subiendo, desde donde estaba no se podía ver, está el Salto de Cabrero.

Los agentes secretos no nacen y en eso tampoco fui una excepción. Mi infancia en Wakefield no difería del resto de los niños de mi ciudad, mis padres eran mecánico dentista y sombrerera, cuarto hijo y menor de la familia. Mi abuela materna vivió con nosotros y esta circunstancia hizo que tuviese que compartir habitación con ella, mis tres hermanas hacían lo mismo en el dormitorio restante. Mi padre era un hombre alto y grande, muy aficionado a la cerveza pero amable y tierno, pero por el contrario, de mi madre guardo peores recuerdos, tanto por su excesiva severidad como por su patológica y maniática afición a la limpieza. Pretender conseguir un lugar donde la pulcritud reinase, teniendo en cuenta que la familia estaba integrada por 7 personas y donde papá trabajaba en el salón, era una tarea imposible. Entre nuestro padre establecíamos vínculos de complicidad todos los hijos, los guiños, sonrisas y señales con hombros y manos estaban a la orden del día, llegamos a hablar sin pronunciar sonidos. Recuerdo muy bien cuando llegaba del colegio y dejaba mis cosas en el cuarto, buscaba la cara de papá para saber en qué circunstancias se encontraba la casa y éste, a su vez, respondía con precisión a su demanda; si agachaba los ojos un par de veces significaba que la cosa no andaba bien y que si no tenía obligación de estudiar demasiado, lo mejor era que me buscase cualquier excusa y saliese hasta que se apaciguasen los ánimos que andaban exaltados; si mi padre me recibía arqueando la ceja derecha todo andaba a la perfección y me acercaba a la nevera para llevarle una Miller bien fresca, contra la costumbre inglesa de tomarla del tiempo, esa hábito lo aprendió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando acompañó a las fuerzas del General Patton en Italia. Nunca estuvo en primera línea de combate, era cartero y por ello se limitaba a repartir las sacas de correo procedentes de los Estados Unidos a los motoristas que incansablemente recorrían el frente con órdenes, medicamentos y correo. Y fue en Nápoles donde por primera vez probó una cerveza muy fría, su sabor le chocó por primera vez pero luego se fue aficionando al frescor, ayudado por el profundo calor de aquella zona, así que cuando la guerra terminó y fue licenciado, siempre que podía las bebía muy frescas y soportaba con estoicismo las burlas y chanzas que sus amigos y conocidos hacían cada vez que aparecía con un vaso de cerveza negra lo más fría posible. El agente evocaba la connivencia entre padre e hijos y se haría tedioso relatar aquí la larga suerte de señas por la se entendían sin formular palabras casi todo. Puede que ese entrenamiento sí sirviese para su posterior carrera de agente secreto.

Ripley trabajaba para la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, la C.I.A. pero él era inglés y eso chocaba. Tampoco su formación era la habitual en la mayoría del personal de la Agencia. Él era un joven conductor de taxi en Londres aunque no le hubiese disgustado seguir con la profesión paterna, pero nunca fue un buen estudiante, le gustaba demasiado la calle y no conducía mal. En cierta ocasión, desde la central telefónica, le llamaron por la radio de su vehículo que había podido comprar ahorrando con gran dificultad, por pertenecer a un tío que sufrió un ictus, para que se acercase a Heathrow a recoger ciertos equipajes y así lo hizo. Estos encargos se fueron manteniendo en el tiempo y al menos un par de veces a la semana, todas las tardes, se acercaba al mostrador de TWA para hacerse cargo de tales envíos. Una vez en su poder, tenía instrucciones muy claras de no alejarse de ellos en ningún momento, incluso para entrar al baño debía meter las maletas consigo y esta advertencia, Ripley la cumplía escrupulosamente. Del mismo modo, la entrega la realizaba siempre a una persona distinta en la estación Victoria, para ello debía sentarse en ciertos bancos y observar a los cientos de personas que transitaban por esta gran estación e identificar a alguien que llevase un ejemplar del Times doblado por la tercera página y que también, llevase una bolsa de Harrods bajo el brazo. Ésa y no otra persona era la receptora del equipaje que recogía del aeropuerto. Así se llevó dos años. Él intuía que el contenido de las maletas debía tener un gran interés. Le pagaban por ello muy bien y en ocasiones llegó a pasarse hasta 5 horas de espera en aquella estación. Incluso se atrevería a decir que lo probaban de vez en cuando, ya que la misma persona que cumplía las dos variables antes descrita, pasaba antes con el periódico doblado por la tercera página y luego con la bolsa doblada bajo el brazo, luego lo que se perseguía era asegurarse que nadie se hiciera con las maletas de no estar perfectamente autorizado.

Tras aquel período, siempre por la radio de su taxi, recibió un día la orden de dirigirse a cierta taberna de la City donde lo abordó un individuo de aspecto tejano y le ofreció si quería trabajar para él de modo permanente. Esta petición le encantó, el salario no era malo, su ocupación le permitía recorrer las calles y llevar personas y cosas a cualquier lugar, del entrenamiento que no se preocupase y de esta manera se convirtió en agente secreto de un gobierno extranjero, como única condición no revelar esta circunstancia a nadie bajo serias amenazas de ser localizado y eliminado de la organización.

En tales pensamientos estaba Ripley paseando por aquella intrincada finca de Benaocaz, en la provincia de Cádiz, con un grupo de mafiosos italianos y una funcionaria interina que se iniciaba en el mundo del engaño nada menos que estafando a la Hacienda española. Le habían dicho que estaban esperando órdenes de Nápoles para ser evacuados, mientras tanto los jóvenes reporteros de Canal Sur Televisión y de Atlas, una empresa subcontratada para Tele5 andaban de acá para allá, entrevistando a todos aquellos que sin saber nada del secuestro, pretendían sus 5 minutos de gloria, inventándose itinerarios imposibles y dando testimonio de lo que desconocían, así, efectivamente, se demostraba una vez más, que si quieres que alguien no te vea haciendo algo, lo mejor es hacerlo a cara descubierta y a plena luz del día.

Lo que nunca pudo suponer el agente es que a Nápoles se le ocurriese rescatarlos robando un furgón del Grupo de Intervención, a los que comúnmente se conoce como la policía antidisturbios de Córdoba. Dónde mejor que en un vehículo verdadero de la policía para escoltarlos y llevarlos hasta Cabo Pino, en las inmediaciones de Fuengirola para tomar un yate que ponga rumbo a Cerdeña.

Ripley encendió otro Pallmall San Francisco y le dio una profunda bocanada. No tenía ni la menor idea de lo que el destino le deparaba aunque tampoco eso le preocupaba demasiado. La noche era espléndida y el silencio de la sierra permitía oír cualquier ruido a gran distancia, sólo oía música de tarantelas en la casa y a los mulos en las cuadras.

miércoles, 26 de octubre de 2011

EL ZULO



No era la primera vez que a Ripley lo secuestraban, ya le ocurrió en Londres cuando comenzó su carrera de agente secreto. Por entonces él debía encargarse de la vigilancia de una lavandería china frente a la Estación Victoria, también le apresaron por sorpresa cuando acudía a contestar el teléfono que sonaba en la cabina, lugar al que le llamaban para darle instrucciones. Recuerda que una excavadora levantó de cuajo la cabina mientras hablaba y lo cargaba en un camión donde un par de tipos lo ataron y amordazaron. Ésos sí que eran profesionales, no pronunciaron ni un sola palabra, vestidos con ropas y anoraks oscuros, con su capuchas puestas y gafas de sol negras. Sus manos muy expertas lo redujeron en menos de un minuto, luego arrancaron sus motos y saltaron en marcha del camión. Cuando alguien, a los dos días de aquello, le quitó la capucha a Ripley, estaban en una granja en las afueras de Amberes. Aunque tampoco a quien le retiró el capirote pudo identificarlo. Nadie le preguntó nada, nunca supo la razón por la que fue secuestrado durante casi dos semanas, por supuesto que pensó que sufriría un feroz interrogatorio sin que él pudiese contarles nada ya que era un novato y nada le explicaban en la agencia. Ahora sí sabía la razón de su secuestro, había sucumbido a su propio miedo y reconocía haber cometido un grave error presentándose en Hacienda. Se había equivocado completamente.

Se oían golpes arriba y voces en un dialecto italiano, aunque no podía a ciencia cierta decir si eran sicilianos o napolitanos. Sus palabras le llegaban entrecortadas por una música a gran volumen y eso le preocupó. Si podían realizar los ruidos que les apetecieran significaba que estaban en un lugar muy aislado o bien, por el contrario, en un barrio bullicioso donde nadie se extrañaba de nada. Estaba comenzando a escamarle que nadie se interesara por él ni le hubiesen golpeado, ese detalle era preocupante. Debía encontrarse en una habitación de madera o recubierta de madera muy basta, sucia con un grifo y un retrete. Las dimensiones de aquello podrían aproximarse a los 2 por 3 metros y notaba que una luz estaba encendida sobre su cabeza por el calor que desprendía la bombilla incandescente. Seguía esposado a la espalda.

Fuera, todo un dispositivo policial se había desplegado en la provincia de Cádiz, efectivos de la Brigada Antidisturbios procedentes de Sevilla y de Córdoba, habían sido desplegados. La Guardia Civil aunque con sus reducidos recursos, patrullaban desde Cádiz a Sanlúcar y Tarifa y, también desde Jerez hasta Ronda. Ninguna de las pesquisas estaba dando resultados positivos para el operativo policial por el secuestro de una funcionaria interina de Hacienda en El Puerto de Santa María y un ciudadano británico con residencia en Fuengirola, un tipo excéntrico que circulaba por toda la Costa del Sol conduciendo un taxi inglés a quien los lugareños llamaban el Guiri del taxi.

De pronto un crujido advirtió a Ripley que algo pasaba. Oyó como una puerta se abría y también que un par de tipos lo agarraban por debajo de los brazos y casi en volandas lo sacaban de allí. No pronunciaron ni una sola palabra, únicamente advirtió que ambos iban impregnados con Lavanda Inglesa de Atkinsons. No anduvieron demasiado tiempo, lo metieron en un cuarto de baño, pusieron ropa limpia y le quitaron las esposas, luego salieron y cerraron la puerta. El agente se quedó descolocado. Decidió quitarse la capucha y ver donde estaba. La luz lo cegó en principio hasta aclimatarse a ella y posteriormente fue haciéndose a la claridad. Estaba en un cuarto de baño algo antiguo. Toallas y ropa limpias, gel y espuma de afeitar y un par de cuchillas desechables tipo BIC. Al parecer a sus secuestradores no le interesaba tener a un rehén guarro. Decidió desnudarse y prepararse un relajante baño.

Se tranquilizó tanto en la bañera que se durmió.

Una tarantela sonaba en algún sitio. Aprovechó para afeitarse la barba de dos días y pico y se puso la ropa oscura y holgada que le habían dejado. Intuyó que podía salir de allí ya que la puerta no estaba cerrada, algo había cambiado.

Al salir del cuarto de baño se encontró con un desvencijado pasillo que en mejores tiempos tuvo que ser hermoso, estaba en un piso alto por la techumbre inclinada, bajó al salón y allí tres hombres jugaban a las cartas y oían música italiana. Lo miraron y acercaron una silla. Sederse con noi di Mr. Ripley, il boss prepara il cibo. Spaghetti alla bolognese e il rosso de la Campagna. –Dijo el más joven. Ripley se sentó a la mesa y le sirvieron vino. Alguien le ofreció un cigarrillo negro. Estuvo por rechazarlo pero también lo aceptó. La comida transcurrió sin otros incidentes que reseñar. Cuando el casero recogía la mesa, se volvió hasta él para decirle: Disculpe señor, pero si le apetece descansar un rato me lo dice para que le indique su habitación. Gracias. –Replico el agente, no dude que se lo haré saber. En ese momento se dirigió a los presentes y les habló: -¿Alguien habla inglés aquí? El joven lo miró y contestó: -Todos hablamos inglés Ripley, es usted quien no habla italiano. Qué quiere saber, pregunte y le contestaremos hasta donde podamos hacerlo. Nosotros somos meros correos y estamos a la espera de instrucciones, mientras tanto, nos pareció cruel que usted permaneciese en condiciones tan deprimentes, no somos unos canallas asesinos pero si hay que matar también lo hacemos, es nuestro oficio señor, exactamente el mismo que usted. ¿No es cierto Mr. Ripley? El agente asintió con la cabeza. De modo que. –Siguió hablando el joven. Usted puede moverse con toda libertad por la finca y le aconsejo que no intente una huída loca ya que los españoles saben que es un agente secreto. Puede hacer lo que quiera pero considero que está más seguro con nosotros, mucho más seguro. ¿Qué hay de la chica? –Interpeló. Está dando un paseo a caballo con nuestro jefe, calculo que volverán en un par de horas. –Y no consideran que si la policía española la encontrase se levantaría el operativo que no dudo se habrá preparado. –Sí señor pero resulta que ahora no quiere irse, ha decidido huir del país y facilitarnos las claves de un par de cuentas corrientes donde la Hacienda española mantiene las retenciones de impuestos pendientes. Ella calcula que puede haber entre 6 y 8 millones de euros. Se le ha ofrecido un 50% y cambio de identidad y ha aceptado. Lo que son las cosas, entre un empleado de Hacienda y un mafioso solo existe la diferencia de saber o no saber el número de una cuenta corriente.

Ah, me olvidaba. –Dijo el joven. Mire en ese cajón y recupere su pistola, no es recomendable no ir armado cuando estamos inmersos en un cerco policial.

domingo, 23 de octubre de 2011

LA FUNCIONARIA INTERINA

La furgoneta circulaba a toda velocidad en dirección a una finca en Benaocaz, en la provincia de Cádiz, propiedad de una empresa tapadera de Damián Muñoz, conocido como el recalificador de Marbella. Los secuestradores permanecían callados y expectantes, habían tenido la precaución de haber robado previamente una motocicleta BMW 1200 cc y subir a ella a un motorista avezado, encargado de abrir camino y comprobar si en algún momento un inoportuno control de carreteras les podía cortar el paso.

En buenas me ha metido este galés imbécil. –Pensaba la funcionaria de Hacienda, enfundada la cabeza con una bolsa negra de las que se usan para guardar el pan y uno de sus propios calcetines en la boca, tapada con esparadrapo, arrojada al suelo del vehículo y atada con bridas de electricista a Ripley, también encapuchado pero con peor suerte ya que le habían golpeado y pateado hasta dejarlo sin sentido. La furgoneta llevaba un andamio, latas y productos de pintura y a los secuestrados cubiertos por una lona muy sucia.

El jefe se fijó en el motorista que se había parado y mantenía un brazo en alto. Algo estaba pasando. –Para Carlo -ordena el mafioso- que Umberto nos está indicando que ocurre algo, no quiero complicaciones. ¿Se compraron nuevas tarjetas para los móviles? Asintieron sus hombres con la cabeza y sacaron sus subfusiles por si eran necesarios. –No quiero enfrentamientos si no son necesarios.

La joven funcionaria sollozaba casi imperceptiblemente pero el silencio era tal en la furgoneta que se percibía incluso mejor que el motor encendido al ralentí. –Que poco me gusta tener que vérmelas con mujeres en estos asuntos, sus reacciones son impredecibles, seguro que nos complica la vida. Abrid alguna lata de disolvente, si hay perros, servirá para despistarlos.

El motorista les indicó algo y el vehículo reinició la marcha lentamente. Estaban en el final de la zonas curvas desde Ubrique a Benaocaz, ya habían pasado la gran curva cerrada a izquierdas y ahora, se enfrentaban a un repecho fuerte con curva a derechas, pasado éste, ya se divisaría el pueblo y a su vez, era el único lugar donde la carretera permitía instalar un control. A veces hay que jugársela. Andiamo Carlo. –Dijo Marco Ferrara. Efectivamente la Guardia Civil estaba allí efectuando controles de alcoholemia o eso parecía. -Circula muy despacio. El mafioso sacó la cabeza y saludó a los guardias y éstos le respondieron. Estoy deseando llegar a la finca, en poco más de un kilómetro te indicaré un carril a la izquierda, está señalizado como Los Chozos y una vez allí, en mulos hasta donde tenemos preparado el zulo.

Bien, ya estamos aquí. Vosotros dos seguid hasta Ronda y dejáis la furgoneta en el garaje de su propietario y os volvéis en la moto. ¿Lleváis dos cascos? –Asintieron. Andiamo entonces.

¿Qué hacemos con la chica jefe? –Maldita sea, la chica otra vez. Dejadme pensar. Tirad a Ripley al zulo sin miramientos y veamos qué le ha confesado a la mujer de Hacienda, nos jugamos mucho en esta declaración que es del todo rarísima.

-Traédmela a la leñera y organizar las guardias. No olvidéis que en la serranía los teléfonos móviles funcionan muy mall, llevaos vuestros walkies que no tienen más autonomía de un par de kilómetros. Decidle a los guardeses que procuren que nada se salga de lo normal, se supone que tenemos víveres y vehículos. Estamos a la espera de las decisiones de Nápoles. –Dicho esto, se dirigió al altillo para esperan a la mujer.

La chica estaba aterrada, no comprendía nada, jamás se había imaginado que sería protagonista de un secuestro sin tener más mínima noción de las razones. El maldito inglés le había complicado la vida y aquella gente, no se andaban con contemplaciones, algo querían de ella. Se encontraba en un problema, aquellos la llevaban para ser interrogada y no podía contar nada porque simplemente no sabía nada. No saber nada suponía la peor de las coartadas para quienes están ávidos de saber. Uno de los secuestradores le decía: -Suba señorita por esta escalera, tenga cuidado. La hacían subir por una escalera de mano hasta un trampilla situada en la buhardilla, que se usaba para guardar el grano para las bestias, las patatas, y cualquier otra cosa que se usase solo en temporadas.

¿Cómo se llama usted? –Dijo la voz. Ella no sabía si responder o callarse. –Le he dicho que cómo se llama usted. –Marisa Pesquera Molino, me llamo Marisa. –Muy bien. Eso es cierto porque lo he comprobado con su tarjeta de identidad. Vamos bien. ¿De qué conoce a Ripley? -¿El inglés o galés o británico dice usted? –Eso lo sabrá usted Marisa. –Mire cuando le pedí su documento de identidad ponía que se llamaba Ripley, del nombre de pila no me acuerdo. –Mire señorita, no me haga usted enfadar que la estamos tratando de forma exquisita, pero si insiste en no contarnos nada, llamaré a uno de mis hombres y le aseguro que lo recordará toda su vida. –No, no. Estoy diciendo la verdad. Ese hombre me tocó por sorteo de la máquina expendedora de mesas y me dijo que quería pagar y subirse en IVA por unos ingresos que tenía de medio millón de dólares. Le pregunté el origen de los mismos y me dijo que eran de trabajo, entonces yo le dije que las cantidades percibidas por rendimientos del trabajo no imputan IVA sino que se controlan por el I.R.P.F. pero no me hacía caso. -¡Cállese, no me mienta! ¿Me toma por tonto? –No señor. Por favor hágame caso, no se nada de este asunto, estaba tratando de convencer a Ripley, al inglés ése que ha venido conmigo en la furgoneta que eso no podía ser. Mire, yo no tengo nada que ver con este asunto, soy una funcionaria interina, por favor no me hagan daño. Estoy sustituyendo a una chica en período de maternidad. No he visto a ese hombre en mi vida, si lo hubiese visto se lo diría, no puedo contarle nada más simplemente porque no lo se.

Se apartan de la chica y comentan entre los dos hombres: ¿Y si está la diciendo la verdad jefe? –Opina Carlo. He estado presente en muchos interrogatorios y esta mujer por el escaso tiempo que ha estado con Ripley puede saber muy poco, además es verdad que la atención personalizada antes el Fisco es aleatoria, es un ordenador quien reparte las mesas. Desde el punto de vista estadístico tiene todos los visos de que sea cierto todo lo que nos dice. Sí, efectivamente, le contesta Marco Ferrara. Estoy de acuerdo contigo pero qué podemos hacer con ella ahora, la hemos secuestrado, tenemos a la policía a los carabinieris españoles buscándonos, que posiblemente ya habrán avisado a la Interpol. No puedo liberarla ni tampoco mancharme las manos de sangre, eso empeoraría nuestra situación, déjame pensar.

Jefe. Tengo a Nápoles en el ordenador. -¿Es segura la conexión? Puedo asegurarlo, no admite rastreos, lo estoy haciendo a través de una tarjeta satélite que usa frecuencias asiáticas, en el caso que nos pudiesen localizar, buscarían en el desierto de los Emiratos Árabes Unidos. Marco se dispuso a dictarle a su segundo. –Escribe: Gato en saco, gatita presumida irse azotea. Manden pájaro.

martes, 18 de octubre de 2011

SECUESTRO EN HACIENDA


Ripley se enfrentó a la máquina expendedora de números en la oficina de Hacienda, ésta le solicitó su NIF, no lo recordaba, buscó en su billetero y fue introduciendo los datos pedidos, posteriormente tuvo que seleccionar el motivo de su consulta entre las siguientes opciones: pago fraccionado del IVA; devolución de años anteriores; compra de impresos fiscales y atención personalizada. Presionó en la última e inmediatamente un trozo de papel salía de la expendedora con algo escrito. Lo miró y comprobó que ponía D56 y muy pequeño, justo abajo, para eso tuvo que ponerse las gafas de cerca, una advertencia: Los números no son correlativos, esté atento a las pantallas y diríjase a la mesa que le corresponda en el momento que su número aparezca en la pantalla central.

A Ripley le pareció que España había realizado un gran salto cualitativo y cuantitativo en su progreso, pero muy especialmente en el burocrático, recordaba sus primeros viajes en su taxi cuando el funcionario siempre te recibía detrás de una ventanilla, todo estaba lleno de mostradores y largas colas, las paredes muy mal pintadas, si lo estaban y la distribución absolutamente destartalada. Todo eso había desaparecido, ahora las oficinas estaban perfectamente diseñadas, eran diáfanas, los contribuyentes tenían cómodos asientos para la espera que no era muy larga y los funcionarios trataban de atender al público con presteza y profesionalidad.

Allí se encontraba, sentado, rodeado de 6 o 7 contribuyentes, esperando ser llamado para que le atendiesen en su consulta.

La funcionaria podría rondar los treinta años, vestía camisa blanca, pecho prominente y pantalones vaqueros, el pelo largo recogido en una cinta y gafas de Dolce & Gabbana. Ella solicitó el D.N.I. de Ripley y tras leerlo le dijo: Usted dirá. –Pues mire señorita, aunque soy galés vivo en España más de 6 meses al año y gracias a los acuerdos de la Unión Europeas, puedo decidir dónde pagar mis impuestos, si mira en mis datos verá que tributo aquí desde hace varios. Resulta que trabajando he recibido unos ingresos importantes… ¿De actividades industriales o rentas del trabajo? –Interrumpió la funcionaria. Rentas del trabajo. La chica jugueteaba con su boli golpeando sobre la mesa, intranquila, ya que veía que sus compañeros despachaban a los contribuyentes a mayor velocidad que ella y luego, el jefe de servicio mostraba en un powerpoint las estadísticas de cada mesa. Estaba atacada, cómo iba a ser lo mismo recibir unos impresos de IVA, comprobar el DNI de quien lo presenta, ponerles un sello y devolver dos copias que atender consultas personalizadas, eso era injusto. –Abrevie que tengo a otras personas que están esperando Señor Ripley, por favor. –Pues mire, que estoy agradecido a España y quiero cotizar el IVA más alto. –Eso es imposible. ¿A qué partido pertenece usted? –Al Partido Conservador naturalmente, el equivalente del Partido Popular aquí. Lo ve –Dijo ella. Es usted un quintacolumnista oiga. Si su partido propugna bajar los impuestos y usted aparece por aquí para subirlos, produce un descalabro en la filosofía fiscal de su formación política ¿no lo comprende? Pero es que yo he cobrado 500,000 dólares, unos 350,000 euros y como las cosas están mal en España quiero pagar IVA. –Oiga que las rentas del trabajo no tributan para el Impuesto de Valor Añadido, si quiere puede subirse sus cotizaciones del I.R.P.F. eso nadie se lo discute, pero le advierte que si Berta, me refiero a nuestra computadora central de Hacienda en Madrid, lo detectará y tendremos que llamarlo para hacerle una paralela y le molestaremos, hágame caso, deje el mundo como está.

Fuera, cuatro individuos se bajaron de un furgoneta Hiundai y disparando entraron en la oficina de Hacienda. Llevaban puestas caretas de Rajoy y disparaban sus metralletas mientras gritaban que todos se tirasen al suelo. Al final localizaron a Ripley. –Atrapadle. Gritó el que parecía el jefe. –Asqueroso, venir a Hacienda y pretender denunciarnos a todos, te vas a enterar de lo que es una traición para la Cosa Nostra. ¿Habéis colocado ya las bombas? –Sí, jefe.

Bien, escuchen todos, en un minuto salgan de aquí rápidamente porque en 5 minutos volará todo el edificio. Háganme caso, no es una broma. Y tú, traidor vente con nosotros que te daremos lo que te mereces. ¿Quién es esta chica? Se dirigió a Ripley. –Es la funcionaria, le estaba explicando. -Traedla con nosotros, no quiero testigos.

Fuera, un policía municipal estaba multando a la furgoneta por estacionamiento indebido. El conductor colérico y con su careta de Rajoy le mostraba su ametralladora, pero el policía muy tranquilo le decía: -Y tiene suerte que se me ha averiado la sonda para comprobar si está contaminando. Proteste, proteste pero si no paga las pasamos a Hacienda para su cobro ejecutivo. Los secuestradores penetraron en el vehículo extrañados, no sabían si su conductor estaba detenido. El policía los miró para decirles: ¡Ah, es la segunda comparsa de Carnaval que multo hoy. Tome la denuncia y circule que se me está embotellando la calle!

martes, 11 de octubre de 2011

SANGRE EN LA TRATTORIA

Le costó trabajo encontrar aparcamiento cerca del Estadio Metropolitano de la Società Sportiva Calcio Nápoli pero lo consiguió. Cuando vio que no había nadie por allí se quitó su camisa negra y se enfundó la del F.C. Barcelona. Dudó sobre si sería necesario quitarse los pantalones largos que llevaba y ponerse el de deportes de la equipación blaugrana. Decidió seguir con su pantalones negros.

Una vez que se bajó del coche alquilado comenzó nuevamente a dudar si alguien se daría cuenta de su presencia pero bien equivocada que estaba. Aquello era Nápoles, donde desde todas las ventanas te siguen. Te observa el niño que va por la calle del brazo de su abuela, el repartidor del pan, la vendedora de escobas, el basurero o el interventor de la caja de ahorros, todos los ojos están siempre puestos en la calle y nadie se salva. El interventor se acercó al teléfono y marcó: -Ha llegado. ¿Qué hacemos? Permaneció unos instantes esperando instrucciones mientras la cola para cobrar las pensiones y los subsidios de desempleo cada vez se hacía más larga. Una voz le indicó que mandara una niña que la acompañase hasta la Vella Trattoria Napolitana y que pidiese fetucchinis al pesto.

Nadie podía pensar que en aquella trattoria hubiese un enérgumeno cuyo placer era hacer sufrir a las seguidoras del F.C. Barcelona. Lamarmar se dejó llevar por la pequeña que la dejó justo en la puerta del ristorante.

En cuanto entró, sin darse cuenta siquiera, un tipo muy alto y enjuto la tomó por la espalda y con el otro brazo tapándole la boca la introdujo en la trastienda a empujones. La obligó a arrodillarse, vuelta de espaldas mientras le decía armado con una navaja de grandes dimensiones: No me mires putana del Barcelona. ¿Cómo has sabido que me gustan las mujeres con pantalones negros largos y camisetas culés? Ahora te daré culé. Agacha la cabeza. Muy excitado, le cortó con su afilada navaja su pantalón de punto, la empujó contra unas cajas vacías de cerveza y de dos patadas le separó las piernas y la penetró por retaguardia con toda su furia de hincha del Nàpoli. Lástima que su corazón se viese resentido por ello.

El mafioso se arrastró de rodillas buscando la puerta, pero no esperaba que Lamarmar, todavía con sus pantalones bajados y sangrando, sacase su Smith & Wesson y le descerrajara 4 tiros en la cabeza y le introdujera un billete de 10 libras en la boca. Pons, maldiciendo buscó la salida y sobre una mesa que utilizaban para juegos de naipes vio una bandera del Nápoles, la cogió para su colección de delantales.

Llegó bastante afectada hasta el Fiat Punto y arrancó para irse de allí inmediatamente. Estuvo mirando lugares para alojarse y se decidió por el Hotel Piazza Napoli. Desconocía que muy cerca de allí, en Villa Positano, se estaba celebrando una importante reunión que posiblemente podría modificar gravemente el devenir futbolístico internacional.

Miradona, Telé y Platinin y el Capo di Capi Don Umberto Firaldi, tenían la muy complicada misión de conseguir que la Selección Nacional de Fútbol de Mongolia, que en su partido eliminatorio con China, jugado en Peking habían vencido por el abultado tanteo de 0-3, se dejase sobornar. Intervino Miradona: -Pues no me parecé tan complicado che, Mongolia no es nadie en la cancha, es una desconocida del balón mundial. Dejáme que me encargue de armar esta boludez, no mas acerque los billetes verdes al mongoleo los tengo comiendo de mis manos. El Capo le calló. –No admito acercamientos poco precisos para esta tarea. No me puedo jugar mi prestigio personal que viene de Langley y de Roma. Quiero que cuando ese partido comience tengamos la absoluta certeza que China pasará la eliminatoria. Telé intervino. –Eso en futbol es casi imposible don Umberto, una vez que corre el balón todo puede pasar. Para ser interrumpido nuevamente por el Capo que sentenció. –Ese partido deberá ser ganado por China aunque sea necesario que volemos el avión de Mongolia con todos sus jugadores dentro y a pesar de ello, no tenemos certeza que los chinos sean capaces de superar un 0-3, si se cierran atrás, el proyecto se hace casi imposible. A Platinin, al parecer no le interesaba el asunto.

Lamarmar llamó a Ripley pero éste no le cogía el teléfono. Como era habitual en él tenía arrinconada en el cuarto de baño a la asistenta.

Un sicario muy joven entra a informar al capo al oído. Éste se levanta y mirando hacia la mar desde su villa dice: -un chulo de poca monta ha sido encontrado en la Trattoria Napolitana con 4 orificios de bala y los pantalones bajados. ¿Alguien sabe algo de esto?